Odio las despedidas. Quizás ella lo sabía y prefirió que nuestra última vez juntos terminara en una caricia, en una puerta que se cierra y nunca más se vuelve a abrir, y no con ojos de coraje, rabietas, gritos y llanto. Ahora nadie me ve, ya puedo chillar. No quiero chillar, mejor me pongo a escribir.
Sólo estuvimos juntos por dos años, desde el 15 de mayo del 2008. Mis planes iban más allá de hoy, mucho más. Ella de 35 y yo de 23, supuse que aún nos quedaba una larga vereda.
Una persona sensata no debe encariñarse con los objetos. Yo me encariñé con ella desde antes de tocarla, de pisarla, de sentirla. Quizás por eso nunca la consideré un objeto. Desde esa primera fotografía que nos tomamos, desde que me apoyé en ella y sonreímos a la cámara, la sentí parte de mí.
Soy muy cursi... alguna vez pensé que La Combi debía ser como mi corazón. Grande, con las puertas bien abiertas para que entraran muchos, todos, cuantos quepan, apretados, en el suelo, en las piernas, de cabeza, donde sea, con tal de ir juntos. ¿A dónde vamos? A donde sea...
A muchos les tocó empujarla, irse caminando porque no quiso prender, por que se le acabó la batería, porque se le rompió la galleta. Muchos se rieron cuando la puerta rodaba por los suelos, cuando el volante se salía a medio camino, cuando intentábamos rebasar y nos echábamos para atrás porque a los 100 Km/hr parecía que iba a explotar, cuando se chamuscó por dentro y casi me mata.
Una tarde lluviosa Bo se puso muy mal. Tenía que llevarlo al hospital, pero a La Combi se le fregó el alternador un par de días antes. Me arriesgué a quedarnos parados en medio de la lluvia; cualquier riesgo era mejor a ver a mi abuelo sufrir y no hacer nada. Nos fue bien, no falló ni tantito. Esa tarde, cuando Bo se puso mejor tras regresar del hospital, fue la última vez que lo vi sonreir. En la parte de atrás se quedó el banquito que fue de su combi.Conoció a todos los que quiero, y ella también los quiso, los aceptó sin dudarlo, los protegió y mimó. Se fue, en su repleta guantera, la colección de casettes caseros grabados con rock en español más grande que haya existido jamás.
Pero se quedan las noches oscuras. Se queda la carretera zigzagueante que baja al Faro, con los tacubos tocando "No me comprendes". Se quedan las calles del Cerro de las Ranas. Las caguamas destapadas. Las rondas escolares en las madrugadas. Los Circos Calles. Las mañanas del Negrito. Las mudanzas a Ajijic. Las voces emergentes de Mezcala. Los Tlajomulcos con sus aguas hirvientes de Cosalá. La Huerta en camión, porque el viaje irremediablemente era sólo de dos. Los cactus y nopales espinosos. Los Montones de Guajes...
Con ella se llevaron los planes de recorridos, las salidas truncas, las fiestas cebas, las tortas ahogadas para pasar el rato mientras Jacho la reparaba, los choquecitos, rayoncitos, SICARIO's, machucadas y toques. Al final, todo valió la pena. De eso se tratan las relaciones, ¿no?, de voltear para atrás y poder sonreir.
No se si sea la delincuencia, no sé si una suerte de karma por lo que contaminaba. No sé por qué se la llevaron, no sé quién, no sé si vuelva. Pero sé que no volveré a tener otra.
O tú o ninguna.