viernes, 13 de mayo de 2016

Crónicas policiacas

La confusión


Estoy solo en mi cuarto durante la madrugada. Tengo los ojos medio cerrados y estoy a punto de quedarme dormido con los pantalones puestos. Es noche de guardia.

Suena el radio en su eterno escaneo y me quita el aletargamiento. No suenan las claves de Tránsito o Policía, sino la Cruz Roja.

- CECOM Lagos a JALISCO-257, los 5 (lesionado) están después del Chipinque, que donde están unas 26-papa (pipa).
- 18 (enterado).

En ese momento, este reporterito policiaco debió ponerse alerta. Chipinque... ¿no estuve ahí un mes antes buscando la nota en medio de un mal presentimiento? ¿No estaban ahí las fosas? Pero este reporterito es olvidadizo, demasiado confiado e inocente. Verde haciendo nota roja en un Pueblo Mágico.

Me levanto de la cama, tomo las llaves y corro al tsuru, rojo como mis notas. Arranco y bajo por el cerro en que vivo, el de las colonias Paseos de la Montaña, Colinas del Valle, Lomas del Valle, Colinas de San Javier...

Entre el montón de lucecitas que brillan desde el centro del pueblo, destaca la parroquia de la Asunción. Yo le doy la espalda al girar hacia el lado contrario, con rumbo a Aguascalientes y luego giro por el libramiento que juega las veces de periférico. Bostezo varias veces en el camino.

Tomo una carretera a la izquierda poco después de adelantar una patrulla de la Policía Federal detenida detrás de otro vehículo, con el oficial interrogando al conductor. Me interno por el camino a El Puesto, una estrecha carretera estatal oscura como boca de coyote que lleva rumbo al desierto del Norte.

Varios kilómetros adelante se cruza conmigo una camioneta blanca que va echa la mocha en dirección contraria a la mía. Llego a la altura del Chipinque y no veo las luces rojas que vengo buscando, las que lleva cualquier ambulancia de la Cruz Roja que salga a un servicio.

El radio suena pero ahora con la voz del conductor de una ambulancia de Protección Civil hablándole a Cruz Roja por su frecuencia.

- Ya te vi -contesta agitado el chofer de la ambulancia de Cruz Roja- me detengo donde está el Federal para pasarte uno.

Los editores siempre agradecen fotos de los heridos, por muy aparatoso que sea el accidente. Así que doy vuelta en "u" y voy tras las ambulancias, al fin y al cabo los autos chocados tardan mucho en ser trasladados y puedo ir por las fotos después.

Al llegar al cruce con el libramiento vi a la patrulla de Policía Federal en el mismo lugar y sin rastro de las dos ambulancias, así que le sigo pisando al acelerador. En el camino paso junto al hospital del IMSS y no hay ambulancias en la entrada de urgencias. Me dirijo entonces al Hospital Regional que está en el centro, si me apresuro podría tomar la foto de los lesionados antes de que los ingresen.

Desde cuadras antes veo ya las luces de las dos ambulancias estacionadas afuera del hospital. Llego corriendo pero ya no hay rastro de las camillas. Los paramédicos de Cruz Roja platican con el reportero de la competencia. Tomo una fotografía de la escena, guardo la cámara y me acerco.






- ¡No estás viendo cómo están las cosas, Güero? -me grita el paramédico del ojo de vidrio en cuanto me acerco. Yo me quedo perplejo, así que sigue gritándome, mientras jadea como si hubiera terminado de correr los 200 metros planos.

- ¡Ahí vas tú a meterte! ¿nos hubieras marcado antes?
- ¿Qué? -respondo titubeante.
- No se anden arriesgando por una nota, vi pasar el tsuru rojo, pinche Güero, si yo por eso me fui con las luces apagadas desde que salí de la base.
- Pero ¿qué pasó?
- ¡Eran unos secuestrados! ya los tenían junto a la fosa para matarlos y ahí vas tú. No, Güero, no hagan eso, yo creo los tenías atrás de ti.
- ¿A quiénes?
- ¡Pues los malos, güey!
- Ah... -me rasco la calva como siempre que me avergüenzo- no sabía qué servicio era, creí que era un choque.
- Pues háblanos antes -responde. Luego regresa a la conversación que mantenía con el reportero de la competencia y su compañero de la Cruz Roja sobre lo sucedido.

Me quedo parado a media calle, pálido mientras empiezo a atar cabos y a entender lo que pasó. Como no me la llevo con ese reportero de la competencia, me doy la vuelta y voy hacia los socorristas de Protección Civil que están platicando junto a su ambulancia. Me reciben con una pregunta crucial en esos momentos:

- ¿No traes cigarros?

Niego con la cabeza, no tengo nada qué ofrecerles y no es hora para ir por cigarros o cocas. Todo reportero de nota roja sabe que el mejor lubricante para que salgan los datos de las bocas son las cocas y los cigarros. Entonces me ignoran y siguen platicando, mientras yo paro las orejas.

- ... qué tienes, le dije, y no me decía nada el morro, tenía un hilo de sangre en la pierna -dice el más joven de los socorristas de PC a sus compañeros.
- ¿pero era un balazo?
- No, quién sabe qué era, se le veía un agujerito así chiquito -explica mientras forma un pequeño círculo con sus dedos índice y pulgar, a través del cual mira con su ojo derecho las caras de sus compañeros.
- ¿En dónde?
- ¿Pues en dónde va a ser? ¡En el culo!
- ¡No mames!
- ¿Pues no te estoy diciendo?...

Siguen su plática y yo estiro mis orejas lo más que puedo. La conversación se detiene cuando de la oscuridad del lado este de la calle salen trotando un par de jóvenes, de unos 15 ó 16 años. Pasan frente al hospital y uno de ellos cruza su mirada con la mía. Lo reconozco. Él suelta una breve risotada mientras voltea para otra parte, sigue trotando y desaparece en la oscuridad del lado oeste de la calle.

Es el Borolas, un cuate que conocí una noche cuando recorría la plaza principal con un colega. Íbamos en el auto a vuelta de rueda, yo de copiloto, cuando Borolas introdujo medio cuerpo por la ventana del piloto para presumirle su nueva pistolita automática. Le sacó una bala delgadita y se la regaló a mi compañero. Los tres hicimos como si yo no estuviera.

Uno o dos minutos después, los dos jóvenes regresan caminando, ahora en sentido contrario, pasan frente al hospital y vuelven a desaparecer en la oscuridad. Un guardia de seguridad privada del hospital los sigue con la mirada, igual que yo.

- Esos están muy sospechosos -comenta.

Sale del hospital otro guardia de seguridad privada y le pregunta a los socorristas de la Cruz Roja si pueden trasladar a uno de los pacientes al Hospital del IMSS.

- Yo ya no lo llevo, ya cumplí con traerlo, no me arriesgo -contesta ojo de vidrio de Cruz Roja sentado en la banqueta con el cigarro a medio consumir.
- ¿Y ustedes? -pregunta el de seguridad privada a los de Protección Civil.
- Yo sí me aviento, nomás pídele 40 (escolta) a los 78 (policía) -responde el conductor de la ambulancia.

A los minutos llegan dos policías en una patrulla. A media calle, uno de ellos se coloca un enorme chaleco antibalas y casco, se cubre la nariz y la boca con una pañoleta negra y prepara una escopeta. El policía se ve sólido, pero viejo. Salen del hospital dos guardias de seguridad privada empujando una camilla con un hombre en bata. Suben al herido a la ambulancia de PC y ésta arranca sin sirena, con la patrulla detrás, rumbo al hospital del IMSS.

Durante el proceso, el reportero de la competencia se planta frente a la camilla y comienza a soltar flashazos. Yo, desde atrás, tomo tres tímidas fotografías con el celular, y de las tres no se hace ni una.




Los socorristas de Cruz Roja se despiden y se van también. Ya no me siento cansado, a pesar de ser la madrugada. Miro la oscuridad en que quedó el tsuru y prefiero no ir hacia allá. Me quedo recargado en la barda del hospital, oyendo lo que platican los guardias de seguridad. Después de como una hora, el sueño es más fuerte que el miedo y me largo a dormir.

Al otro día escribo la nota que aparece en la primera plana.




En el recorrido diario por las corporaciones, el que atiende el teléfono en la base de la Cruz Roja me cuenta más detalles, mientras yo copio en mi libreta los nombres, edades y domicilios que vienen en los reportes médicos. Las víctimas del servicio en el Chipinque eran padre e hijo, a éste le arrancaron las uñas del pie y aquel sufrió un balazo en el ano.

Al llegar a la oficina, mi compañero, el amigo del Borolas, me pregunta qué había pasado en ese servicio. Le cuento lo que puse en la nota. Él insiste: ¿Pero tú qué crees que sucedió? Respondo que no creo que se hayan escapado, si hubieran querido matarlos, seguramente lo hubieran hecho.

Días después, los socorristas me cuentan que mi compañero les llamó por teléfono para preguntarles qué había pasado esa noche, pero que ellos no le contestaron "porque luego es bien escandaloso".

A los días, mi único contacto de la Fiscalía me pregunta si supe de ese caso.

- Fueron los de la plaza, pero los confundieron -asegura-, la carpeta de investigación se abrió por lesiones, pero fueron los mismos de la plaza.

Sobre el caso no se publicó la acostumbrada nota de seguimiento.



Chipinque y Salsipuedes



Antes del incidente de la confusión, yo ya había estado en la zona del Chipinque.

El jueves primero de octubre llegué temprano a la oficina y el jefe me recibe con el periódico de la competencia de esa mañana. Como principal trae una nota sobre localización de cuerpos calcinados en unas fosas cerca del Chipinque.

- Vamos a ir a buscar malandros -me dice sonriente.

El jefe es de los periodistas que, entre broma y en serio, desean tragedias. De eso pide su limosna.

- Ojalá choque y se muera, ¿o qué? -pregunta bromista cuando vemos rebasar a un motociclista. Tiene comprobado que la muerte y el caos suben las ventas, asegura mientras ríe, y luego te voltea a ver para que le digas que no sea ojete, lo que lo hace reír más.

La nota de la competencia, que también publicó El Circo, no da más información sobre el lugar del hallazgo de cuerpos calcinados, sólo menciona el Chipinque. Las fotos parecen de archivo. Buscamos información en internet y vemos en Twitter una publicación del día anterior sobre restos en Salsipuedes.






Sin más información, salimos en el tsuru, rojo como nuestras notas, por la carretera a El Puesto, esa vía que lleva al norte y que es oscura como boca de coyote en la noche. Pero éste es un jueves soleado.

Poco después de pasar el lujoso hotel Hacienda Sepúlveda, nos metemos en un camino de terracería. Atravesamos el poblado del Chipinque de Arriba y seguimos por una brecha de tierra.




- Hace como un mes venimos a una nota al Chipinque y una señora nos dijo que los malos andaban en un cerro -recuerda el jefe- vamos a buscarla para que nos diga por dónde es.

Llegamos a la casita y no está la señora. Sus familiares no pueden darnos más información. Seguimos el camino por brechas de tierra tras brechas de tierra, subiendo la ligera y accidentada pendiente de un cerro repleto de arbustos y nopales. En cada bifurcación le pregunto al jefe para dónde le doy, yo sigo su intuición porque tengo un mal presentimiento sobre esto. Por mi cabeza pasa varias veces la idea de que estamos perdiendo el tiempo en un lugar muy poco conveniente, pero no la expreso.

Llegamos a un punto donde una puerta de alambre y palos cierra el paso, pero eso no nos va a detener, parece decir el jefe cuando baja del tsuru y nos abre el paso. Continuamos por lo que supongo es una propiedad privada y en una curva vemos a un señor de avanzada edad subiendo el cerro pesadamente bajo el duro sol terregoso.

Nos responde que sí ha visto patrullas y militares por esta zona, un poco más adelante, así que el jefe le abre la puerta trasera y le ofrece un aventón.

Me ataca un olor a sudor oreado con alcohol añejo cuando sube y dice llamarse Leonardo. La noche anterior estuvo tomando en el pueblo y ahora se dirige a su casa. Seguimos la brecha hasta una nueva encrucijada. A la izquierda un portón de tubos blancos, a la derecha una puerta de alambre y palo. Don Leonardo dice que los policías estaban por el portón de la izquierda y que su casa está en la puerta de la derecha. Acto seguido abre la puerta para bajar pero el jefe lo detiene.

- Acompáñenos, para que nos diga por donde ir -le pide.
- Ustedes le dan derecho y van a llegar.
- No, acompáñenos, ande y lo traemos de regreso -luego se dirige a mí mientras apunta al portón de la izquierda- tú dale, yo abro el portón.

Atravesamos el umbral. A la izquierda un camino desciende, pero Leonardo asegura que lleva a una presa y que no es por ahí. Sigo hacia adelante, pero el camino comienza a desaparecer en medio de un accidentado terreno.

Vamos de regreso, yo con la esperanza de largarnos de ahí, cuando el jefe dice que vayamos por el camino a la presa.

- No, por ahí no -dice don Leonardo.
- Sí, por ahí, una presa es un buen lugar para hacer fosas -ordena el el jefe.

El señor Leonardo parece encogerse en el asiento. Unos minutos después el camino nos lleva junto a una zona acordonada con las conocidas cintas amarillas estampadas hasta el infinito con la palabra PRECAUCIÓN.





Bajamos del tsuru, pero cuando don Leonardo quiere seguirnos, el jefe lo regresa al auto para que se quede ahí sentadito mientras lee el periódico. Nosotros sacamos las cámaras.

En el lugar hay mucha ropa tirada, de hombre y mujer, además de utensilios de cocina, restos de comida, una botella de ácido muriático y restos de variados objetos como la defensa de un auto. Al explorar encontramos excavaciones recientes y muchas bolsas de basura alrededor. A unos metros hay una fogata. El lugar parece abandonado, como si los policías hubieran estado ahí hace un par de días y quienes habitaban el incipiente campamento, una semana atrás.

Regresamos al auto y don Leonardo de pronto pareció recobrar la memoria. En realidad ya había visto a gente armada en ese lugar. Dice que desde hace años se dedica a recolectar madera de los mezquites de la zona para después venderla en el pueblo. Pero hace como un mes, mientras recogía leña en este lugar, le salieron al paso los sujetos y le dijeron que no podía entrar; él se puso bravo, porque tiene el permiso del propietario para recoger la leña en el lugar, pero lo echaron de ahí. Tenía miedo de que lo vieran nuevamente, ahora acompañado de nosotros, pero al parecer ya no estaban instalados en la zona.

Recorremos el camino de regreso y dejamos a don Leonardo en la entrada del camino que lleva a su casa. Le doy cincuenta pesos antes de que se vaya y le pido que tenga mucho cuidado. En ese momento, una camioneta llega por el camino. Se me para el corazón, pero vuelve a palpitar cuando sigue de largo y el conductor ni nos voltea a ver.

De regreso en la carretera a El Puesto, el jefe me hace ver que el trabajo no está terminado.

- Dale a la izquierda, hacia Salsipuedes -dice.

Yo suspiro y sigo órdenes, quedando Lagos a nuestra espalda. Kilómetros adelante encontramos el letrero que nos indica el camino.





Entramos al pueblo de nombre amenazante, con esperanzas de poder salir. Atravesamos la pequeña población sin ver gente en la calle ni nada llamativo. Tras cruzar un río, me bajo del auto para abordar a una mujer que está regando las plantas en la entrada de su casita. Dice que no ha visto militares ni policías por ahí. Le pregunto por la ubicación del cerro Las Mesas.

- Se regresan a la carretera y se van para atrás, antes de la curva y del letrero que dice "Salsipuedes" van a ver un camino de tierra a la derecha. Para allá dicen que son las Mesas.

Luego de un trayecto por el camino de tierra, nos topamos con una cerca de alambres y palos. El jefe la abre y seguimos. Una puerta más y luego la entrada a un potrero y un pequeño bordo con agua estancada que vadeamos.

Luego de cruzar un establo con vacas llegamos a un pequeño valle. El camino continuaba girando hacia la izquierda y subía una loma. A la derecha, surgía un empinado camino de tierra que se adentraba en un cerro. Me detuve en la intersección.

- A ver, si fuéramos malandros ¿dónde nos esconderíamos? -pregunta retóricamente el jefe.

La intuición nos dice que a la derecha, el camino más empinado. Llegamos a un punto tan accidentado que abandonamos el auto a media brecha y seguimos a pie.

Al llegar a la cima, la enésima bifurcación en ese laberinto. Contra toda sensatez, nos separamos. Elijo la izquierda.

Sigo el camino zigzagueante y me digo a mí mismo que aquí no hay nada, esta es una excursión sin sentido. Pero en una curva encuentro una montaña de ropa al pie de un enorme nopal. Los nervios afloran ¿qué demonios haría si alguien me sale al paso para preguntar qué chingados creo que estoy haciendo? Seguramente le daría las gracias por preguntar. Hay quien primero dispara y luego averigua.

Menos de un minuto después llego a una zona arbolada con el característico acordonamiento de una escena del crimen. Una extraña combinación de miedo y emoción me ataca. Hasta entonces me doy cuenta que no llevo conmigo la cámara. En tanto, el jefe debe estar buscando en el lugar equivocado ¿o no?

En lugar de regresar por el camino zigzagueante, me voy en línea recta hacia el tsuru, cruzando el cerro por las partes que no están tan tupidas.

Llego al auto, saco la cámara y me lanzo a buscar al jefe para avisarle lo que encontré. Pero su camino termina en una barda de piedras y no hay rastro de él. Tomo aire para comenzar a gritar su nombre, pero un ruido me cierra el pico.

Es el sonido de un vehículo acercándose. A poca distancia, una columna de tierra comienza a subir por encima de los nopales y matorrales. Sin perder más tiempo me arrojo entre los matorrales, maldiciendo por llevar puesta la camisa de mi anterior trabajo, de un blanco que reluce bajo el solazo, con un letrerote anaranjado y reflejante que dice "Señal Informativa" en la espalda. Era como llevar un tiro al blanco.

Visualizo qué hacer si comienzan a escucharse detonaciones de arma y el mejor plan que se me ocurre es deslizarme en cuclillas hasta saltar la barda de piedras. Después correr como alma que lleva el diablo. No pude visualizar más allá.

Entre la espinosa vegetación veo la camioneta que recorre el camino, gira a la izquierda y se aleja del pequeño valle hasta desaparecer. Mi respiración comienza a retomar su ritmo normal conforme dejo de oír el ruido de la camioneta. Me parece imposible que el conductor de la camioneta no hubiera notado el maldito tsuru, rojo como mis notas, parado a medio cerro. Así que decido darme prisa antes de que se le ocurra volver.

Salgo del escondite, pero al caminar hacia el auto algo se mueve a mi derecha y me enfría: es el jefe, sacándome un susto digno de hacer brotar el gen diabético que heredé de mi padre.

Explica que cuando nos dividimos, él siguió su camino hasta la barda de piedra y entonces se regresó y siguió mi camino. Iba llegando a la zona acordonada cuando escuchó el motor de la camioneta y también se ocultó. Entre risas confiesa que también planeaba olvidarse de mí e internarse en el monte.

Sin perder más el tiempo corremos a la zona acordonada. Tomamos fotos y video de los numerosos agujeros que los forenses habían cavado días antes entre los árboles.



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También estaba una zona quemada, rastros de una fogata que bien pudo servir para reducir los cuerpos a cenizas.



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Terminado el trabajo, nos fuimos corriendo al carro. Manejo de regreso al Pueblo Mágico tan rápido como puedo.

En el camino, el jefe ocultó las memorias de las cámaras debajo de los asientos del auto justo cuando pasabamos a la altura del Chipinque.

Finalmente llegamos a la oficina y yo aún tenía un nudo en las tripas. El jefe descargó las imágenes en su computadora y las borró de la memoria. Me pide que no hable con nadie de esas fotos, especialmente con mi compañero de sucesos. Entonces me da un periódico de la competencia y uno nuestro.

- Vamos a la Fiscalía -dice sin sonreír. Llegamos y él se queda en el tsuru esperando a que yo termine mi encomienda.

Entro en la Fiscalía como pancho por mi casa y me dirijo a la oficina del delegado, que visito todos los días para entregarle un ejemplar del periódico y preguntarle por novedades.

- No hay nada, todo está muy tranquilo -me responde el delegado y su bigote se retuerce con la sonrisa.
- Qué extraño, porque hoy sacó esto el Provincia -le digo al tiempo que muestro la nota de la competencia sobre las fosas.
- Ah, eso... bueno, sí se encontraron las fosas, pero no te puedo dar detalles de la investigación.
- Necesito una postura oficial, me la exigen.
- Tendrías que hablar a Guadalajara, yo no te puedo decir más.
- ¿Pero sí me confirma que es verdad?
- Bueno, te lo digo en corto porque me lo preguntas, pero no vayas a publicar que yo te lo dije, si quieres algo oficial tendría que ser en Guadalajara.

Guadalajara, eso es justo lo que yo necesito, pienso mientras salgo de la oficina. Para estar más tranquilo necesito irme de este Pueblo Mágico ¿y a dónde iba a ser si no a Guadalajara?

Regreso con mi jefe sin la declaración oficial. En la oficina escribo la nota que aparece al día siguiente en primera plana. Dice el jefe que hubo buenas ventas.


Termino la nota, corro a casa, arrojo ropa en una mochila y me largo. Dos horas y media después, ya en Guanatos, por fin me siento tranquilo, seguro y anónimo en la gran ciudad.

Le di seguimiento al caso con una solicitud de transparencia. Un mes después de la localización de los restos, la Fiscalía informa que encontraron un cuerpo y restos óseos calcinados.

Pido más información, ahora al Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses, que confirma el hallazgo del campamento en Chipinque, donde también encontraron restos óseos, así como las fosas en Salsipuedes, y también me brindaron los números de las carpetas de investigación que se abrieron a raíz de haber sido encontrados los cuerpos.



Según el documento, a más de un mes los restos estaban embodegados, a la espera de que se les hicieran pruebas de ADN y se supiera quiénes eran las víctimas, con lo que se dejaba en evidencia la poca prisa por esclarecer los casos de desapariciones. Con esa información, publico una segunda nota.



Seguí insistiendo con el tema y recibí un oficio donde aclaran que los restos encontrados en el cerro Las Mesas de Salsipuedes, al final no fueron analizados, ni se supo a quién pertenecían, porque luego de muchos meses se dieron cuenta ¡QUE ESTABAN CALCINADOS! Algo que ya se sabía desde un principio. Sobre los restos del Chipinque me negaron información.




Es verdad que los desaparecidos se deben buscar entre los vivos, pero es importante identificar los cuerpos de víctimas del crimen organizado para descartar que alguna persona desaparecida se encuentre ahí. En tanto, cientos de familias continúan cargando con el dolor de los fantasmas, de aquellos que se fueron y nunca volvieron, sin cerrar sus historias, en el limbo.

El 14 de marzo apareció la información en la última página del periódico.




Un colectivo de familiares de desaparecidos leyó la nota y emitió un comunicado exigiendo a las autoridades resultados.




Pero las autoridades hicieron oídos sordos. Al día de hoy, oficialmente 56 personas desaparecidas en Lagos de Moreno, según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas.




El Piter


Muchas semanas después de encontrar las fosas en Chipinque, me tocó regresar a esa zona "caliente" ubicada al norte del Pueblo Mágico para cubrir un suceso que, según las autoridades, terminaría por desatar un infierno.

Esa mañana de diciembre, ya muy cerca de navidad, me tocaba trabajar el turno de la tarde, pero mi compañero me despertó a las ocho para pedirme el paro de acompañarlo a cubrir un servicio.

Según sus fuentes, había habido un enfrentamiento y no quería ir solo. Como de costumbre no me hice del rogar, a pesar de la flojera y que el tema no me entusiasmaba mucho.

En el camino, mi compañero pide señas de cómo llegar al lugar y el sujeto misterioso que contesta del otro lado de la línea le indica que se dirija a la comunidad de El Cerrito, cerca de Aguascalientes.

Tomamos la carretera a El Puesto, mi compañero al volante asegura que los de la plaza se enfrentaron contra la Fuerza Única y Militares, y sus fuentes dicen que hay varias bajas de policías y quedó inservible uno de los rinocerontes, esos vehículos blindadísimos que es común ver pasar por la zona.




- Imagínate cómo estarán de pesados para chingarse uno de los rinos del ejército -dice mi compañero alegremente, clavando sus ojos en los míos, en lugar de en el camino.

Al pasar una curva, a la mitad del camino entre el Chipinque y Salsipuedes, encontramos la escena buscada.

A un costado de la carretera está un sembradío sin milpas y el camino de tierra que lo rodea luce repleto de elementos de la Fuerza Única, Fiscalía y Ciencias Forenses.


En cuanto nos acercamos nos dicen que no podemos pasar, así que nos metemos por el sembradío para rodear, disparando la cámara a la menor provocación.



Pero desde nuestra posición se distingue muy poco de la escena.



Mi compañero se separa de mí para rodear por el otro lado. Me quedo platicando con tres de la Fuerza Única, quienes mediante indirectas me señalan que ellos me pueden conseguir fotos si me reporto. Yo me hago pato y no me dan ni información.

Regresa mi compañero y ya consiguió las fotos, así que nos vamos a toda velocidad, gracias a esa característica habilidad suya para manejar en putiza, hablar por celular y provocar micro paros cardiacos a su copiloto, todo al mismo tiempo.

Él habla con quién sabe quién, dice que en el lugar hay dos muertos y que no se sabe quiénes son. Cree que entre los finados está El Piter, pero no está seguro porque no se ve bien la cara en la foto. Luego de la llamada, me dice que tal vez se chingaron al jefe de la plaza, lo que lo deja sin aguinaldo. Yo no pregunto nada, ni menciono que según parece, el resultado del enfrentamiento no era el que esperaba.

Al llegar a la altura del Chipinque se detiene afuera de una casita amarilla de madera.



- ¿A poco creías que te iba a dejar sin desayunar, Carlitos? Si me hiciste el paro de acompañarme - aclara mi compañero, dispuesto a invitarle el almuerzo a mis rugientes tripas.

El interior de la casita es oscuro, con piso de tierra y sillas alrededor de un carrete de cable a modo de mesa. El olor es delicioso y yo me decido por el plato de chicharrón con frijoles refritos, tortillas recién hechas y café de olla.

Me deleito en el desayuno mientras mi compañero entra y sale con el celular en la mano, llamada tras llamada. En algún momento me enseña una de las fotografías, donde se ve el cuerpo tendido de un hombre de cabello oscuro, con lo que parece una brillante entrada de calvicie.

- ¿Qué tiene en la cabeza? - me pregunta, y yo respondo encongiéndome de hombros y preparándome un nuevo taco.

Luego de tragar, regresamos al Pueblo Mágico, me deja en mi casa y yo le dejo la memoria de la cámara para que él escriba la nota y suba las fotos.



Semanas después, a finales de enero, el terror se desata en el Pueblo Mágico, al que algunos medios terminaron por bautizar como Pueblo Trágico, ante el número de homicidios. El Fiscal General declara que tanta violencia se debe a que un día de diciembre, elementos de la Fuerza Única "abatieron" al líder de una organización criminal que operaba en la zona, apodado El Piter.


  



Policía y asesino


Antes de que el terror se desatara a finales de enero de 2016, la navidad del 2015 llegó con su propia dosis de violencia y miedo contra una familia.

Durante esa semana entre navidad y año nuevo, que para el periodismo es como un limbo por la falta de información, encontré en internet una nota sobre un hombre que fue asesinado por un policía de la Fuerza Única que estaba de descanso.

La información la publicó el periódico Página 24 de Aguascalientes.

Yo hice gala de las peores costumbres de los periodistas y retomé la información tal cual, sin investigar por mi parte absolutamente nada, apareciendo la nota hasta el 2 de enero de 2016.


La nota era llamativa porque el presunto asesino era un policía y constantemente pedí al jefe que fuéramos a la comunidad de La Punta a buscar a la familia del difunto, pero como el poblado se encuentra retirado del Pueblo Mágico, no cedía.

Casi un mes después, la madre de una joven que se encuentra desaparecida me llamó para pedirme que acudiera la mañana siguiente a la Fiscalía, pues varios familiares de desaparecidos irían juntos a exigir información sobre las investigaciones.

Llevaba cerca de media hora esperando, parado a medio pasillo, cuando me ve mi único contacto de la Fiscalía y me pregunta discretamente:

- ¿Ve aquella señora de anaranjado?
- Sí.
- Es la esposa del que mató el policía de la Fuerza Única.
- ¿El de La Punta? - pregunto muy fuerte, a lo que me responde con un dedo sobre los labios, mientras asiente y se retira.

Me quedo dando vueltas en los pasillos a la espera de que la señora se desocupe y así pedirle una entrevista. Pasan los minutos y en la desesperación echo un vistazo al interior de la oficina donde la vi entrar, pero ya no hay nadie.

Corro por el pasillo asomándome en todos los cubículos y no está, así que salgo del edificio y la veo en la parada del camión al otro lado de la avenida, dispuesta a subir a un autobús.

Me lanzo corriendo detrás de ella, sin fijarme si venían carros, y alcanzo el camión de un brinco.

La señora está sentada en el primer asiento, así que la abordo inmediatamente en voz baja. Le digo directamente que soy reportero y estoy interesado en publicar el caso de su esposo.

Me invita a sentarme a su lado, prendo la grabadora y comienza a narrar su historia sobre lo que ocurrió en una fiesta aquella noche de diciembre. Su marido no era un pastor religioso, como yo puse erróneamente en la nota que copié a Página 24, sino que era un pastor de borregos.

Esto era importante, porque el Presidente Municipal se había negado a darle apoyo con los gastos del funeral, porque tenía entendido que el difunto no era católico. Ella le aclaró que el periódico estaba mal y por eso se le entregó la ayuda.

Ella es vecina de la familia del policía que asesinó a su esposo, recibe burlas de ellos y le advierten que no lo van a detener porque está bien parado.

Lo único que ella quiere es justicia, me asegura, y no le importa si recibe malos tratos por parte del personal de la Fiscalía y si tiene que gastarse todo su dinero en trasladarse de La Punta al Pueblo Mágico, ella quiere justicia.

Bajamos del camión en el Centro y caminamos hacia la Presidencia Municipal. Yo sigo con la grabadora prendida y ella, aunque está chaparrita, muestra una fuerza enorme, determinación pura.

Hace más de un mes que mataron a su marido y a pesar de estar identificado el responsable, la Fiscalía no lo ha detenido. Le dicen que porque falta un peritaje, pero ella sospecha que lo están protegiendo.

Termina de contarme su triste historia, le doy los pocos pesos que tengo para echarle la mano con el pasaje de regreso y ella entra en la presidencia para buscar al alcalde y pedirle su apoyo en el caso y para su transporte.

Yo me voy a la oficina y comienzo a investigar al policía asesino. Con su nombre completo, encuentro una nota donde ya había aparecido por supuestamente haberse disparado a sí mismo con una pistola.

Tras una búsqueda difícil en la nómina del Gobierno del Estado, pues la información referente a seguridad se reserva, conseguí encontrar los recibos de nómina del policía, el cual recibió sus cheques por la primera quincena de enero.

Me gana el coraje que siento por la situación de la viuda y escribo una nota donde la Fiscalía protege al asesino y utilizo los pagos que recibió como la prueba de que no están intentando detenerlo, sino que por el contrario, el policía está en activo patrullando las calles del estado.

En la noche hablo con mi contacto de Fiscalía y me asegura que ya está todo listo para aprehender y procesar al policía, que ya se tienen todas las pruebas y testimonios necesarios para consignarlo, pero que hubo instrucciones de arriba, desde Guadalajara, para que no se hiciera.



Pienso que la única forma de protegerme y presionar para que el caso se solucione es que el tema se conozca públicamente, especialmente en Guadalajara, así que le mando la información a todos mis contactos y amigos periodistas de confianza, a uno inclusive le pasé los teléfonos de la viuda y su cuñada para que las entrevistara. Muy pocos le replicaron la información y nadie le dio seguimiento por su parte, ni siquiera preguntaron a la Fiscalía.

Días después, una familiar del policía le llama al director editorial de mi periódico para decirle que el policía actuó en defensa propia, pues supuestamente el pastor lo tenía con un cuchillo en el cuello y por esa razón le disparó. El director le da su derecho de réplica y la otra versión de la historia se publica.




Cada dos o tres semanas me encuentro a la esposa del pastor en Lagos de Moreno, visitando a la Fiscalía para exigir que se avance en el caso, acudiendo a la presidencia para pedir asesoría legal y apoyo para el transporte, pidiendo apoyo al Instituto de Justicia Alternativa donde le dicen que no pueden hacer nada por ella, yendo a Derechos Humanos donde le dicen que no pueden investigar porque el policía estaba franco cuando cometió el asesinato.

Tiempo después vuelvo a buscar en la nómina a ver si el policía asesino continúa recibiendo la quincena. Me encuentro con que todos los nombres han sido borrados, ahora es imposible probarlo.

Ahora, cada que veo una patrulla de la Fuerza Única me pregunto si arriba se encontrará un asesino, fingiendo la tarea de cuidarnos a todos, al tiempo que es solapado por algún turbio funcionario de alto rango.


El terror desatado


El 2016 me recibió con un nuevo reto. Dejé la nota roja y con ella se fue el Tsuru y el incansable radio en su eterno escaneo. Tomé la nota local y con ella llegaron historias de contaminación, despojo, corrupción, nepotismo y otros temas conocidos en México que no tienen la atención directa de La Muerte. Pero el cambio a local no significó el fin de las crónicas policiacas.

El primer mes del año estaba por terminar y todo había pasado en una aparente calma; esa aparente calma que tiene instalada en el Pueblo Mágico desde hace al menos una década y que se ve interrumpida cada cierto tiempo con olas de terror.

Una de esas olas estaba por reventar cuando yo me encontraba en busca de una planta de tratamiento de agua.

Estaba un poquito perdido en la zona rural, al Noreste del Pueblo Mágico, sin encontrar la dichosa planta de tratamiento, así que me desvié del Camino a Comanja por el que iba, tomé una brecha y me bajé de mi camioneta (sin Tsuru, tuve que usar mi vehículo que en realidad es de mi novia) para preguntar en la primera granja que encontré.

Un amable señor me explica que me había yo pasado varios kilómetros, así que regreso a la camioneta. Estoy haciendo la maniobra para voltear mi camioneta por la estrecha brecha y regresar, cuando dos camionetas pick up toman el camino a toda velocidad.

No tardan en alcanzarme mientras yo torpemente sigo intentando girar 180 grados la camioneta, por lo que sin intención les bloqueo el paso.

- ¡Quítate, hijo de tu puta madre!... - comienzan los gritos desde las pick ups, así que meto el acelerador y me hago a un lado dejando apenas espacio para que las camionetas, de reciente modelo y repletas de cabrones, pasen y se internen por la brecha, dejando una columna de polvo levantándose a su paso.

Pienso brevemente algo sobre la prisa que todos llevan cuando podrían tomarse las cosas con calma y continúo mi búsqueda de la planta de tratamiento de agua nuevamente por el Camino a Comanja.

Varios minutos después se cruzan conmigo varias patrullas de la Fuerza Única con los códigos encendidos. Me recuerdo a mí mismo que ya no cubro la nota roja, así que sigo mi búsqueda.

Pero después pasan Policías Federales, luego Municipales, militares y Judiciales. Algo está pasando.

Le llamo al compañerito nuevo que llegó en mi lugar para cubrir la nota roja y le aviso que se ponga atento porque algo sucede por el Camino a Comanja, pero el Tsuru, rojo como sus notas, se le había descompuesto.

- Dice el jefe que vayas a investigar en lo que nosotros llegamos en su carro - me responde por el celular.

Resignado, guardo los papeles de las plantas de tratamiento de agua y sigo el rastro de las patrullas. A los pocos minutos las encuentro justo frente a la presa La Sauceda.



Me estaciono como a un kilómetro de distancia, para que no fueran a ubicar mi camioneta, y me acerco a pie.

Decenas de soldados y policías recorren un área bastante grande frente a un negocio de micheladas, todos los elementos con la vista en el suelo. Me fijo en las corporaciones presentes: no hay ambulancias, entonces no hay heridos, no hay Ciencias Forenses, así que no hay muertos. Tampoco se ven grúas, entonces no hay vehículos asegurados.

Uno de la Fuerza Única me impide acercarme más y no me da ningún dato sobre lo que pasa cuando me identifico como reportero. Me responde que ya hay un compañero mío en el lugar.

Miro para todos lados y veo el carro del reportero de la competencia estacionado junto a las patrullas, entonces le digo al policía que el que está ahí es la competencia y que si no me deja pasar me voy a meter en un problema.

Luego de consultar con sus jefes me permite el paso pero luego de avanzar un poco descubro que tenía razón: ya estaba mi compañero, no el nuevo sino el otro, el que me invitó el desayuno el día que mataron al Piter.

- Pareces nuevo - me digo a mí mismo, porque claro que él ya estaba en el lugar, tiene contactos que le avisan en tiempo real este tipo de situaciones.

Tomo un par de fotos y me largo del lugar sin preguntar nada, ya tengo suficientes problemas con encontrar la maldita planta de tratamiento como para ponerme a investigar qué demonios pasa en el lugar.

Horas después, en la oficina, mi nuevo compañerito me explica que llegó al lugar y el terreno enfrente del local de micheladas estaba cubierto de casquillos de balas de grueso calibre.

Lo extraño era que el negocio no mostraba huellas de haber recibido impactos, ni había rastros de sangre.

Le conté al jefe sobre las dos camionetas que me mentaron la madre cuando les cerré el paso accidentalmente en la brecha y concluyó que ellos eran los responsables dándose a la fuga.

Al otro día apareció la nota, refiriendo que se trató de una balacera.



En la mañana, mi único contacto de la Fiscalía me manda un mensaje diciendo que habíamos publicado puras mentiras.

Nos vemos y me asegura que la Fiscalía ni siquiera abrió una investigación sobre lo ocurrido porque no había heridos, muertos ni testigos que refirieran qué pasó en el lugar.

- Es una pantalla de humo, fueron disparos al aire, no hubo enfrentamiento -asegura. Al parecer los tiros eran un mensaje entre criminales y el periódico de alguna forma se prestó a hacerla de  mensajero.
- ¿Están calentando la plaza? - le pregunto y él no responde.

Pero en los días siguientes la respuesta a mi pregunta se hizo evidente: no estaban calentando la plaza, la estaban incendiando.


Cada día teníamos nuevos hechos de violencia. Cuando no aparecía un cuerpo dentro de la cajuela de un auto, asesinaban a un hombre afuera del único centro comercial del Pueblo Mágico o se registraba un enfrentamiento entre civiles armados o un intercambio de disparos que dejaba dos policías heridos, etcétera, etcétera. Incluso mataron a tres supuestos narcomenudistas en el lugar donde todo el mundo sabía que se distribuían drogas, con la colaboración de la vista gorda de las autoridades.

La situación se puso color de hormiga.

A los 27 días de comenzada la ola de violencia, ya teníamos contabilizados 22 muertos, lo que se publicó en portada.

Esa edición causó mucha polémica, pues mientras de principal se destacaba el nivel de violencia, como segunda nota estaba el Alcalde declarando que continuaría cantando sus canciones rancheras en público, un poco perdido respecto a sus prioridades.

Durante esos días de terror, publicamos reportajes sobre las zonas donde los criminales estaban asentados, en la zona rural, y los lugares en que habían desatado el terror en la zona urbana.





También hicimos un recuento de la violencia en el Pueblo Mágico, una situación nada nueva, sino añeja en historias de omisión de las autoridades o complicidad, en el peor de los casos.


Gracias a que yo ya cubría local, en la mayoría de las ocasiones sólo me tocó hacer los recuentos y gráficas, sin ir a cubrir directamente los sucesos, cosa que agradezco al jefe pues definitivamente uno se siente más seguro escribiendo detrás del escritorio que persiguiendo a los convoys de policías y militares en busca de fotos y datos.

Pero no pude salvarme de todas y me tocó salir a la calle de vuelta a la nota policíaca, de vuelta al Tsuru, rojo como mis notas.

El 18 de febrero, días después de mi cumpleaños, el jefe me pide que haga una nota sobre cómo la delincuencia estaba instaurada en la zona del Chipinque. Fuimos a recabar entrevistas a la comunidad el jefe, el nuevo compañerito y yo.

Afuera del kínder las madres nos responden, luego de lanzarse entre ellas miradas de complicidad que no sé cómo interpretar, que ahí todo está tranquilo, que ven en las noticias que hablan de que ahí hay delincuentes pero que ellas no ven nada. Lo mismo en las tienditas de la esquina.

El jefe dice que así no hay nota, que seguramente tienen miedo o son cómplices. Nos vamos retirando cuando en la carretera vemos una patrulla de la Fuerza Única detenida en una vulcanizadora, sin una llanta.

Nos detenemos a platicar con los elementos sobre la situación de inseguridad. Nos dicen que ellos son de Guadalajara, que los mandaron a reforzar la zona. Les obsequiamos unos periódicos y nos despedimos.

Vamos llegando a nuestro periódico cuando me llegan mensajes de que hay un enfrentamiento en la zona de Chipinque y Salsipuedes, justo de donde veníamos. Nos regresamos y ya hay movilización de federales, judiciales, militares y hasta de municipios vecinos.

Llegamos a una zona cercana a Salsipuedes, de donde ya no nos dejan avanzar más. En eso estamos cuando llegan militares y los propios de la Fuerza Única les impiden el paso. Tras discutir un momento, el comandante militar al frente del convoy ordena retirarse del lugar, bastante emputado.

Nosotros hicimos guardia por horas. Finalmente los policías se internaron por una brecha hacia un cerro y nosotros nos vamos detrás siguiendo el rastro. Llegamos cerca de la zona acordonada y nuevamente nos hacen esperar sin permitir sacar fotos. El reportero de la competencia llega acompañado de colegas de Milenio, Univisión y todos nos quedamos esperando.

Mientras el cielo comienza a oscurecer, nos van cayendo a través de redes sociales fotos filtradas donde se ven los cuerpos de los supuestos delincuentes "abatidos". Al principio se habla de dos, pero después ya son cuatro.

Siguen sin dejarnos pasar y el jefe me dice que crucemos a campo traviesa para rodear y llegar a una loma desde donde podríamos tomar fotos de la escena del enfrentamiento con el telefoto. Pero cuando empezamos a caminar nos interceptan los de Fuerza Única y nos impiden movernos, a pesar de que nos dirigíamos hacia la dirección contraria de la escena.

Cae la noche y con ella el frío del desierto y el cansancio de estar parado esperando. Nos damos por vencidos y nos retiramos del lugar con fotos de la movilización y las mismas fotos de los muertos que ya circulan en todos los medios, con lo que hacemos la nota principal del día siguiente.

El periódico compró la versión de los 4 delincuentes muertos en enfrentamiento, aunque tanto hermetismo y el que hubieran corrido a los militares provoca que el sospechosista que vive dentro de mí se despierte. Yo me inclino más por ejecuciones extrajudiciales, pero claro que no lo puedo probar.






















Pasan los días y siguen los enfrentamientos y ejecuciones en el Pueblo Trágico. No me vuelve a tocar salir a cubrir la nota roja hasta la siguiente semana, el 24 de febrero.

Estoy en la oficina cerca del mediodía y el jefe me pide que lo acompañe, junto al compañerito nuevo, hacia Comanja porque dicen que hubo un nuevo enfrentamiento.

Nos vamos en dos coches, el compañerito en el tsuru, rojo como nuestras notas, y el jefe y yo en el Platina guinda del patrón. Pero antes de la presa La Sauceda, a muchos kilómetros de distancia de Comanja, ya hay un retén militar que nos impide seguir. Sin embargo, a los minutos pasan otros civiles que dicen ser vecinos que van a Comanja y sí los dejan pasar... supongo que el retén se puso específicamente para que nosotros no nos acercáramos al lugar del enfrentamiento.

El jefe le dice al compañerito que se quede ahí haciendo guardia a ver si después lo dejan pasar y nosotros nos subimos al Platina para retirarnos.

Comanja de Corona es una comunidad histórica de Lagos de Moreno. Enclavada en la Sierra de Lobos, tiene origen en la minería y se le recuerda por ser ahí una de las zonas donde Pedro Moreno luchó por la independencia de México. Para llegar desde el Pueblo Mágico hay que atravesar varios kilómetros de un camino de terracería lleno de curvas por el que se hace más de media hora; sin embargo, hay una carretera pavimentada que lleva de Comanja a la ciudad de León, Guanajuato, en tan sólo 15 minutos.

Mi jefe decide que vayamos a León y de ahí a Comanja, a ver si por ese lado no hay retén. Pero antes de llegar a León, detecto un camino en google maps que no conocíamos y que parece llevar a Comanja desde la carretera a León.

Decidimos seguir el camino que pronto se convirtió en un estrechísimo paso, sumamente accidentado, a través de la Sierra de Lobos. Todo el camino me fui viendo hacia adelante con el telefoto, para ver a lo lejos si había retén o camionetas sospechosas, pero todo estaba en calma, nulo tráfico. Avanzábamos a paso lento, pero parecía que tendríamos buena suerte.





La señal de los celulares se pierde al subir a la sierra y las horas siguientes estuvimos incomunicados, sin saber qué pasaba con el compañerito ni él de nosotros.

Finalmente llegamos a Comanja de Corona y comenzamos a preguntar si la gente había escuchado algo. Los que consultamos sabían del enfrentamiento, pues el sonido de las ráfagas de armas largas se escuchó por todo el pueblo.

Seguimos las instrucciones de una señora que nos dijo que los disparos fueron rumbo a León y tomamos la carretera hacia la ciudad guanajuatense, pero a los pocos minutos vimos adelante un retén de la Fuerza Única, por lo que regresamos a Comanja seguros de que haber tomado el camino escarpado fue la mejor decisión.

Tras preguntar una y otra vez, por fin dimos con el lugar del enfrentamiento. Para entonces, habían pasado varias horas desde el tiroteo, por lo que ya no estaba ninguna autoridad y los vecinos comenzaban a salir de sus casas al ver que lo peor ya había pasado.

Frente a nosotros estaba una casa de campo de color naranja, cubierta de orificios causados por las balas. Yo comencé a tomar fotografías mientras el jefe platicaba con los señores encargados de cuidar la casa, para saber qué había sucedido.

Al parecer, se desató un tiroteo entre policías de la Fuerza Única y sujetos armados que bajaban de la sierra, por lo que comenzó una persecución que atravesó el pueblo de Comanja. Los civiles armados intentaban huir hacia León pero les cerraron el paso, y fueron siendo acorralados hasta que terminaron frente a la cerca que rodeaba la casa de campo anaranjada.

Comenzó el fuego cruzado y los señores que cuidan la casa se llevaron el susto de su vida. Sin saber qué pasaba corrieron hacia el cerro a esconderse y al pasar las horas y ver que ya los policías se habían retirado, regresaron para ver que la casa de sus patrones estaba toda agujereada y con los vidrios rotos. En ese momento fue que llegamos nosotros.

Terminé de tomar fotografías de todos los orificios de bala que vi en la casa, contando once, además de fotos de los vidrios rotos. Como el jefe sigue platicando con los testigos, comienzo a grabar video.

Finalmente agradecemos el apoyo y comenzamos el regreso, en esta ocasión por el camino ya conocido hacia el Pueblo Mágico que sólo toma media hora. Para cuando bajamos de la sierra, el retén ya no estaba y nuestro compañerito estaba desesperado por nuestra desaparición, que ya había reportado a los militares.

Llegamos a la oficina y cuando el jefe quiere ver las fotos me grita.

- ¡Carlos! ¡Te la bañaste! No hay ninguna foto.
- ¿Cómo no? -respondí seguro- tomé muchísimas.
- Pues sí pero están en blanco.

Todo el tiempo estuve disparando en modo manual sin revisar el preview de la cámara, sino sólo viendo a través de la mirilla, por lo que no me di cuenta que todas las fotos estaban quemadas. Eran sólo cuadros blancos con un poco de sombra.

La cara se me cae de vergüenza y lo único que se pudo rescatar de nuestra expedición fueron el par de videos que grabé después de la fallida sesión de fotografías.


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Al otro día apareció la nota, sin las fotos espectaculares que en mi imaginación tomé.



La jornada violenta se extendió poco más de un mes y cobró la vida de al menos 27 personas, según el recuento final que publiqué el 7 de marzo. Es una cifra histórica, pues sólo durante enero y febrero de 2016 se superó el número de muertes violentas que se registraron durante todo 2015, siendo 22.




La aparente tranquilidad regresó al Pueblo Mágico, como por arte de magia, pero quienes tienen años analizando el problema saben que sólo es una tregua y que la zona sigue siendo dominada por grupos de la delincuencia organizada que cada cierto tiempo entran en conflicto, dando inicio a una nueva ola de violencia.

Cuando la tregua y la aparente calma regresó, pude volver tranquilamente a escribir el reportaje de las plantas de tratamiento de agua que había dejado a medias.




La muerte chiquita


Pero el terror en el Pueblo Mágico es una sensación que está presente permanentemente. Las ejecuciones y balaceras llaman mucho la atención, pero hay delitos menos escandalosos pero igual de terribles que suceden con regularidad. Entre ellos, se encuentran los crímenes contra las mujeres y niñas.

Tuve que cubrir varios crímenes que parecía que cimbraban a los habitantes del Pueblo Trágico, pero en realidad terminaron siendo sólo un festín del chisme, y la supuesta indignación no pasó de comentarios superfluos en redes sociales. La injusticia de los crímenes no pudo despertar la conciencia de ciudadanos en manifestaciones serias y acciones contra la persistente violencia contra las mujeres. Una vez más, la doble moral del más puro y conservador estilo.

"El diablo se soltó", era la expresión coloquial de paramédicos, policías y reporteros para referirnos a días en que se presentaban sucesos tras otros, accidentes tras accidentes, el caos.

Ese sábado de finales de noviembre, no sólo el diablo, sino el infierno entero se soltó sobre el Pueblo Mágico.

Todavía no daban las 8:00 de la mañana y ya estaba yo cubriendo un choque entre un Sentra y un camión repartidor de Bimbo. No había lesionados y los daños eran mínimos, pero eso sólo era el principio. Ese día, que me tocó turno cumpleto, cubrí sucesos como el de una señora atropellada, entrevisté al padre de un templo al que se metieron a robar, recuperé información de cuerpos calcinados en fosas clandestinas, un chamaco que se cayó de cabeza de un techo y fue hospitalizado, una camioneta volcada en el "Triángulo de las Bermudas", un tráiler cargado de rines de autos que se volcó tirando todo en la carretera, otro de pollos congelados que se safó la caja y tiró la carga, un chamaco motociclista atropellado por un carro...

Pero todas esos reportes policiacos no eran nada frente a la que se llevó la nota principal.

Estaba yo cubriendo el primer accidente de una larga jornada que me esperaba, ese de la camioneta de Bimbo, cuando mi compañero me marcó al celular.

- Parece que hay un muertito -me advirtió, siendo su día de descanso.
- ¿Dónde?
- No sé, güey, investígale, pero hay algo.
- ¿Quién te avisó?
- No cabrón, pues si quieres yo te hago la nota, ponte a preguntar pero muévete.

Le pregunté a los oficiales de Tránsito que atendían el accidente y no sabían de algún muertito. Mi único contacto de la Fiscalía dijo que no tenía conocimiento de nada, así que di por loco a mi compañero y después del choque me fui a desayunar.

A las 9:00 hice la entrevista con el padre sobre los sujetos que ingresaron al hermoso Templo de La Luz para robarse las limosnas. Al terminar la entrevista iba circulando en el tsuru, rojísimo como mis notas de ese día, cuando en la dirección contraria vi pasar una camioneta de Ciencias Forenses.

Tras unos segundos de vacilación, di vuelta en "u" y me fui detrás de los forenses. Luego de seguirlos por varias cuadras se estacionaron en una esquina de la colonia San Miguel y al final de la calle vi el acordonamiento y al personal de la policía que distingue a cualquier escena de un crimen.

Me bajé con la cámara y antes de preguntar o hacer cualquier cosa me paré cerca de donde estaban trabajando ya otros forenses, de tal forma que una camioneta me tapara de la vista de los policías que resguardaban la escena y me puse a tomarles fotos.

Estaban revisando un conjunto de bolsas de basura que estaban en la esquina y entonces vi que un policía me estaba mirando y guardé la cámara y me alejé de ahí. Le di la vuelta a la manzana y por el lado contrario tomé otra foto cuando los forenses subían a la camioneta una bolsa negra.

Entonces los policías investigadores quitaron el acordonamiento y todos se retiraron del lugar. Me puse a preguntarle a los vecinos y curiosos que ya se habían acumulado en la zona y hablaban de que habían encontrado algo en la basura. Algunos decían que era el cuerpo de una niña descuartizada y lo tomé por mero chisme. Como ya tenía las fotos me fui del lugar y más tarde investigaría qué fue lo que pasó.

Continuaron los accidentes y lesionados uno tras otro, y en un momento que pasaba cerca del Centro me estacioné para preguntar en la Comisaría. Antes, me encontré con un policía buena onda que estaba de guardia vigilando el edificio.

- Buenos días jefe, oiga, ¿qué sabe usted del 69 (occiso)? -le pregunté y él saltó los ojos-, es que los vecinos me dicen una cosa muy macabra y quiero saber realmente qué pasó.
- ¿Qué te dijeron?
- Que era una niña descuartizada -respondí. Él guardó silencio un par de segundos, con la mirada perdida hacia el frente.
- De siete años -contestó finalmente.
- ¡Zas!
- Le cortaron la cabeza y la tiraron en la basura.

Después de todo, la historia macabra era cierta. El policía me dijo que los investigadores estaban en la comandancia llamando a todas las delegaciones municipales a ver si había reportes de alguna niña extraviada, pero hasta el momento no habían encontrado nada.

Conversamos respecto a lo terrible del caso, cómo el responsable podía hacer eso, qué culpa podía tener una niña para ser víctima de algo así. Agradecí y me despedí para continuar con la jornada llena de accidentes.

Más tarde regresé a la Comisaría para preguntar si habían conseguido identificar a la menor. Nada. No se sabía nada.

Llegó la hora de mandar las notas en la noche. Ante la falta de información sobre el caso, cerré la nota con un breve recuento de hechos violentos recientemente ocurridos relacionados con el crimen organizado.



Yo suponía que era una clase de venganza despiadada de algún narcotraficante que mandó asesinar a la hija de su enemigo. La realidad resultó ser peor.

Descansaba domingo y lunes, así que tras mandar mi abultada carga de notas rojas, me fui para Guadalajara a descansar física y mentalmente del puto infierno de jornada laboral que recién finalizaba.

El lunes por la mañana me escribió el jefe. Decía que revisara el periódico de ese día para que viera en qué terminó el asunto.



El tremendo caso del padre que asesinó a su pequeña hija y la arrojó a la basura en una maleta se volvió pronto en el gran escándalo del Pueblo Mágico. Todo mundo hablaba de ello.

El comisario de la Policía Municipal, Javier López Ruelas, convocó a los medios para aprovechar los reflectores y darse algo del crédito que no le correspondía, pues el culpable no fue encontrado ni detenido por la policía, sino por familiares y vecinos, quienes le dieron una golpiza antes de entregarlo a las autoridades. De pasada, violaba el derecho a la presunción de inocencia que garantiza el nuevo sistema penal acusatorio, en el que Lagos tenía apenas unos meses, al revelar su nombre completo y permitir que le tomaran fotografías. También acusó a los padres de la menor de ser unos drogadictos y aseguraba que el caso no quedaría impune, como si fuera algo de su competencia, pues la policía municipal es preventiva, no tiene vela en el entierro en la impartición de justicia.



El martes se publicaron notas sobre el velorio de la pequeña, donde la madre dijo que el padre no tenía perdón de dios, y mis compañeras de local entrevistaron a las compañeritas de la escuela y las maestras sobre cómo era la pequeña Xitlali en vida.





El miércoles, la historia continuó en el periódico, ahora con el entierro de la pequeña en el Panteón de la Soledad y sobre la prisión preventiva de un año dictada contra el padre de la niña.



Pero la menor no pudo descansar en paz. Ese miércoles, el Fiscal General del Estado, Eduardo Almaguer, salió a declarar ante medios como Mural. Dio información sobre el caso de la pequeña Xitlali, que ya había llamado la atención en la capital de Jalisco. A diferencia de los enfrentamientos y asesinatos cometidos por la delincuencia organizada, donde la Fiscalía prefiere callar y hacer como que no pasó nada, en el caso de la pequeña salió con toda la confianza a dar detalles, el problema es que dio datos falsos...



Cuando leímos la nota en internet, discutimos sobre si debíamos publicarla o no. Definitivamente sería una bomba, pues para entonces el caso ya era un escandalazo en boca de todos. Pero si la gente linchó al papá, al publicar la declaración irresponsable de Almaguer acusando a la familia de prostituir a la menor, ahora la linchada podía ser la madre.

De por sí mucha gente ya decía que la madre era la verdadera culpable y que ella debería estar en la cárcel también.

Llamé a mi único contacto de la Fiscalía y me aseguró que en la carpeta de investigación no había nada de información que indicara que la niña había sido prostituida, no sabía de dónde había sacado la información Almaguer, pero definitivamente no fue de la propia indagatoria de la fiscalía que encabeza.

Días después me mostró el peritaje elaborado al cuerpo de la niña por parte de Ciencias Forenses. No me permitió tomarle fotografía, pero sí pude leerlo, y el médico dejaba en el informe muy en claro que el cuerpo de la menor no mostraba desfloración vaginal, ni señales de actividad sexual por la vía anal. Tampoco dio positivo en la prueba del fosfato que se utiliza para detectar semen.

Pero el jefe no quiso quedarse así. Fuimos los dos a buscar a la madre a su casa. Estaba ya oscuro y el pasillo que daba entrada a la privadita donde estaba la casa de la madre lucía tétrico. Esperamos afuera a que llegara la madre y nos invitó a pasar adentro.

Nos sentamos en la Sala, donde tenían un pequeño altar con veladoras y fotos de la pequeña. El jefe encendió la grabadora y luego de preguntarle cómo seguía ella y la familia, entró al tema directo.



Le mostró una impresión de la nota de Mural y le preguntó si era verdad que la niña era prostituida. La madre lo negó y aseguró que jamás haría algo así. El jefe insistió y le pidió que dijera qué pasaría si en un futuro ella fuera apresada al igual que el padre de su hija por este delito. Contestó que si la detuvieran sería una injusticia, pues ella no hizo nada, si hubiera sabido lo que le iba a pasar a su hija nunca la hubiera dejado con su padre.

Yo no quise hacer más preguntas, el jefe apagó la grabadora y le aclaramos que no íbamos a publicar nada, que sólo era para tener su versión en caso de que a ella le pasara algo. Con el corazón apachurrado la abracé y le di un beso, mientras ella abrazaba a su hijo de dos años, el hermanito menor de Xitlali, por quien aseguró que iba a pelear para sacarlo adelante.

Antes de irnos, el jefe le advirtió que la gente de Laura Bozzo estaba buscándola para entrevistarla, pues ya le habían llamado a él al celular para pedirle información. El jefe, por supuesto, los mandó al carajo. Yo le recomendé que no les diera entrevista, pero que al final era su decisión. Nos despedimos y nos retiramos de la casa.

Ese jueves no apareció nada de información sobre el caso en nuestro periódico, pero las cosas cambiaron.

Los del talk show de Laura Bozzo consiguieron dar con la madre y se la llevaron al Distrito Federal para que apareciera en vivo en el programa, en cadena nacional, para hablar del caso de la hija. La madre narró lo mismo que en Lagos ya se sabía, sólo le agregaron el ingrediente diabólico, pues habló de que el padre de la niña hacía ritos satánicos.

Después de verla en televisión en la oficina y grabar su intervención con un celular, me dirigí al juzgado de control y juicio oral, pues en la tarde estaba programada una audiencia sobre el caso Xitlali sobre la ratificación de ingreso a domicilio.

Llegué al juzgado y me informaron que la audiencia se canceló, sin dar más detalles. Vi salir al subdirector de la Fiscalía más que emputado del lugar. Me fui a ver directamente al delegado de la fiscalía y me aclaró lo sucedido.

La audiencia era para que la madre ratificara ante un juez la autorización que dio de forma verbal a los agentes de la policía investigadora para ingresar a su casa, donde presuntamente el padre mató a Xitlali. Adentro localizaron cuchillos con los que supuestamente asesinó a su hija, además de algunas huellas de sangre y cosas incineradas, lo que suponían eran pruebas que quiso ocultar. Pero la madre no asistió a la audiencia para ir al programa de Laura.

Sin la ratificación de la madre, todas las pruebas que se recolectaron en la casa quedaban anuladas, y entonces no tendrían forma de relacionar al padre con el crimen, ¡Saldría libre!

La Fiscalía consiguió que la audiencia fuera aplazada y mandó traer a la madre o toda la investigación se les caería.



El sábado se cumplía una semana desde que el diablo se soltó en el Pueblo Mágico. Para "celebrarlo", el jefe decidió publicar la entrevista que le hicimos a la madre apenas el miércoles, donde la madre señalaba el estigma social que ya pesaba en su contra.




El lunes 30 de noviembre se realizó la audiencia de vinculación a proceso contra el padre de la menor, momento decisivo en el caso judicial.




Durante la audiencia pública no hubo muchas sorpresas. El papá de Xitlali se reservó su derecho a declarar. La Fiscalía presentó como pruebas los testimonios de la madre, familiares y vecinos que escucharon la confesión del padre, quien grito desde la azotea de su casa que ya había matado a su hija, con la intención de que no fuera una puta como su madre, habría dicho.

La juez determinó que sí había probabilidad de que padre hubiera cometido el asesinato y quedó oficialmente vinculado a un proceso judicial por el delito de parricidio, dándole 5 meses a la fiscalía para hacer la investigación complementaria y continuar el juicio.



Pero antes de terminar la audiencia, el abogado defensor del padre pidió a la juez que se investigara a los medios de comunicación que revelaron la identidad de su representado, violando su derecho a la presunción de inocencia.

La juez dijo que ella misma había visto la excesiva difusión que se le dio al caso en el periódico am, y ordenó al periódico que se retiraran de circulación todas las publicaciones donde apareciera el nombre o fotografía de la víctima y el acusado. También ordenó a la Fiscalía abrir una indagatoria al respecto.

Al otro día llegó al periódico la orden judicial que oficializó la orden de no difundir más los datos del caso.



Yo hice una nota de la orden judicial contra el periódico, pero como no la quisieron publicar, se la pasé a Proyecto Diez.

Personal de la Fiscalía comenzó a llamar al periódico para platicar con mis compañeras de local que habían escrito las notas de entrevistas con compañeras y maestras de Xitlali. Mi único contacto de la Fiscalía me enseñó después la carpeta de investigación que se abrió contra el periódico y que también incluía la indagatoria contra el comisario Javier López Ruelas por abuso de poder.

Me ofreció hacer un trato: él no se iría en contra de mí ni de mi periódico, si a cambio yo le hacía llegar una recopilación de notas del caso que hubieran salido en otros medios. Le dije que lo pensaría y me hice guaje. No supimos de avances en esa investigación y supongo que quedará congelada por siempre.

Cuando estaban por cumplirse los cinco meses de investigación complementaria, el jefe me pidió que buscara nuevamente a la madre, para darle seguimiento al caso antes de que se reanudaran las audiencias, que seguramente llegarán al primer juicio oral que se desarrolla en Lagos de Moreno.

Fui a la casa donde meses atrás entrevistamos a la madre, pero ya no vivía ahí, sino enfrente. Toqué en la casa que me indicaron y ya tampoco vivía ahí. Busqué a familiares y me dijeron cómo llegar a otra casa en la zona, pero ya tampoco vivía en esa. Me mandaron a otra casa a varias cuadras y ahí encontré a un cuñado.

Él me explicó que Carmelita se estuvo cambiando de casa porque no la dejaban vivir en paz. Al final decidió mejor irse de Lagos de Moreno para buscar una nueva vida en otra parte. No me quiso decir donde ni darme su teléfono para contactarla.

Justo en esos días se vencían los 5 meses de investigación complementaria y al buscar una postura de la Fiscalía me informaron que la indagatoria se aplazó un mes más, y ese fue el ángulo de la nota.



Comprendo a la madre de Xitlali ¿Quién podría vivir en este Pueblo Trágico si a donde vas eres señalado, murmuran a tus espaldas y antes que apoyo recibes acusaciones? Claro que buena parte de la culpa la tuvimos los propios medios que nos dimos grasa con la historia, no siempre de la mejor manera.

El asesinato de Xitlali fue uno de los casos tipo que analizó el grupo interdisciplinario que decretó la alerta de género en Jalisco, pero contradictoriamente eso no fue suficiente para que el Pueblo Mágico fuera incluido entre los municipios de alerta, a pesar de que la situación sí era considerada preocupante.



Pero la muerte de Xitlali no fue el único crimen despiadado contra mujeres que me tocó cubrir.

Apenas unas semanas después del escándalo por la muerte de la niña, el cuerpo desnudo de una jovencita fue encontrado dentro de una casa en construcción, muerta por estrangulación.

Ese día yo estaba de descanso, por lo que me enteré por la nota de mi compañero que se publicó en el periódico.



Al día siguiente, apareció una pequeña nota de seguimiento, luego de que el comisario López Ruelas hubiera dado a conocer que la difunta ya había sido identificada y supuestamente no era de Lagos de Moreno.




Pero la historia real era muy distinta. Yo estaba en la oficina por la noche, terminando mis notas, cuando sonó el teléfono y contesté.

- Buenas noches, llamo para decir que está mal la información de la nota, no es cierto que es de fuera, era una niña de 15 años de aquí de Lagos -dijo la voz de un hombre al teléfono.
- ¿Usted la conocía?
- Yo soy su tío y estamos muy indignados con lo que pasó, era una niña y la mataron como si fuera un animal.
- ¿Podemos vernos mañana para que me cuente lo que pasó? Le pido una disculpa, la información de que no era laguense nos la dio la propia policía.
- Pues no es cierto -aseguró. Me dio su teléfono y quedamos de vernos la mañana siguiente.

Acompañado por el jefe, llegamos a la humilde casa del tío de la víctima, en Cañada de Ricos. Con un nudo en la garganta, el tío nos fue contando lo sucedido. Que la pequeña se llamaba Fátima, tenía 15 años, no tenía papá y era la mayor de cinco hermanos, por lo que se encargaba de cuidarlos junto con otros tres primos que vivían en su casa.

Comenzó a llorar cuando nos contó que al sepelio de Fátima sólo fueron cinco personas. No entendía cómo la gente se mostró tan indignada por la muerte de Xitlali apenas unas semanas antes y a nadie le hubiera importado que Fátima hubiera sido asesinada tras haber sido violada. "Era una niña", decía una y otra vez.

Le pedimos que nos llevara con su hermana, con la madre de Fátima, así que nos dirigimos con él a la colonia San Miguel. Fátima vivía con su mamá, hermanos y primos en una casa de un segundo piso cerca del mirador de la Santa Cruz, donde se tenía una hermosa vista del Pueblo Trágico. Pero ese día sólo el gato, sentado en el umbral de la puerta, admiraba el paisaje.

Entramos en la casa y los chiquillos nos rodeaban. Jugaban y platicaban entre ellos sobre Fátima, tan pequeños parecían no comprender totalmente que la chica que los cuidaba y llevaba a la escuela no volvería a estar entre ellos nunca más.

La madre nos contó lo sucedido sin mirarnos. La vista la tenía perdida, clavada contra la pared de la sala.

Fátima quería ir a un concierto el fin de semana y ella, su madre, no le dejó ir. Al despertarse, se dio cuenta que su hija no estaba, por lo que supuso que desobediente se había ido con sus amigas. La madre trabaja en una tortillería y entra a las cinco de la madrugada, así que se fue a laborar.

Pero cuando regresó del trabajo por la tarde, sus hijitos le dijeron que Fátima no había vuelto. Le marcó al celular y no entró la llamada. Preocupada, se comunicó con familiares, sin que supieran decirle nada de su hija.

El lunes se ausentó de la tortillería para buscar a su pequeña. No la encontró por ningún lado y las amigas no sabían donde estaba. El martes fue al Bajío, una zona al norte de la ciudad donde años antes habían vivido, para ver si Fátima estaba con sus amigos o familiares de allá.

Un vuelco le dio al corazón cuando un compadre le mostró la portada del Al Día, periódico policiaco y sensacionalista hermano del a.m., nuestra propia versión del Metro de Grupo Reforma. Inmediatamente reconoció la ropa de su hija en la fotografía del crimen.

Entonces comenzó un terrible calvario para la familia. Con el periódico en mano, se dirigió a la SEMEFO, pero le dijeron que antes tenía que ir a la Fiscalía. En la Fiscalía la dieron por loca, porque según ellos ya había sido identificado el cuerpo como el de una tal Brenda, del municipio de Jamay. Ella les insistía desesperada que la ropa era la de su hija y que le permitieran verla. Regresó a SEMEFO y luego otra vez a la Fiscalía.

Tanto insistió que terminaron por enseñarle una foto de la víctima, nada más para que se convenciera de que no era su hija y dejara de molestar. La sorpresa fue para el personal de Fiscalía cuando la madre reconoció a su pequeña.

Pero el sufrimiento siguió con las dificultades para recibir el cuerpo, para conseguir dónde enterrarla, pues no tenían recursos y cuando nadie acudió al sepelio.

Terminamos la entrevista y la madre nos invita a pasar al cuarto de Fátima. Los chiquillos se adelantan corriendo y nos enseñan cartitas de amor que Fátima guardaba, los osos de peluche que le dio un ex novio, la cama donde les contaba cuentos. Era casi irreal el contraste entre la aflicción de la madre y el entusiasmo de los pequeñitos. Sólo el más grande de los hermanos parecía triste.

Abracé a la madre y sentí ese sentimiento extraño, de culpabilidad, como si yo solamente me hubiera aprovechado del sufrimiento y todavía hipócritamente agradecía. La situación me dolía, me indignaba, pero no podía sacarme el sentimiento de culpa.

El viernes apareció la nota que señalaba la verdadera identidad de la víctima y el calvario que la familia tuvo que padecer para recuperar el cuerpo de la pequeña.


 


El sábado sacamos la segunda parte, ahora con las voces también de las amigas de Fátima.



Durante esos días le dije al jefe en varias ocasiones que me parecía muy extraño que el propio albañil que encontró el cuerpo de la joven y lo reportó a la policía, fuera el detenido que estaba siendo acusado del asesinato ¿Quién en su sano juicio reporta a las autoridades el crimen que él mismo cometió? Me sonaba más a un chivo expiatorio. Así que el jefe me mandó a buscar a la familia del albañil.

Preguntando en tienditas y con vecinos finalmente llegamos a la casa del supuesto asesino, yo y mi compañero reportero. Por la ventana se asomó una joven que dijo ser la que hacía el aseo y que no podía decirnos nada ni había nadie en casa. Estábamos intentando sacarle información cuando llegó la señora de la casa, la madre del albañil, quien nos invitó a pasar para explicarnos lo sucedido y aclaró que la joven en realidad era su hija.

La madre nos aseguró que si la joven fue asesinada la noche del domingo, su hijo no pudo ser. Desde hacía muchos años el albañil era adicto a la marihuana y hacía mucho desmadre, por lo que ella terminó por cerrar por las noches con llave la puerta y no darle copia, para que no pudiera escaparse a hacer vagancias, explicó. Su hijo pasó toda la noche del domingo en casa, a ella le constaba, y se fue alrededor de las ocho de la mañana a la obra donde finalmente encontraría el cuerpo maniatado de la jovencita. Eso publicamos el domingo.



Pero en la audiencia, la juez determinó que el albañil sí tenía probabilidades de ser el culpable y le dio un año de prisión preventiva. El juicio continuaría seis meses después, luego de la investigación complementaria.

Meses después volví a visitar la casa donde vivió Fátima. Subí la escalera de metal rojo hasta la puerta y en el vestíbulo estaban todos los chiquillos, los cuatro hermanos de Fátima y los tres primos. Estaban solos y su mamá estaba trabajando; salía a las 5 de la tarde.

- Tú eres el del Provincia -me dijo una de las más pequeñas. Le dije que sí, no tenía caso explicarle que el Provincia era la competencia y que yo era del otro periódico. Pal caso es lo mismo.

Regresé por la tarde y encontré a la madre con la misma mirada perdida, terriblemente triste. Me dijo que sus hermanos le pidieron que entrara a trabajar para que se distrajera y sacara a los pequeños adelante. Los niños se quedan solos porque ya no está Fátima para cuidarlos.

Cuando hice la primera pregunta estúpida, del tipo "cómo se siente", me di cuenta de que no tenía nada qué hacer ahí. Sólo estaba haciendo que una madre recordara la peor experiencia de su vida. Le di un beso y un abrazo y me retiré del lugar.

Al final, tal como sucedió con el caso Xitlali, la gente se olvidó del caso. La violencia contra las mujeres continuó en el Pueblo Trágico y mientras la sociedad voltea para otro lado.

Por eso no es extraño que meses después, el cuerpo de una joven fuera localizado abandonado en una brecha, cubierto de quemaduras. Su cuerpo, luego de haber sufrido violencia física y sexual, fue arrojado en un cerro en la comunidad de Buenavista.



Una vez más tuvimos la difícil tarea de entrevistar a los familiares de la víctima. La joven, de nombre Josefina, era maestra de zumba, madre de tres pequeños y no tenía enemigos.

- Es un feminicidio -aseguraba la madre, doña Chepina.



Pero las autoridades no mostraron avances en la investigación y la sociedad no reaccionó ante el incremento en el número de feminicidios. Ocho días después del crimen, la familia terminaría por ponerse en manos de dios, resignada a que el responsable no sería encontrado.




Historias de un Pueblo Trágico-Mágico, donde las personas desaparecen, los delincuentes son escapistas y la sociedad está bajo un poderoso hechizo aletargador.