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sábado, 15 de mayo de 2010

El Jefe Diego, los medios y las oficinas de comunicación

Sábado, día de descanso. Sólo algunos poquitos trabajan. En las empresas de monitoreo de medios informativos se implementa una guardia, para que siempre esté alguien al pendiente. Uno no sabe cuándo puede explotar una bomba, sobre todo en un país donde las cárceles parecen hoteles, las carreteras son un retén y la SEMEFO tiene más trabajo que un medio de comunicación.

Hoy me tocó la guardia en Medialog (click aquí si no sabes lo que es Medialog). Luego de papearmela toda la mañana con noticias viejas (ayer es viejo) y cobertura de las ceremonias en honor a la docencia, escucho un ligero rumor, que poco a poco fue creciendo hasta abarcarlo todo... "dicen que secuestraron al Jefe Diego". El acabose.


Es imposible no recordar el avionazo de Mouriño y el suicidio de Carlos Briseño. El día de la muerte de Juan Camilo, primero se supo de un accidente aéreo, luego que el avión era de la SEGOB, hasta entonces no pasaba de ser una nota importante, hasta que se supo quiénes iban en el aeroplano: la oficina, de cabeza. En el otro caso, luego de confirmarse el "autoatentado" de Briseño Torres, se olvidó cualquier otra información.

Sin embargo, hoy era distinto: era sábado. Los periódicos y las agencias informativas tienen una forma lógica de funcionamiento. Un diario no puede decirle a sus periodistas que salgan a la calle a "buscar una noticia" y en la noche imprimir lo que le traen. En este mundo nada es simple, todo es complejo. Por tanto, la actividad periodística requiere un orden, una rutina que le asegure día tras día, minuto a minuto, tener la información que requiere para poder entregarla su público. Pero el sábado es día de descanso.

Si la información en estos casos suele fluir a cuentagotas, en el sexto día de la semana se pone peor. Los medios comenzaron a recurrir a fuentes que, o no tenían nada que ver, o eran informantes anónimos y por tanto sin mucha validez. Todos querían la declaración de Calderón, del Procurador, de Gómez Mont, pero mientras lo conseguían tenían que decir algo. En una estación de radio entrevistaban a Arturo Zamora, una televisora leía los rumores de Twitter y Facebook; en otro lado entrevistaban al ex gobernador de Aguascalientes Felipe González, mientras Zabludovsky repetía una y otra vez que una fuente confiable le confió que el cadáver fue encontrado en cierto lugar de Querétaro. Luego repetían la información que habían oído en otros medios, agradeciendo los escuetos comunicados que mandaba la Presidencia. Otros más, perdidos en la felicidad del fin de semana, no decían ni pío, o reaccionaban muy tarde, como Proceso, que hasta después de las tres de la tarde subió una mininota a su página de internet.

Y todo, TODO, lo querían saber las oficinas de comunicación de cuanta dependencia gubernamental se pudiera ocurrir. Medialog tiene a muchas secretarías del gobierno federal entre sus clientes, así que había que transcribir cada información nueva que saliera en los medios electrónicos (televisión y radio).

Pero el Estado Mayor Presidencial pedía transcripción del comunicado de la Presidencia; la PGR pedía la información sobre la declaración que había dado la procuraduría de Querétaro; y la Presidencia pedía todo de todos... tal parece que la comunicación entre las instituciones no existe en estos casos.

Pero afortunadamente, mi trabajo es a la antigüita: con horario establecido. Dieron las cuatro y se acabó. El EMP seguirá requiriendo información, mis patrones seguirán vueltos locos, los periodistas seguirán buscando a quién entrevistar o inventando datos de ser necesario. El Jefe Diego seguirá desaparecido, pero yo me voy... es sábado, sagrado día de reposo, la conclusión la conoceré el lunes.

jueves, 12 de noviembre de 2009

¿Misioneros radicales?

Estaba en la cocina esperando a que se calentaran los frijoles para hacerme unas suculetas sopitas y de reojo vi varias revistas en la mesa. Eran el Amiguito-Juandieguito, una llamada Familia Cristiana o algo así y otra, delgada, que mostraba en la portada a un campesino -ya entrado en años- cabizbajo. Esta última llamó mi atención. En letras grandes decía "La crisis del campo Mexicano", tema principal de ese número de la revista de los misioneros combonianos, Esquila Misional.

Comencé a hojearla y me llevé una grata sorpresa. Adentro encontré reportajes, datos y defensa de los campesinos que salen a las calles a manifestarse por las brutales condiciones a las que se enfrentan. En medio de los textos -como es obvio- incluyen cuestiones religiosas y utilizan pasajes de la biblia para justificar su rechazo al neoliberalismo, a la globalización si no trae consigo equidad, a la injusticia, al TLCAN, a la discriminación contra los pobres, los indígenas, las mujeres. Digamos que son algo así como una congregación de padrecitos radicales, sacerdotes de izquierda... ¡Hasta le tiran a los transgénicos!

Esto no es nuevo, el EZLN recibió muchísimo apoyo de parte de algunos sectores de la iglesia católica. Gavilán nos recordaba al ya popular Francisco Witack, quien se formó como sacerdote. Ciertamente no son la mayoría, pero es bueno toparse con curas que ven más allá de las limosnas y la construcción de nuevos santuarios fastuosos... cuando no cometiendo fechorías.

Pueden leer ese ejemplar dando click aquí. Y dándose una vuelta por el sitio seguro encontrarán algún otro artículo interesante sobre pobreza, marginación o claro, teología.

viernes, 13 de marzo de 2009

Sobre los corridos de Público

Los periodistas y nuestra democracia
Huizapol
Myriam Vidriales


Por los que se fueron,
y para los que se quedan

Leerlo por todos lados no es antídoto. Todos los días en los diarios del mundo leemos de periodistas que se quedan sin empleo y medios que cierran sus puertas. De la crisis económica sí, pero también de la crisis de identidad que persigue a los medios en todo el mundo. Esa es la parte de realidad de México y de Guadalajara. Traumática, nos mete de lleno a algo que parecía suceder en otro lado.

Hace ya tiempo que en México la televisión y la radio, con excepciones que no abarcan los diez dedos de la mano, dejaron de servir a la democracia (basta darse una vuelta de zapping a la hora de los noticieros para darse cuenta). La prensa escrita, y sus caminos aún experimentales por subirse en línea, son uno de los últimos espacios para la discusión y circulación de las ideas, para el análisis, para la denuncia, para la socialización y eventualmente, la movilización.

Que los medios comiencen a trabajar con el personal indispensable significa más declaraciones y menos preguntas. Más demagogia y menos cuestionamiento. Más zonas oscuras y menos manos capaces de iluminarlas. Los periodistas son los ojos del ciudadano ahí en donde el ciudadano no puede entrar. Menos periodistas en la calle son menos voces que pregunten en qué se gastan el dinero los políticos, porqué no hay medicinas en el Seguro Social, cómo se decide cuál calle pavimentar y cuál no. Es cierto, con el advenimiento de Internet y de las plataformas de socialización en línea, el periodismo vive una crisis de identidad, pero no es una crisis de sentido, porque hoy, el periodismo sirve para lo mismo que servía ayer: para que unos pocos, investiguen y hagan público lo que importa a muchos. Sirve para que lo que afecta a muchos y deciden unos pocos, no se negocie en lo oscurito y de espaldas a la sociedad. Sirve para que la voz de los que son muy pocos, o muy pobres, o muy algo, llegue al resto. Sirve porque su naturaleza es servir.

No es el fin del mundo, ciertamente: menos periodistas en los medios no significa que ya no habrá noticias. Las notas de portada sufrirán pocos cambios, especialmente en estos tiempos de decapitados y bolsas caídas. Pero cada vez que un periodista deja un medio, se pierde la oportunidad de leer noticias sobre nuestros barrios, nuestras escuelas, nuestros descalabros diarios, los temas que afectan nuestra salud. Cada vez que un periodista deja un medio, los ciudadanos perdemos un poco de voz. En un país que arde por los cuatro costados, en un país en donde los procesos electorales son cada vez menos confiables, en un país como el nuestro, en donde la oscuridad avanza a pasos agigantados, los periodistas son los cómplices indispensables de nuestra democracia. Los periodistas que se van se quedan sin trabajo. Nosotros nos quedamos sin información. Los que se quedan, se quedan con la enorme carga a cuestas: estar a la altura, dar la batalla por el lector, no cejar. ¿Cómo acompañarlos? Esa, señoras y señores, es la pregunta...
mvidriales@gmail.com

jueves, 6 de noviembre de 2008

La comunicación en crisis, el tema especifico de la muerte de Muriño

José Carreño Carlón
Agenda del debate
06 de noviembre de 2008
Un control de daños… fuera de control

En juego, la capacidad del Estado para cuidar a los suyos
Urge enviar mensajes claros con nuevos nombramientos

En cuanto se estableció la identidad de los altos funcionarios que murieron en la tragedia de las Lomas, resultó prácticamente imposible encontrar una voz del público dispuesta sin más a aceptar la versión de un accidente.

Lo que hay que comprender en este tipo de reacción es la necesidad humana inicial de encontrar explicaciones inmediatas a los sucesos significativos, en busca de la seguridad perdida —o de la estabilidad afectada— por hechos traumáticos como los del anochecer del martes.

Enseguida es necesario prever la forma en que una comunidad —en este caso la mexicana— procesa los mensajes que recibe, de acuerdo a sus experiencias, creencias y valores, así como a sus actitudes frente a los emisores de los mensajes.

Y ya se sabe que el público mexicano ha acumulado experiencias, ha afirmado creencias y valores y ha desarrollado actitudes que lo conducen a no tener mayores expectativas de puntualidad, transparencia o poder de convicción de las versiones oficiales ante magnicidios y muertes de personajes relevantes. Y allí gravita en el imaginario colectivo la calaca del fiscal Chapa Bezanilla.

Finalmente, están los efectos acumulados de una comunicación gubernamental y una cobertura de medios que sitúan al público mexicano en el centro de una guerra a muerte entre el gobierno y las bandas del crimen organizado.

Verosimilitud

En estas condiciones, no debería extrañar que la primera reacción de ese público sea asociar el hecho trágico del martes con la capacidad de fuego del bando enemigo, una vez que cayó —en plena capital de la República, a unos pasos de la residencia presidencial de Los Pinos— el avión en que viajaban dos mandos superiores en la conducción de esa guerra, el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, y el artífice de las estrategias y las instituciones para la lucha contra el crimen organizado, José Luis Santiago Vasconcelos.

Se trata además de un enemigo cuyos efectivos han desfilado día a día por los medios con armamento superior al de las fuerzas gubernamentales y con un aparato de inteligencia y un poder de infiltración al gobierno. Y eso no hace sino otorgarle verosimilitud y poder de convicción a la hipótesis de un sabotaje, con independencia de que llegue a comprobarse.

Ante este complejo de percepciones públicas resulta riesgoso emprender acciones rutinarias de control de daños. Porque los daños permanecerán fuera de control si no se manejan las claves con que se descifran esas acciones por parte de la sociedad.

Por ejemplo, la noche de la tragedia fue meritorio el esfuerzo del portavoz emergente del gobierno federal —el secretario de Comunicaciones— para llenar el vacío de información y tratar de contrarrestar la eficacia informativa del jefe de Gobierno del Distrito Federal.

Lo que está en juego

Pero su insistencia en que no hay indicios para manejar más versión que la del accidente, completada con sus pruebas de que no hubo ninguna irregularidad en el vuelo, sólo pueden activar las suspicacias sobre el origen de la tragedia y el rechazo de un público basado en sus arraigadas creencias. Esto conspira además contra el acierto de anunciar que peritos internacionales —una probada fuente de credibilidad— dictaminarán finalmente las causas de la tragedia.

Lo que está en juego aquí no es sólo una comprobación ministerial, sino la percepción del público sobre la capacidad del Estado para cuidar siquiera a sus propias cúpulas, una vez que en diversas regiones se ha establecido la percepción de incapacidad de éste para garantizar la seguridad de los particulares frente a los criminales.

Y está en juego el siguiente paso, la urgencia del Presidente de enviar los mensajes adecuados con el nombramiento del nuevo secretario de Gobernación. Uno será el mensaje si remarca la prioridad de la guerra contra el crimen. Y otro si la prioridad es preservar los restos del grupo cerrado con la pretensión de controlar su sucesión.

Fuente: El Universal