viernes, 28 de agosto de 2015

Crónica policiaca

La propia altura

Suena el radio en su eterno escaneo. “Mi RT, refieren 76 57, caída de 98 en movimiento, Mariano Escobedo y Acueducto, San Miguel”.

Prendo el Tsuru, rojo como mis notas, y con el pedal a fondo subo hacia la colonia que está detrás del Calvario. Tras varias vueltas miro las luces titilantes rojas, azules y amarillas que voy buscando.

Lo primero son las fotos. Bloquear la cabeza y pensar en ISO, velocidad y abertura. A mí (y afortunadamente a mi periódico) no me gustan las caras chorreantes de sangre. Yo busco escenas.

En este caso un hombre calvo y corpulento tendido al centro de la calle, rodeado por paramédicos adrenalizados, tránsitos indiferentes y curiosos asustados. Una ambulancia con las puertas abiertas enmarca la escena, que queda en la cámara en cuatro distintos ángulos.


Tras las fotos hay que volver a abrir los ojos, los oídos, la cabeza. Alguien dice que el hijo no sé qué. Parece que es el jovencito alto y delgado, de chaqueta y peinado de lado muy engomado. Su voz y gestos no expresan emoción, es como un robot cuando dice el nombre, edad y domicilio de su padre, tendido en el suelo, al agente de Tránsito, datos que aprovecho para garabatear a medias en mi libreta.

Se escucha el sonido como de una trompetilla; me desconcierta. Colocan a Pedro Veloz en la camilla y al levantarlo, su abultada panza descubierta vibra con otra trompetilla, que es un pedo. Maldita sea. Trompetilla. Luz en sus pupilas. Trompetilla. Maldita sea.

Durante los tres meses que llevo en la nota roja no me he enfrentado lo suficiente con la Muerte como el oficio lo exige. Pero en algún lugar leí que cuando un cuerpo se muere, el esfínter se relaja, y el hombre que pasa frente a mí sobre la camilla se desinfla al sonido de otra trompetilla. Maldita sea.

El hijo no puede subir a la ambulancia, dice el paramédico. Necesitan a un mayor de edad. “Mi mamá está en Estados Unidos”, “¿algún tío?”, “sólo está mi abuelito”, “que vaya al Hospital Regional”, “voy por él”, “no podemos esperar”, “es aquí a la vuelta”, “no, le tenemos que dar prioridad al paciente”.

“Vámonos, no hay nada qué hacer, no hay vehículo, pudo caerse de su propia altura”, dijo ya hace rato el comandante vial y por eso ya no quedan tránsitos. Arranca la ambulancia y me quedo solo en la calle a la medianoche. Los curiosos también se retiraron pero alcanzo a la señora de las muchas hijas.

“Escuchamos gritos y creí que eran los niños jugando, después salimos y lo vi tirado, llamamos a la ambulancia”, “¿No vio si se cayó de un carro, moto o solo?”, “No, vive en esa casa, la de los arbolitos”.

Enciendo el carro y cuando paso por la calle veo dos figuras andar en las sombras, una larga y otra arqueada. El hijo y su abuelito. “¿Van al Regional? (ya sé la respuesta) Los llevo”. Quito los seguros de las puertas de atrás y suben.

“Soy del periódico”, digo para romper el hielo que no se rompe. “¿Cómo viste a tu papá?”, pregunta por la que me deberían dar el Premio Gabriel García Márquez al más idiota inútil. “Estaba como roncando”, responde.

Los bajo en la puerta de urgencias del Hospital Regional. Le estrecho fuerte la mano al abuelito mientras digo algo sobre el bien o la suerte. Se me queda trabada, entre la garganta y la lengua, la referencia a dios.

Me voy a casa: me siento una mierda y mañana tengo que rescatar los datos que faltan. Pido el milagro al cielo para que no se convierta en la nota del último adiós.

Al otro día visito la casa de los arbolitos para preguntar cómo sigue don Pedro. Pero la respuesta la intuyo desde que reconozco en la entrada a los agentes del Ministerio Público, rodeados por el característico grupo de familiares y curiosos que se presentan en toda casa donde se vive una tragedia. El cielo no me cumplió el milagro: la casa se convirtió en velorio.

Entonces comprendo que la Muerte se me presentó cara a cara por primera vez la noche anterior. Se acercó cautelosamente, con el sonido de sus pasos disfrazado de flatulencias.



Mi primer último adiós

Es mi primer día de reportero de Sucesos y mi nuevo jefe en mi nueva ciudad, que en realidad es un pueblo mágico, me recibe con la foto de un camión urbano volcado a la orilla de una carretera, junto a una Windstar desecha rodeada de zapatos.

“Acaba de pasar en el Libramiento Norte, tu compañero lo está cubriendo”. El resto de la mañana lo paso con el a partir de entonces inseparable radio en la mano, en el que escucho claves incomprensibles. Durante esa primera semana sigo a mi compañero de Sucesos a todos lados. Hoy vamos de corporación en corporación pidiendo datos del accidente. Luego de que el de seguridad privada del IMSS rechazara cincuenta pesos a cambio de los nombres de los 16 lesionados que ingresaron a urgencias (sin darse cuenta nos dio gratis el número de lesionados) encontramos la respuesta con los Federales, pero nos recuerdan que la nota no debe decir quién nos dio los datos.

Volvemos al periódico y mi nuevo jefe me recibe con una nueva salida a la calle. Iremos a buscar la nota del último adiós con la familia de la difunta, en la casa donde la están velando.

Llegamos a Buenavista y desde afuera de la casa se siente el turbio ambiente. Apenas atravesamos la puerta abierta y una joven nos invita a pasar y sentarnos en las sillas alineadas alrededor de la cochera, desde donde no se puede ver el interior del hogar.


“¿Son sus compañeros del trabajo?”, nos pregunta la joven. “No, somos del periódico, ¿tú qué eres de Brenda?”,  responde mi jefe. Es la hermana. “¿Cómo recuerdas a Brenda?”, le pregunta mi jefe y yo comienzo a escribir rápidamente en mi libreta lo que cuenta. Cuando la garganta de la hermana se cierra, con la mirada llena de lágrimas, mi jefe deja de preguntar, le ofrece una mano enclenque, un abrazo aún más enclenque y un pésame. Yo no he dicho ni pío.


Después viene otra hermana, quien nos presta una fotografía de Brenda posando con su pequeña hija, luego una vecina y al final la madre. Yo ya llevo varias hojas llenas de garabatos. Al esposo no nos acercamos porque nos dicen que tiene su carácter y se le ve muy apachurrado.

Mi jefe me hace una seña con la cabeza para que nos retiremos y yo digo mis primeras palabras desde que llegué a la casa: “gracias, buenas noches”.

A la mañana siguiente aparece impresa la primera nota que escribo en el periódico, sin que yo hubiera hecho una sola pregunta.

La de ocho también tiene mi nombre, sin que yo hubiera escrito una sola palabra.


El trabajo hecho

La Muerte se me estuvo escondiendo por tres meses. Veloz como ella sola, hasta antes de la muerte de don Pedro no la había visto trabajar: llegaba cuando el trabajo ya estaba hecho y no quedaban rastros de ella ni de su guadaña. Me hizo ver cuatro de sus trabajos antes de darme la cara.

La primera de sus víctimas que me tocó ver debió ser motivo de indignación, de marchas, de que bajaran el precio del camión o cuando menos de colocar una bici blanca. Pero en Jalisco eso sólo pasa cuando el que muere es hijo de familia, de un académico de la UdeG o un ricachón. Eso no pasa cuando el que muere lo hace en Cañada de Ricos.

No se veía su rostro, lo que en el fondo agradecí. Quedó boca abajo, tendido sobre el hirviente suelo, con la gorra tapando aún su cabeza y con un charco de sangre bajo su cuerpo. Unos metros atrás, los restos de su bicicleta negra, y al fondo la ambulancia que no sirvió. Falta el camión de la ruta Prepa-Cañada cuyo conductor colaboró con la Muerte para terminar con la vida del ciclista, pues al igual que la Muerte, huyó del lugar.


Nadie supo darme el nombre del ciclista, ninguno de los curiosos parecía conocerlo, pero sí me contaron cómo el camión dio vuelta a la derecha, atrapando la rueda delantera del ciclista entre el vehículo y la banqueta, cómo el ciclista dio una voltereta hacia delante y cómo sonó el crack cuando las llantas traseras del camión le pasaron por encima.

Cuando llegaron los forenses, arrojaron el cuerpo en la caja de una camioneta pick up, como si fuera una marioneta. A su lado colocaron la bicicleta y partieron. Un ciclista era la última víctima de la Muerte y sus aliados del transporte público, y a nadie parecía importarle su nombre. Esta vez no hubo nota de último adiós.


La segunda víctima de la Muerte me agarró por sorpresa. Estaba tomando fotos de la curación de las heridas de un motociclista que sangraba tras derrapar en una curva, cuando el paramédico me reconoce: “¿No fuiste al 69 de El Arenal? Lánzate, ahí deben de estar todavía”.


Me olvido del infortunado motociclista y pido un taxi, porque el Tsuru, rojo como mis notas, está descompuesto. Vamos por la carretera a Unión de San Antonio cuando veo una camioneta pick up afuera del camino y una patrulla a su lado. Supongo que es lo que estoy buscando, pago el viaje y bajo del taxi.

Al acercarme veo a una mujer sentada dentro de la caja de la camioneta, con un hombre abrazado sobre su regazo. Abajo del vehículo hay una mujer con cara de preocupación y dos policías municipales. Me acerco al más viejo de los cuicos.

“¿Es el reporte del 69, jefe?”, le pregunto y me dice que sí, que ya llamaron al MP. Entonces me doy cuenta de que el hombre que está siendo abrazado por la mujer arriba de la camioneta es la víctima de la Muerte. Me quedo petrificado ante la escena.

La mujer está bañada en lágrimas, se balancea de adelante hacia atrás una y otra vez mientras le murmura palabras al oído a alguien que ahora ya no escucha. Le acaricia la cara, lo aprieta fuerte contra su pecho y llora. Llora más.

Quizás si fuera un reportero policiaco experimentado tomaría mi cámara y captaría ese momento de auténtico sufrimiento humano. Pero yo estoy paralizado.

Llega rápidamente una camioneta negra y bajan dos jóvenes. Se agarran la cabeza, se jalan los pelos, gritan. Una persona camina por la acera de enfrente y sonríe, y uno de los jóvenes le grita que le va a cargar la chingada, hija de su puta padre, le va a cargar la chingada. El otro joven lo tranquiliza y lo sube a la camioneta nuevamente. Se van del lugar. Yo sigo paralizado junto a la camioneta.

Llegan los del MP en una camioneta último modelo y me dicen que me retire de ahí, mientras interrogan a la mujer que abraza el cadáver y a la otra mujer con la cara de preocupación, sin que yo logre escuchar nada. Después las meten en la parte trasera de la camioneta último modelo.

Van llegando señoras curiosas, algunas de ellas lloran mientras se tapan la boca. Me digo a mí mismo que debo empezar a trabajar, que debo preguntar qué sucedió, quién es el muerto, cómo murió, qué edad tiene… pero sigo paralizado. Miro a las personas que al parecer conocen al difunto y ahora sufren por su partida y me siento fuera de lugar, como un intruso. No quiero interrumpirles en su dolor, pero ese es mi trabajo ¿no?

Llegan los forenses y reacciono. Cuando menos debo tomar la foto de cuando levantan el cadáver y se lo llevan. Me acerco y justo antes de que apriete el botón me intercepta un MP y me dice que no puedo tomar fotos, que si lo hago lo van a cagar a él y eso no le gusta.

Me vuelve a entrar la parálisis, el sentimiento de estar fuera de lugar. El policía municipal viejo parece darse cuenta de mi situación y me muestra un papel con algunos garabatos escritos con lápiz. “El de arriba es el nombre del 69, el de abajo el de la esposa”, me dice. Rápidamente copio lo que dice, que además de nombres incluye la dirección, que no es cerca de donde estamos.

“Le dispararon afuera de su casa y como no llegaba la ambulancia se lo trajeron en la pick up para el hospital, pero se quedaron sin gasolina”, me explica. Yo le agradezco sin preguntarle más datos.

Llega una grúa para arrastrar la pick up donde falleció la persona y le digo al chofer, viejo conocido de numerosos choques, que si me da rait al centro. Lo que quiero es escapar. Llego a la oficina y con los poquitos datos que tengo escribo una historia cuyos huecos completo con imaginación.


Al otro día me mandan a entrevistar a los familiares. Al terminar la misa de defunción en la Asunción, me acerco casi al azar a un joven de los que estaban hasta adelante y a quien muchos abrazan. Desde la primera palabra se le quiebra la voz. Es el hermano, al difunto le gustaban mucho los coches y es todo lo que su voz le permite contarme. Le doy un abrazo, que para mí no es de pésame, sino de perdón por interrumpirlo en su dolor. Decido mejor platicar con alguien que no se vea desecho y guardo esa decisión en mi memoria para futuras ocasiones.


La tercera víctima de la Muerte me hizo madrugar. Un bombero me avisó que habían reportado un muerto en San Miguel y llegué afuera de la casa cuando todavía el ambiente estaba bañado por el color azul característico de las seis de la mañana.

Los policías municipales tenían acordonada la entrada de la casa, en cuya entrada permanecía impasible un gato blanco.


Puesto que los policías parecían ocupados, pedí información al hombre y la mujer que se encontraban esperando sobre la calle y que habían sido interrogados por los policías.

El hombre era hijo del difunto, que ya era de la tercera edad, y la mujer es la nuera. Lo encontraron ahorcado dentro de su casa, pero al parecer no fue un suicidio, dicen, pues se encontraba amordazado y maniatado. A los pocos minutos llegaron los hijos de la pareja, nietos de la víctima de la Muerte; se veía el desconcierto, más que la tristeza, sobre sus rostros.

Miro al reportero policiaco del otro periódico del pueblo mágico, que está firmemente plantado en un punto de la calle. No se mueve de ahí y de vez en cuando levanta su cámara y toma fotos. Nosotros no nos hablamos, nunca hemos platicado, a pesar de haber coincidido en muchas coberturas. Él no suele conversar con ningún transeúnte ni testigo, sus fuentes son los policías y paramédicos.

Aprovecho el desconcierto de la familia del difunto, quienes todavía no asimilan el dolor de la tragedia y por tanto todavía no lloran, y continúo la plática. El difunto era hojalatero y no tenía ningún enemigo, pero sí una compañera, “de esas que están en los bares”, enfatiza la nuera. Ella fue la que les avisó que el hombre estaba colgado, pero aún así sospechan que estuvo involucrada. Les pido un número de teléfono para preguntarles más tarde el lugar donde lo velarán, la hora de la misa y el lugar de entierro, datos que nos piden poner en las notas de difuntos y que sirven para la nota del último adiós. Les agradezco y me retiro.

Cuando camino hacia el Tsuru, rojo como mis notas, paso frente al reportero de la competencia y giro mi cabeza hacia la casa del difunto. De un golpe frío comprendo por qué no se ha movido de ese lugar, pues desde ahí se alcanza a ver, por el resquicio de la puerta, el cuerpo colgado. Si yo llevo a mi periódico una foto del cadáver, colgado de una viga, suspendidos sus pies sobre el suelo, pálido como un fantasma y con cinta canela en la boca, no la van a publicar, a diferencia del periódico de la competencia.

Sigo mi camino con un escalofrío y subo al sistema del periódico una foto de la entrada de la casa, pero mi intención es que se vea el gato al pie de la puerta, que sereno parece no tener conciencia de que el hombre que le daba de comer todos los días ya no podrá hacerlo.


La cuarta víctima de la Muerte que tuve qué cubrir, cuando la parca ya había hecho el trabajo, ocurrió un domingo, por ahí de las nueve de la noche.

Nunca había ido a un accidente con tantos curiosos; en el pueblo mágico les entretienen más las tragedias que las novelas. Eran como cien, pero debieron ser en total más de doscientos que fueron rotándose desde el momento del accidente hasta la una de la madrugada que todo volvió a la normalidad sobre la calle Democracia, a excepción del charco de sangre que días después continuaba, seco, en el cruce con Ramón Corona.

Cuando llegué, un paramédico de la Cruz Roja acababa de cubrir el cuerpo con una sábana blanca que obtuvo de alguno de los muchísimos curiosos.


Eran los primeros días de implementado el nuevo sistema penal acusatorio, ese que tanto mencionan por los juicios orales, aunque éstos sean tan extraños e improbables porque hay muchas otras maneras, más prácticas, para resolver los casos. Para los tránsitos cambiaron todos los procedimientos, multiplicándose confusamente el número de formatos a llenar por cada accidente.

Escuché cómo una oficial de tránsito municipal pidió a los paramédicos de Cruz Roja permanecer en el lugar, porque tuvieron contacto con el cadáver y lo movieron, entonces tenían qué rendir declaración, pero antes debía preguntar para confirmar. En tanto, ellos no debían mover ni la ambulancia ni sus propios cuerpos. “¿Pero qué hacemos con el otro pasajero de la moto?”, preguntó un paramédico, mientras apuntaba al muchacho de sudadera naranja y gorra, que parecía tan normal, ileso y tranquilo que en un principio dí por uno más de los curiosos.

Mientras pedían otra ambulancia de la Cruz Roja para que trasladara a este pasajero, aproveché para preguntarle qué había sucedido. Cosas de la vida (y la Muerte): mientras él no llevaba casco, yendo en la parte trasera de la moto, salió ileso, en tanto el conductor de la moto, con casco, falleció tras el impacto.

No sabía el nombre del conductor, dijo, era su vecino en una colonia a la que se había mudado hace dos semanas, la colonia que está detrás del estadio Panamericano de béisbol que está en el abandono porque no hay equipo profesional en el pueblo mágico. Iban para La Luz, cuando un vehículo dorado que salió de Ramón Corona se cruzó en su camino y se estamparon de lleno contra la puerta izquierda del auto. Llegó la segunda ambulancia de la Cruz Roja y lo llevó al Hospital Regional para que lo revisaran, pero tras no presentar lesiones lo trajeron de vuelta para que rindiera su declaración.

Mientras tanto, el conductor del vehículo contra el que chocó la moto permanecía tranquilo en el lugar. Extraño en un pueblo mágico donde casi por regla general el que se ve involucrado en un accidente se da a la fuga de tener oportunidad, y él tenía mucha oportunidad. Era muy joven, no más de 25 años, y sereno esperaba a que los tránsitos se pusieran de acuerdo sobre qué indicaba el nuevo procedimiento que debían hacer con él.


Cuando llegaron elementos de Fiscalía a apoyar a los tránsitos en su confusión, lo primero que hicieron fue corrernos a todos los curiosos y acordonar toda la zona. Quedé afuera de los listones amarillos de “PRECAUCIÓN”, junto a unas personas que se veían demasiado angustiadas, poniéndose de puntitas para intentar ver el cuerpo, aunque estaba cubierto por una sábana. Querían saber si el muerto era, como les habían dicho los chismes, Osvaldo. Los tránsitos, MPs, SEMEFOs y demás estaban muy ocupados en el papeleo para recordar que había familiares del muerto que aún no tenían la certeza de la tragedia ocurrida.


Al otro día reconocí a los familiares, cuando acudí al entierro de quien sí era Osvaldo, en el panteón de Moya, una de las tres colonias indígenas del pueblo mágico. Ahí supe que Osvaldo era mecánico de motocicletas, ironías de la vida (y de la Muerte), vivía de arreglar motocicletas ajenas y murió sobre una de esas. Fue enterrado al lado de su hermano, quien años atrás murió también en un accidente.

El papá, muy sereno, me dijo que mejor platicara con su esposa, pues las mujeres son las que más apego tienen con los hijos. Pero la madre estaba muy desconsolada y pidió que nadie le recordara la tragedia; quería dejar todo atrás y no podía hacerlo porque decenas de personas hacían fila para abrazarla y encima un reporterito quería saber cosas de su familia. Regresé con don Rafael, que me recordaba a mi propio abuelo don Rafael, y sin preguntar nada dejé que él solito me dijera lo que quisiera, mientras yo asentía y escribía en mi libreta.

El trabajo, mío y de la Muerte, estaba hecho.

Los escapistas

A diferencia de mi jefe, que invoca constante y juguetonamente a la Muerte para que las notas sean más abundantes y llamativas, yo prefiero las historias que no la involucran. Mejor: mis favoritas son las de los que se le van de las manos, de quienes no son alcanzados por la guadaña.

Casi por regla general, cuando me encuentro esas historias llego, veo la situación y doy por sentado que los involucrados ya fueron trasladados a un hospital hechos papilla, para luego sorprenderme cuando alguien me dice: “¿el conductor? Es aquel que está ahí parado tan campante”, o algo por el estilo.

Es lo que pasó con el conductor de una pipa cargada con un montón de litros de un material peligroso y sumamente explosivo, que se volcó en la autopista a San Luis Potosí. Muy sacado de la pena y enterito me contó lo que para él era una clase de aventura, mientras una inmensa grúa ponía de pie la pipa y el Cuerpo de Bomberos, con las mangueras listas y los cascos bien puestos, estaban alerta por cualquier contingencia.


También ocurrió con el chofer del marcadísimo acento chilango, que me contó cómo salió entero y sin un solo pelo quemado de la cabina de su tráiler que minutos después quedó totalmente consumida por el fuego, luego de una aparatosa carambola que involucró a cuatro tráilers (¿o tráileres?).


O con los tres amigos tapatíos que se unieron en un fuerte abrazo tras salir del atolladero en que el Honda cayó al dar vuelta en el lugar equivocado mientras se hacía pedazos, escena que pude captar en una bonita fotografía cuando en huaraches me metí a fisgonear allá abajo. Sólo dos de los tres resultaron heridos… unas cortaditas en los dedos y nada más.


Y cómo me gustó la historia del joven que sacó a pastar a sus vacas y dejó de ver, de pronto, a la ternerita que esa misma madrugada había dado a luz a su becerro. Por fin la encontró bajo un árbol donde un carnicero la estaba destazando, quien, al verse descubierto, apuntó su largo cuchillo contra el joven. Pero la mano de la Muerte no alcanzó a empujar el cuchillo sobre la carne del ganaderito, quien salió corriendo mientras invocaba a la parca gritando al carnicero de lo que se iba a morir.


También está la del niño que iba en los diablitos de la bici de su hermano, cuando un auto a toda velocidad golpeó la bici por detrás, y el niño de los diablitos de pronto se encontró de pie junto a la carretera, sin saber cómo, intacto y con la memoria en blanco, mientras su hermano, el que pedaleaba, estaba tendido en el suelo, con raspaduras en la cara y varios chichones en la cabeza, pero vivo, también vivo.

O la historia de don Nolasco, que por andar en una de sus pedas nocturnas cayó a un estanque, donde duró horas con el agua al cuello, hasta que los de Protección Civil lo sacaron tiritando, con hipotermia, pero a salvo. Esa vez estuve cerca de ser el instrumento de la Muerte, cuando llegué a casa de don Nolasco para que me contara su versión, luego de haber oído la de PC, y me abrió la esposa de don Nolasco, quien no sabía nada de lo sucedido y casi le da un paro cuando le dije que su esposo estuvo cerca de ahogarse, ella siempre preocupada por su viejito borracho.

Esas historias sí me gustan.

Los fantasmas

Pero la maldita Muerte también tiene sus secretos y como no le gusta revelarlos, hay veces que uno no sabe si fue ella o no fue ella, si la persona está viva o muerta: los casos de los fantasmas, los desaparecidos.

Lo que sí sabe uno es el sufrimiento que viven los familiares. El dolor de una esperanza por que regrese sano y salvo, esperanza que se marchita día con día, pero que no cesa.

A quien conocí primero fue a doña Paty. Yo estaba en la comandancia de la policía municipal, esperando a un elemento para que me contara novedades, cuando doña Paty llegó a reportar el extravío de su hijo.

Le pidieron todos los datos, que escribieron a mano sobre un formato. Agregaron la fotografía del extraviado y luego le pidieron a doña Paty que sacara copias del formato. “¿Cuántas copias?”, preguntó, “las que usted crea, son para repartirlas entre las patrullas”, contestaron. En eso consiste todo, en unas copias que reparten en las patrullas, por si de milagro fueran circulando por las calles del pueblo mágico y se toparan al desaparecido cruzando por la zona peatonal. El formato original, con la foto, se archiva en una carpeta verde, que luce repleta de hojas y hojas.

La policía que atiende a doña Paty me mira de reojo y le dice a doña Paty que a ver si el joven aquí del periódico quiere sacar la foto, por si alguien lo ve. Yo digo que claro y cuando termina el trámite le digo que mejor nos vayamos a la plaza, para platicar más tranquilamente.

Nos sentamos en la plaza de los Constituyentes, ella en la banca grande para la familia, yo en la banquita individual para la nana. Le pido el nombre de su hijo y ella responde. Vamos empezando y ya tiene los ojos llenos de lágrimas. Voy preguntando la fecha en que lo vio por última vez, en qué trabaja, cuántos hijos tiene, muy lentamente, pausadamente y concentrándome mucho en no utilizar el pasado cuando me refiero a su hijo, en no hacer ninguna pregunta que pueda parecer que estoy incriminándolo, que no parezca que estoy suponiendo que está desaparecido por hacer algo malo.

Cuando un mal día su hijo no volvió a casa, después de que saliera en su motocicleta a repartir los dulces de leche que vende la familia, ella se quedó a cargo de los seis hijos de su hijo, que van de los 9 a los 2 años. La mamá de los niños está en Estados Unidos desde hace años y ni sus luces.

Ya fue a todas las dependencias de seguridad, a todos los hospitales y no está ni entre los presos, ni entre los vivos ni entre los muertos.

Terminamos la entrevista y le ofrezco llevarla a casa en el Tsuru, rojo como mis notas; es un pequeño detalle con el que busco ayudarla. No se me ocurre otra forma.

Al otro día aparece la foto del fantasma en primera plana y no hace la diferencia.


Pasan los meses y me la encuentro constantemente en la calle, con su charola de dulces, seguida de una o dos de sus lindas y pequeñas nietas. Siempre le compro y le pregunto cómo sigue.

La situación de ella va escalando. Un día interceptó al alcalde del pueblo mágico cuando salía de la Presidencia Municipal y le contó el caso de su hijo, de ella y de sus seis nietos, para reclamarle. El joven y popis político asegura que la va a apoyar, que le echará la mano con la educación de los pequeños, los pañales, pero es como las promesas de campaña. Doña Paty dice que no le importa, que si tiene que terminar pidiendo limosna lo va a hacer.

Para el siguiente encuentro ya está asustada y quiere retirar la denuncia. La buscaron, le dijeron que su hijo ya está muerto y que si no se calla la van a levantar a ella también. Tiene mucho coraje, pero tiene que pensar en sus nietos, no tienen a nadie más. Les preguntó a quienes la buscaron que si su hijo les debía dinero o por qué se lo mataron, y le respondieron que eso no importa, que total, ya está hecho. Desde entonces la siguen, los ve cada rato.

De la policía investigadora, no hay resultados. Le dicen que los agarran vivos y se los llevan al monte para que cocinen droga y nunca más se les vuelve a ver. No se entiende cómo pueden afirmar algo así, a menos que sea que están implicados.

Va perdiendo la esperanza de encontrar a su hijo, ya no digamos vivo, ni siquiera muerto. Pero no puede estar en paz. Tampoco los nietos. La mayorcita dice que quiere ser policía para agarrar a los que se llevaron a su papá. El más chiquito pide a su papá, no entiende qué pasa pero lo quiere ver, a pesar de su corta edad, lo recuerda y lo extraña.

Doña Lupe también perdió a su hijo, de sólo 21 años. Ella quiere saber, no puede con la duda. Cada día llora más y su cara llena de arrugas parece confirmarlo: se está secando por dentro. Si está muerto, pues que se lo entreguen, pero no aguanta al fantasma. “Mi jefa se está acabando a lo pendejo”, dice el mayor de sus hijos, seguro de que recibiendo el cuerpo de su hermano, de estar muerto, y dándole sepultura, su mamá va a estar mucho mejor, en paz.


Doña Lupe ya fue al SEMEFO a dar pruebas de su ADN. Dice que hay muchísimos cuerpos ahí guardados y no entiende, “¿Por qué son tan ingratos, por qué no los entregan?”. Sabe de casos de otros jóvenes de su colonia que también están desaparecidos, amigos de su propio hijo. Supone que tal vez los cuerpos que hay en SEMEFO no sean el que ella está buscando, pero se pone en los zapatos de las otras madres, que podrían ya tener los restos de sus seres queridos. Esta parte de la nota la quitan los editores.

Recuerda que vio en las noticias que hay muchos cuerpos que encuentran en Michoacán y ella quisiera que también compararan su ADN con el de aquellos, pero no tiene los recursos para trasladarse a cada estado donde localizan cadáveres sin identificar. Tampoco aparece en la mocha nota.

Casos como el de doña Paty y doña Lupe abundan en el pueblo mágico, aunque muchos de ellos nunca se llegan a saber.

Hay quienes están amenazados y uno debe ser cuidadoso al momento de publicar información sobre fantasmas. Es algo que aprendí a la mala:

Cuando descubrí la carpeta verde repleta de casos de extravíos que está guardada en la Comisaría de la policía, comencé a interesarme por ella. Un día estaba abierta la carpeta en el más reciente caso y disimuladamente le tomé una foto con el celular mientras la policía en turno estaba distraída.

Busqué en dos ocasiones a la familia en el domicilio que pusieron en el reporte, sin localizarlos. A la tercera tampoco me abrieron, pero iba pasando una señora que me preguntó a quién buscaba y le dije que quería saber sobre el caso del joven tal. Me dijo que ella era su abuela y me confirmó que estaba desaparecido, pero dijo que lo mejor era que buscara a la mamá. Le dejé en una hoja mis datos y me fui a mi casa.

Yo quería hablar el asunto personalmente con la familia, pero ante la insistencia de mi jefe para que ya publicara el caso, decidí llamar por teléfono al número que los familiares pusieron en el reporte. Me contestó una señora y cuando le dije que era del periódico y quería saber información sobre el caso del joven tal, me respondió que no sabía nada. Le dije que si ya lo habían localizado y me repitió que ella no sabía nada. Colgamos.

Entonces mi jefe me dijo que publicara la nota con los datos que tenía, porque ya había aparecido en feisbuc el caso, lo había publicado una hermana del desaparecido y no quería que la competencia nos fuera a ganar la nota. Como el idiota inútil que soy, escribí la nota.


Al otro día apareció impresa como principal en la primera plana. Justo cuando llegué a la oficina, alguien habló a la recepción preguntando por el que había escrito la nota. Contesté y era la señora con la que había hablado el día anterior, la que no sabía nada. Estaba más que encabronada. Me dijo que no tenía yo derecho a sacar esa información si ella no me había autorizado. “No sé cómo le va a hacer, pero quiero que saque de circulación todos los periódicos”, me exigió.

Yo tenía la panza hecha un nudo, con las mariposas que alguna vez vivieron ahí totalmente muertas y revueltas. Le dije que no sabía si eso era posible pero que si quería podía hacer una aclaración en el periódico de mañana. “¡Cuál mañana! ¡Hoy me saca de circulación ese periódico o lo voy a demandar! A ustedes no les importa nada, sólo lucran con el dolor ajeno”, respondió.

Le dije que vería con mi jefe qué se podía hacer y colgamos. Mi cerebro comenzó a dar vueltas y a especular. ¿Y si los responsables de la desaparición advirtieron a la familia que no dijera ni hiciera nada, y ahí voy yo como pendejo a publicarlo? ¿Y si lo matan cuando vean su cara en primera plana? ¿Y si luego vienen por mí?

Mi jefe intentó tranquilizarme diciendo que la misma familia lo hizo público en las redes sociales, que nosotros no lo hicimos con mala intención, que no habíamos publicado nada que fuera mentira. Lo cierto es que yo me sentía una basura.

Soy un poco duro de cabeza y la técnica de aprendizaje que más me ha funcionado en la vida es cagarla. Ni los cursos y clases de ética periodística me enseñaron tanto como aprendí ese día. Ahora procuro no publicar nada en el periódico si no me han autorizado los involucrados y no me parece que esté mal sacar una nota sin nombres, sin domicilios, lo que me interesa es la historia.

Que al cabo, para publicar mis cagadas y estupideces está este blog, que nadie lee.

lunes, 9 de marzo de 2015

Cine Qua Non: La ilusión espacial

Publicado originalmente en Cine Qua Non

La película como texto para ser leído
Aunque nos gustaría creer que la humanidad está por conquistar el espacio intergaláctico, poniendo el viaje espacial al alcance de los simples mortales, las evidencias indican que eso está muy lejos de hacerse realidad. Tomando esa triste realidad como excusa, en esta participación se destacan un par de historias que muestran al ser humano como un pequeño ente en medio del universo, a merced de mentes y poderes fuera de su alcance.


Cuando nuestro ancestro, el Homo Erectus, surgió de la evolución como un ser erguido en dos piernas, fue capaz de levantar la cabeza y mirar al cielo. Desde esos tiempos remotos, el ser humano se ha maravillado por la bóveda celeste y las incontables estrellas. La ilusión de viajar por el espacio ha movido el trabajo de científicos y la imaginación de artistas rumbo a otros planetas y soles. En Fundación y Tierra, el último libro de la saga de la Fundación, Isaac Asimov describe una sociedad futurista tan maravillada por los viajes espaciales y la conquista de nuevos mundos, que desde hace años ha olvidado el propio origen y prácticamente se desconoce la existencia y ubicación de la Tierra. Así de grande es la ilusión espacial del ser humano en los relatos de ciencia ficción.

El cañonazo lanzado desde la Tierra en 1902 en la película Le Voyage dans la Lune, del fantástico Georges Méliès, inauguró una incontable cascada de producciones cinematográficas con el tema de los viajes espaciales como centro.


La imaginación del público se echó a volar a bordo del crucero C57-5D, la nave Dark Star, el Nostromo, el Entrerprise, el Discovery o mi favorito, el Millennium Falcon. ¿Cuantas naves espaciales -con televisión, fábrica de chocolates y torpedos nucleares incluídos- domadas por amigos de Luke Skywalker o Han Solo habrán explorado las superficies de parques de infancias de todo el mundo?

Sin embargo, los viajes espaciales están muy lejos de convertirse en realidad para el común de las personas. De hecho, las mayores hazañas registradas en el espacio exterior han sido protagonizadas por robots. Es el caso de la exploración de la superficie de Marte por Spirit y Opportunity (y más recientemente por el Curiosity), el heróico aterrizaje de la soviética Venera 13 en Venus, tras pasar por la infernal atmósfera del segundo planeta para conseguir el envío de información antes de que su procesador muriera calcinado, o el trotamundos Voyager 1, que es el artefacto de origen terrícola que más lejos ha llegado y que junto a su hermano menor Voyager 2 consiguió impresionantes fotografías de Júpiter, atravesó los anillos de Saturno comprobando que están formados por diminutas rocas, presenció el paso del gran Neptuno y actualmente continúa su larga travesía fuera del Sistema Solar, a cerca de 20 mil millones de kilómetros del planeta Tierra, cargando con su mensaje musical.

No es por menospreciar los esfuerzos lunáticos de EEUU y URSS, pero vamos, en términos prácticos la Luna es un engendro de la Tierra, y sin exagerar demasiado podríamos decir que la llegada de Neil Armstrong y compañía a nuestro satélite, más que un viaje espacial, fue uno intercontinental.

Incluso el proyecto ampliamente difundido Mars One, que busca establecer una colonia humana en el planeta rojo a partir del 2024, recientemente fue analizado por investigadores del MIT, quienes concluyeron que ante la falta de tecnología más avanzada, de llevarse a cabo la misión como está planteada, los colonos podrían morir asfixiados a los pocos meses. Los resultados fueron publicados durante el LXV Congreso Internacional de Astronáutica, en Toronto.

Ante este panorama, sugiero la resignación y el pesimismo ante los viajes espaciales de la humanidad, para centrar nuestra imaginación en historias que nos muestran lejos del éxito en la conquista del universo. (Al menos hasta que se cumpla lo predicho por Isaac Asimov en la que me parece su mejor novela, El fin de la eternidad, y la organización de científicos sociales que nos controla en secreto sea eliminada y los viajes en el tiempo sean sacrificados para dar paso al glorioso Imperio Galáctico).

El planeta salvaje y el alucinante mundo de Laloux

René Laloux fue un cineasta francés especializado en la animación y cuya filmografía abarcó tres largometrajes y varios cortometrajes magníficamente ambientados. Su primera película, La planète sauvage, es un viaje potente, directo y sin escalas al diminuto lugar que el ser humano ocupa en el cosmos.

En la primera escena vemos a una mujer corriendo en medio de una selva de espinos con un bebé en brazos. Cuando comienza a subir una colina, de pronto se le interpone una enorme mano azul, que con el golpecito de uno de sus dedos la derriba. La persecución termina con la muerte de la mujer y con el pequeño bebé en medio de tres traags adolescentes, quienes estaban jugando con el para ellos diminuto ser. El niño humano es adoptado como una clase de mascota por un niño traag y así es como el espectador puede acceder al interior de las casas y la cultura de los traags, la especie que domina este planeta y que llama a los humanos oms, y en ciertos aspectos son muy similares a quienes actualmente habitamos la tierra.

La película resulta una interesante reflexión sobre la naturaleza y las relaciones sociales, con su buena dosis de aventuras, tensiones y excelente musicalización.


Antes de pasar al siguiente tema, es necesario recomendar al lector a subir a la nave de René Laloux y recorrer completo el viaje por el resto de sus trabajos. La segunda película de Laloux, Les Maîtres du temps, es un recorrido por el planeta Perdide, luego de un desastroso accidente de una nave tripulada por humanos. Su último largometraje, Gandahar, es una coproducción Francia-Corea del Norte que se adentra en la dicotomía vida-tecnología, una gran batalla entre las bellas deformaciones que crea la naturaleza y la fría máquina, un relato lleno de fantasía y ciencia ficción no exenta de una postura filosófica (por cierto, la adaptación del guión de esta película en su versión norteamericana fue escrita por -¿quién más?- Isaac Asimov). El viaje espacial y terrenal de Laloux termina después de ver sus cortometrajes, que pueden localizarse fácilmente en youtube.

El fin de la infancia y la odisea espacial

Uno de los mejores libros de ciencia ficción que he leído es Childhood's End. A pesar de su aparente brevedad, los personajes y situaciones concretas que se presentan logran atrapar al espectador entre los capítulos que avanzan en el tiempo constantemente, y la filosofía que se puede intuir en lo profundo del relato toca temas tan bastos como la cultura, identidad, ciencia y religión; todo, entrelazado a un ritmo que el lector agradece al pasar las páginas sin sentirlas.

Al igual que el planeta salvaje de Laloux, esta novela presenta una humanidad lejos de la gloria de los viajes espaciales y la conquista intergaláctica. Escrita en 1953 y ambientada en los primeros capítulos en dicha época, muestra una sociedad que se ve sorprendida por la llegada de alienígenas, justo en medio de una carrera espacial entre EEUU y URSS que a juzgar por el acontecimiento parece irrisoria o nula, como lo siente Reinhold Hoffmann, un miembro del proyecto espacial norteamericano, en un fragmento de las primeras páginas de la novela:
Reinhold no se sintió apenado porque el trabajo de toda una vida se le derrumbase de pronto. Había luchado para que el hombre llegase a las estrellas, y ahora, en el instante del triunfo, las estrellas - las apartadas e indiferentes estrellas - venían a él. En ese instante la historia suspendía su aliento, y el presente se abría en dos separándose del pasado como un témpano que se desprende de los fríos acantilados paternos y se lanza al mar, a navegar solitario y orgulloso. Todo lo obtenido en las eras del pasado no era nada ahora. En el cerebro de Reinhold sonaban y resonaban los ecos de un único pensamiento: La raza humana ya no estaba sola.
Y no era para menos, pues con la llegada de los Superseñores (Overlords en el original) la humanidad llegó a una clase de edad de oro impuesta: terminaron las guerras, el hambre, la pobreza, la enfermedad, el crimen, el analfabetismo... todo ello gobernado por los misteriosos seres de otro planeta.

Como en todo buen relato de ciencia ficción, las razones de todo cuanto acontece son verosímiles científica y socialmente, dentro de los límites del propio relato. Es decir, no sucede como en otro tipo de ficciones como las del género fantasía, donde el recurso de la magia es suficiente para hacer desaparecer o crecer algo, sin mayor explicación. En la ciencia ficción todo puede pasar, pero si es buena ciencia ficción se dan suficientes argumentos válidos que harían posible, con el uso de un poco de imaginación dirigida, que lo que sucede en la historia fuera totalmente real a la luz de la ciencia. Este libro no solo muestra conocimiento en ciencias físicas o astronómicas, sino sobre todo ciencias sociales, humanidades y mitología, que combinadas todas una excelente y fructífera imaginación dan como resultado un novelón. Pero no nos desviemos, que el tema central es el viaje espacial.

En la historia, los seres humanos no reciben apoyo ni tecnología para realizar viajes al espacio y quedan confinados en su pequeño mundo de utopía real. Sin embargo, hay un personaje que consigue hacer uno de los viajes al espacio más sensacionales y duramente realistas que he imaginado.

Jan Rodricks, uno de los pocos humanos que continúan con interés por la ciencia en la edad de oro, se convierte en una clase de Jonás bíblico-espacial y adentro de una ballena disecada que los Superseñores llevan a su planeta como pieza de museo, consigue viajar como polizón en la nave espacial. Para cuando llega al planeta de los Superseñores Jan ya fue descubierto y es tratado con indiferencia, nadie se preocupa por sacarlo de sus dudas, con el inconveniente de que nadie habla su idioma. Se siente un pigmeo, como un niño que no comprende lo que sucede, aunque pronto se identifica a sí mismo con un hombre de la Edad de Piedra encerrado en un edificio moderno, sin ninguna clase de referencia respecto a cómo y por qué funcionaba lo que veía a su alrededor. Seis meses después regresa a la Tierra sin muchas respuestas claras, y como esperaba debido a su conocimiento sobre la Teoría de la Relatividad, ochenta años terrestres después a su partida. Todas las personas que alguna vez conoció habían muerto ya. La tragedia de Jan Rodricks no es la central de esta novela, pero al final desempeña un papel relevante al colaborar en la observación científica del que sería, sin duda, el suceso más importante de la historia de la humanidad.

Ahora bien, toda esta reseña de un libro ¿en qué se relaciona con el cine? Principalmente por su no adaptación al séptimo arte. Y es que Childhood's End no ha sido adaptado nunca para el cine, sin embargo, este libro habría de ser la semilla de una de las más grandes películas jamás filmadas sobre viajes espaciales. Me refiero a un clásico del cine, un pilar que cambió la historia del séptimo arte y sobre el que se han escrito toneladas de cuartillas en libros, ensayos, tesis de todos los niveles y artículos periodísticos: 2001: A Space Odyssey.

Childhood's End (El fin de la infancia) fue escrito por Arthur C. Clarke en la década de los cincuenta. El libro maravilló a uno de los grandes del cine, Stanley Kubrick, quien se vio imposibilitado para llevarlo al cine pues otro director, Abraham Polonsky, le habría comido el mandado y previamente trabajaba en el guión de una película que finalmente nunca vio la luz. Sin embargo, Stanley Kubrick trabajó junto con Clarke para adaptar el relato El centinela a un guión cinematográfico. Esta fue la primera y única vez que el gran cineasta neoyorquino trabajó al lado de alguien en la construcción de su guión. Incluso en casos de adaptaciones de libros causó polémica por desviarse del texto original, como en A Clockwork Orange donde Kubrick omitió el capítulo final, o en The Shining, donde el autor Stephen King ha mostrado públicamente en diversos espacios y textos su descontento ante los cambios y omisiones que Kubrick hizo a la versión del libro.

El resultado del trabajo en conjunto entre Clarke y Kubrick resultó en una de las películas mejor logradas de todos los tiempos sobre viajes espaciales.



No es necesario polemizar sobre la secuela, 2010: The Year We Make Contact, dirigida por Peter Hyams, que se encuentra años luz del nivel de la película de Kubrick y que más parece una cinta sobre la Guerra Fría que sobre viajes espaciales y cuyo final es totalmente sospechoso.

Sin embargo, la historia de Childhood's End no sólo sirvió de inspiración a Kubrick, sino también a otro de los grandes: a David Gilmour, guitarrista de la banda británica Pink Floyd, quien escribió una rola basada en el libro.

Y finalmente, será presentada una miniserie de seis horas basada en el fenomenal libro de Arthur C. Clarke, según anunció la productora Syfy, y se espera su estreno para este año 2015.

lunes, 10 de junio de 2013

El Presidente del Congreso: Rodolfo Ocampo

Rodolfo Ocampo es la noticia de la semana. Este político de extracción panista, pero que comenzó su vida laboral como operador de máster en Televisa, fue detenido la noche del viernes 07 de junio, luego de muchos años en que sus compañeros blanquiazules lo protegieran durante el gobierno de Emilio González Márquez. Una vez fuera el PAN de Casa Jalisco, se le imputan señalamientos que ya se conocían de hace tiempo: haber desviado fondos del SIAPA a la Bolsa Mexicana de Valores, recursos que deberían haber sido utilizados para llevar agua potable a las colonias más necesitadas de la Zona Metropolitana de Guadalajara.

Para refrescarnos la memoria, aquí las traemos un videito del año 2002, cuando Rodolfo Ocampo era legislador local en el Congreso de Jalisco y fue electo como Presidente de la Mesa Directiva. El video nos recuerda quienes eran los compañeros diputados del ahora detenido, convirtiéndose en una prueba clara de las características de la clase política jalisciense: corrupta y chapulinesca. También refleja las características de la ciudadanía: olvidadiza.




Sólo algunos de los compañeros de Rodolfo Ocampo como diputados:
- Aristóteles Sandoval, priísta, luego de diputado fue regidor, luego alcalde y ahora Gobernador de Jalisco.
- Ramiro Hernández, priísta, luego fue Senador y ahora Alcalde de Guadalajara.
- José María Martínez, panista, luego fue regidor, luego otra vez diputado y ahora es Senador plurinominal por Jalisco.
- Alfredo Argüelles, panista, luego fue Secretario General del Congreso, antes síndico del Ayuntamiento, ahora desempleado (creo).
- Rocío Corona Nakamura, priísta, luego fue diputada, luego diputada, luego diputada, antes diputada...
- José Antonio Muñoz Serrano, panista, acaba de salir como Secretario de Salud de Emilio González Márquez.
- Jesús Casillas, priísta, luego fue regidor de Zapopan, diputado otra vez y ahora es Senador.
- Benito Manuel Villagómez Rodríguez, multipartidista, luego fue regidor de Zapopan y defensor del Lago de Chapala.
- Celia Fausto, perredista, luego fue regidora de Guadalajara y ahora es nuevamente diputada local.

jueves, 8 de noviembre de 2012

¿Cómo terminar una comunidad de 140 años en 15 días?

Una producción del Movimiento Mexicano de Afectados por las Presas y en Defensa de los Ríos (MAPDER), este video reúne testimonios de comunidades afectadas, activistas y movimientos que denuncian las violaciones a los derechos humanos por la construcción de presas en México.



martes, 17 de julio de 2012

El presidente electo fue asesinado

Es 17 de julio y el país se encuentra en medio de una guerra de mexicanos contra mexicanos que ha cobrado más de 60 mil muertes y que comenzó por una decisión presidencial a la que un poder fáctico respondió con las armas. Ya hay un nuevo presidente electo, pues el 1 de julio se llevó a cabo la elección, tras de un proceso seriamente cuestionado. Hoy, ese presidente electo será asesinado.

A pesar de las similitudes, no estoy hablando del año 2012 sino de 84 años atrás: es 1928.

Plutarco Elías Calles
La guerra cristera se desató en 1926 luego de que el entonces presidente, Plutarco Elías Calles, publicara una ley que sometería a las iglesias al poder del Estado y limitaría la participación de éstas en la vida pública; esta ley fue conocida como "Ley Calles". Tras su promulgación, la Iglesia Católica ordenó el cierre de los templos en todo el país.

Privados de bautizos, bodas, fiestas patronales y las misas dominicales, miles de campesinos católicos se levantaron en armas principalmente en Jalisco, Guanajuato, Zacatecas y Michoacán, al grito de ¡Viva Cristo Rey! Son los llamados Cristeros. Aunque la Iglesia Católica se deslindó del movimiento armado, hay evidencias del apoyo y respaldo de algunos jerarcas. Una de las acciones de mayor impacto por el nivel de violencia que alcanzó fue el descarrilamiento de un ferrocarril cerca de Ocotlán, Jalisco, 

La respuesta del Ejército no fue menos sangrienta, de forma que durante los tres años de guerra (1926-1929) se habla de más de 60 mil muertos, cifra coincidente con los muertos de la "Guerra de Calderón".

Coronel Manuel Ramírez Oliva, en Los Altos de Jalisco
Tropa del general Rodolfo Gallegos, en Guanajuato.
Manifestación contra la "Ley Calles" en Tototlán, Jalisco.
Julio de 1926
La reacción católica no solamente incluía las armas. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa organizó un boicot económico como medida de presión para que la Ley Calles fuera retirada. La consigna era comprar únicamente lo indispensable para vivir, de forma que la economía nacional se vio afectada duramente.

Mientras el país se encontraba en conflicto, el expresidente Álvaro Obregón, líder de la Revolución Mexicana y predecesor de Calles de 1920 a 1924, se encontraba retirado en la Quinta Chilla, su rancho en Sonora dedicado a la siembra (y acaparamiento) de garbanzo. Después de mucho cavilar, se decidió por participar en las elecciones de 1928, seguro de poder resolver los problemas del país.

Álvaro Obregón con Pablo González
La Revolución de 1910 trajo consigo la suspensión de la reelección presidencial, de forma que Obregón no podía participar para gobernar el país nuevamente. De tal forma que cabildeó con los diputados (de la mano de Luis N. Morones, entonces jefe de la CROM y a quien respondían muchos legisladores) para que se modificara la ley, olvidando su propia lucha contra la reelección e ignorando toda la sangre que fue derramada para conseguirlo.

Ahora en 2012 hay reclamos de inequidad en la elección presidencial de 2012 por compra de votos,uso electorero de encuestas y por el papel de los medios de comunicación, pero en aquellos años las diferencias políticas y la lucha por el poder seguían otras vías: los otros aspirantes a la presidencia, Arnulfo Gómez y Francisco Serrano, fueron asesinados antes de la elección, de tal forma que Obregón  apareció como candidato único en la boleta el 1 de julio. No podía ser de otra forma, Obregón fue nombrado presidente electo de la República por segunda vez.

Un día como hoy, el 17 de julio de 1928, a dos semanas de la elección, los diputados de Guanajuato organizaron una comida en honor a Obregón en el restaurante "La Bombilla" de la Ciudad de México.

Comida en La Bombilla en honor a Obregón
La banda musical tocaba "El Limoncito" mientras los asistentes disfrutaban de la comida, cuando un caricaturista del periódico Excelsior, José de León Toral, pidió acercarse a Obregón para hacerle un retrato. En cuanto terminó el dibujo sacó una pistola y disparó a bocajarro al manco de Celaya, quien murió horas después. México se quedaba sin futuro presidente.
José de León Toral fue detenido inmediatamente, ni siquiera se resistió al arresto, pues creía que sería muerto en el mismo lugar del crimen. En tanto, el cadáver de Obregón fue trasladado a su casa en la calle Jalisco #185, en la colonia Roma (ahora la calle lleva el nombre de Álvaro Obregón). El cuerpo nunca fue sometido a bisturí ni fue analizado por peritos balistas, lo que resulta una deficiencia seria para la futura investigación del homicidio. Este sólo sería una de tantas irregularidades durante la resolución del crimen.

Mascarilla de Obregón tomada instantes
después de su muerte. La mancha en la mejilla
fue el primer impacto que recibió.
Álvaro Obregón en  La Bombilla, minutos antes de ser asesinado


















A 84 años del asesinato, todavía causa polémica el caso y se está lejos de llegar a un consenso entre los historiadores respecto a lo que realmente sucedió aquel 17 de julio en La Bombilla. La situación es la siguiente: hay dos documentos distintos que dan fe de las heridas de Obregón y ambos dan información muy distinta. El mismo día del crimen se realizó un acta médica que se archivó en el Hospital Militar donde se da cuenta de diecinueve heridas, al parecer provocadas armas de fuego de distinto calibre que penetraron por lugares y en direcciones muy distintas (aquí se puede consultar el contenido completo del acta). El arma que utilizó Toral sólo tenía diez disparos, por lo que este documento a servido como sostén para versiones que señalan que Toral no fue el único que disparó contra Álvaro Obregón y rechazando así la versión del "asesino solitario". Ahora bien, hay otra acta, fechada el 3 de agosto de 1928, diecisiete días después del crimen, que señala sólo ocho heridas: esta acta fue la única que recibió el juez Aznar, encargado del caso. Independientemente, cualquiera de los dos documentos es dudoso, pues no se contó con una autopsia en forma (no hubo bisturí) y no se presentó un análisis realizado por especialistas de las heridas de balas del cadáver.

Esquema de las heridas que recibió el cuerpo de
Obregón de acuerdo el acta del Hospital Militar.
José de León Toral, justo después de ser detenido.
El pómulo izquierdo muestra inflamación y hay
rastros de sangre en el labio.
¿Qué pasó con el asesino? José de León Toral era un devoto católico, simpatizante de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Una vez detenido se le aplicaron sinnúmero de interrogatorios, pues ante el explosivo clima político se sospechaba que había sido contratado por Elías Calles o Luis N. Morones para acabar con Álvaro Obregón. De León Toral siempre sostuvo haber actuado solo y por convicciones personales, incluso después de haber sido sometido a tortura. De acuerdo a su propia versión, la idea de asesinar a Obregón surgió a raíz de una conversación con la monja Concepción Acevedo, conocida como la "Madre Conchita", donde concluyeron que la única forma de resolver el conflicto Cristero era eliminando al presidente. Luego de estas declaraciones, la Madre Conchita también fue detenida. Además, los familiares de Toral fueron trasladados también a prisión, tanto su esposa en ese momento embarazada, sus padres, Aureliano de León y María Toral Rico (mis tatarabuelos) y algunos de sus hermanos (entre ellos Paz de León, mi bisabuela).

Dibujos de León Toral, representan algunas torturas que sufrió en prisión.

La situación política del país era tremenda. Los obregonistas exigían que alguien pagara por el crimen y la mayoría sospechaba del propio presidente Calles, quien últimamente se había mostrado alejado de Obregón. Para calmar la situación se decidió algo inédito: el juicio de José de León Toral y la Madre Conchita fue un juicio oral, público, abierto a la población y con un jurado integrado por ciudadanos que fueron insaculados. A las sesiones del juicio acudieron muchos diputados y figuras de la política interesados en la investigación.

Asistentes al juicio de Toral


Al centro Demetrio Sodi, abuelo del ahora político
panista y defensor de José de León Toral durante el juicio


El juicio fue largo y lleno de irregularidades, inclusive hubo un intento de linchamiento contra la Madre Conchita, quien resultó con una pierna rota. Finalmente, la Madre Concepción Acevedo fue enviada por veinte años a la prisión de las Islas Marías como autora intelectual del crimen, mientras José de León Toral fue condenado a muerte y fusilado el 9 de febrero de 1929 en la penal de Lecumberri.

Pelotón de fusilamiento de Toral

Fusilamiento de José de León Toral

En la historia familiar no se duda respecto a que José de León Toral actuó solo. Nadie de la familia sospechaba siquiera que ese hombre tan tranquilo, tímido y fervoroso pudiera ser capaz de hacerle daño a alguien. La revista Proceso publicó recientemente una nota donde da cuenta de unas cartas que De León Toral envió meses antes del asesinato a Roberto Pro Juárez (hermano de dos de los mártires mexicanos santificados por la Iglesia, Humberto y Miguel Agustín, que fueron fusilados sin juicio de por medio, acusados de un atentado contra Obregón). En las misivas da cuenta de su intención de participar en el movimiento en favor de la Iglesia y se dice inspirado por los hermanos Pro; terminaría siendo también fusilado, aunque sin alcanzar el reconocimiento de la Iglesia.

También se presenta una interesante carta fechada el 22 de noviembre de 1928, para entonces ya sentenciado a muerte pero con esperanzas de apelar la decisión, donde habla de su opinión de Álvaro Obregón. Dice que antes de asesinarlo "oía yo que le achacaban ser sumamente sanguinario e impulsivo, y enemigo de la religión; que fue él o los suyos quienes en 1917 adicionaron los artículos persecutorios. También se le atribuían las muertes de Carranza y las de Serrano y Gómez, más tarde [...] No tuve personalmente pruebas de tanta cosa que oía en contra del Sr. Obregón, pero sí lo creía". Luego del asesinato, "he sabido detalles hermosísimos de la vida del Sr. Obregón (su amabilidad, socorros a los necesitados, perdón a sus enemigos; proyectos e intenciones de arreglo, etc.), y, con verdad lo digo, si antes de julio he tenido estas pláticas con amigos del Sr. Obregón, nunca hubiera atentado contra su vida".

Portada de la revista Proceso, edición 1275, de abril del 2001.
Narra el intento de familiares de José de León Toral para que la Iglesia abriera un proceso de beatificación. La solicitud fue rechazada.

Tras la muerte de Obregón, Emilio Portes Gil fue nombrado presidente interino, y tras muchas negociaciones secretas con el clero, donde participaría el Vaticano y el gobierno de Estados Unidos, se llegó finalmente a un acuerdo que concluiría con el fin de la guerra cristera en 1929.


El Informador, 22 de junio de 1929

84 años después de estos acontecimientos, las elecciones siguen siendo polémicas y generan conflictos sociales. Esperamos que el futuro nos traiga soluciones pacíficas para resolver los conflictos sociales y de inseguridad que en la actualidad azotan al país.


Armas de cristeros atrincherados en un templo de Guadalajara
Aureliano de León y María Toral Rico (mis tatarabuelos) pidiendo una prórroga
a la sentencia de muerte dictada contra su hijo. Les fue negada.


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Por José Carlos Rodríguez Toral.

Bibliografía principal y fotografías obtenidas de:
- Martínez Avelleyra, A. (1972) No volverá a suceder. Novedades: México.
- Meyer, J. (1997). La Cristiada. El conflicto entre el Estado y la Iglesia. Editorial Clío: México.
- y de las anécdotas familiares, historias que me han contado desde niño y que he escuchado de mis abuelos y de mi querida tía Esperanza de León Martín del Campo, única hija que queda con vida de José de León Toral.