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jueves, 24 de marzo de 2011

Pactan 715 medios la cobertura de violencia

Milenio-Política

Con la responsabilidad de actuar con profesionalismo ante la ola de violencia sin precedente que se vive en México, 715 medios de comunicación firmarán hoy el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia.

Este compromiso, que fue saludado ayer por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Derechos Humanos, es parte de la responsabilidad de estos medios para “actuar con profesionalismo” y apegarse fielmente a los hechos.

“Uno de los retos centrales que tenemos los medios en este tipo de coberturas es cómo consignar hechos con valor periodístico y a la vez limitar los efectos estrictamente propagandísticos de los mismos”, para impedir que los presuntos delincuentes se conviertan en “víctimas o héroes públicos”, se señala en el documento.

Además de los más de 700 medios de comunicación, participan organismos empresariales, universidades, organizaciones de la sociedad civil, deportistas, actores y serán testigos: la directora del Politécnico, Yoloxóchitl Bustamante; el rector de la UNAM, José Narro Robles; el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Raúl Plascencia; el presidente del Consejo Rector de Transparencia Mexicana, Federico Reyes Heroles, y el director general de Cinépolis, Alejandro Ramírez Magaña.

(Dar click a la imagen para ampliar)

Se busca sumar a más medios de comunicación, sobre todo los que trabajan en las zonas de mayor conflicto, para que todos cuenten con mecanismos que les impidan convertirse en “instrumentos involuntarios de la propaganda del crimen organizado”.

Fuente: http://impreso.milenio.com/node/8932005

martes, 7 de diciembre de 2010

Con el miedo en el aire y las calles.

Aranza llora frente al espejo del baño de la pastelería Paullette en la que trabaja, sus manos tiemblan y su corazón late a un ritmo poco usual para su pulso cardiac; respira profundamente tratando de asimilar los hechos que sucedieron se mira en el espejo, se limpia las lágrimas que le corrieron el rímel de las pestañas a través de los pómulos hasta su barbilla, se retoca el maquillaje y sale con la fuerza que saca desde sus entrañas mostrando una fortaleza que solo se explica de su debilidad recubierta en pesadas capas de orgullo.

El hombre con sombrero blanco y lentes oscuros tenía el pastel coronado de fresas en la mano derecha sosteniendo su saco con la mano izquierda en la cintura, escena intimidatoria para cualquier ser que ame su vida, Aranza dio unos pasos hacia el refrigerador que contiene chocolates y trufas y le dijo que pagara los 250 pesos sino no saldría del lugar; su estatura le llegaba a la cintura a aquel ser robusto y las 2 mujeres la miraban con desdén, Carlos, el novio de Iris que había ido por ella para llevarla a casa se acercó con voz débil a repetirle que no se podía vender a esas horas, que se fueran; él hizo un movimiento rápido, la sangre de Aranza se congeló por un instante, sacó una cartera repleta de billetes y le estiró 3 billetes de 100 salieron los 3 personajes por la puerta dejando un aroma a perfume Chanel y miedo, la enorme camioneta arrancó por avenida Naciones Unidas.

Al ver la cacha dorada de la pistola que salía del pantalón del hombre quien la mostraba con su mano izquierda el terror invadió el cuerpo de Iris, la compañera de turno de Aranza y nueva en el empleo, era su segundo día de trabajo en la pastelería. Iris esperaba en cualquier momento que sonara un disparo y eso se convirtiera en un infierno. Aranza con altivez y mirando fijamente a los lentes en una búsqueda infructuosa de los ojos al que ya había identificado como un hombre dedicado al narcotráfico, lo que se llama un buchón, ostentoso en sus maneras de andar, el que quiere ser visto para causar miedo; le dijo con la única voz que le podía salir en el momento, la de la valentía.

- Tú no te vas a llevar nada
- Yo me llevo lo que se me pegue la pinche gana y si quiero compro todo el local
- Pues podrás tener todo el dinero que quieras pero no te llevarás de aquí nada porque ya cerramos, qué no entiendes.

El hombre se acercó rápidamente a un refrigerador y sacó violentamente un pastel de chocolate y fresa, justo el que quería una de sus acompañantes. Aranza sin pensar retractó un poco sobre sus palabras olvidándose que todo había comenzado por no poderles vender pero esa gente está dispuesta a todo, que se llevaran el pastel era lo menos a lo que podrían atreverse, el poder de la cacha dorada estaba de su parte.

- Son 250 pesos
- ¡Ah, y todavía me lo vas a cobrar!
- Aquí las cosas no se dan de a gratis… – Y se le iba a salir un “cabrón” de sus labios pero se contuvo.

Cuando las 2 mujeres con sus largas uñas postizas comenzaron a rasgar desesperadamente la barra de cristal desde la que atienden para las ventas un hombre entró por la puerta preguntando a ambas qué sucedía y por qué no se iban ya a la camioneta.

- Es que esta no nos quiere vender pasteles
- Querida, ya te dije que está cerrado, ya hicimos corte de caja no te puedo vender – le dijo Aranza con su voz más amable pero ya un poco alterada por la irrupción de aquel hombre moreno de casi 2 metros de alto.
- Ah, esto lo arreglamos ahorita, ¿cuánto quieres por el pastel?

Son las 9:30 de la noche, hace media hora que Aranza colocó el letrero de “cerrado” en la puerta de vidrio templado de la pastelería en que trabaja como gerente y se dispone a hacer las cuentas del día, una camioneta se estaciona con gran estruendo a las afueras del local ubicado en una de las zonas de mayor poder adquisitivo de la Zona Metropolitana de Guadalajara. 2 mujeres entran hablando con tono que indica su procedencia norteña, tal vez de Sinaloa pues es muy marcado su acento, la gerente se sorprende que irrumpan de esa manera y que usen vestidos tan cortos con el temporal de frío que hace en esa parte de la ciudad. Una de ellas que usa anillos con diamantes y una gran cadena de oro blanco mientras taconea le dice a la persona que ve al otro lado de la barra.
- ¿Tienes de esos pasteles con fresitas?
- Sí, sí tengo pero ya no te puedo vender, ya está cerrado.
- Ah, ok, entonces me das uno.
- Qué parte de “está cerrado” no entendiste.
Y así comenzaron los 10 minutos más largos en la vida de Aranza, 2 buchonas, mujeres que viven por el narco, el dinero y las joyas frente a ella, un hombre arriba de una camioneta blindada afuera de su pastelería y su carácter orgulloso que no le permite ceder ante nadie, sabe que algún día la van a matar pues en este país pareciera ser que no hay de otra pero espera que no sea precisamente hoy.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Proceso, Televisa y el Narcotráfico

El pasado miércoles primero de diciembre, día en que cumplió 4 años Felipe Calderón en la Presidencia, Televisa sacó una nota donde el narcotraficante Sergio Villarreal Barragán, "El Grande", dice haber entregado 50 mil dólares al reportero Ricardo Ravelo, de la revista Proceso, a cambio de que dejara de hablar sobre él en sus reportajes.



Luego del Noticiero de Joaquín López Dóriga, los comentaristas de Tercer Grado despotricaron, como saben hacerlo, contra la revista. Incluso lo hizo Carlos Marín, quien fue fundador de la publicación y la abandonó en 1999 luego de que Julio Scherer decidiera dejar la dirección y ponerla en manos de Rafael Rodríguez Castañeda y no en las suyas.

La revista asegura que la información es falsa y todo es un golpeteo, un montaje de Televisa y el gobierno de Felipe Calderón.

Un dato que corrobora esta postura es que "El Grande" declaró ante la PGR, como la misma nota lo dice, el 4 de noviembre, pero la portada a la que hace alusión, donde su fotografía aparece, corresponde a la edición del 21 de noviembre.


¿Por qué habría de hacer este ataque el Gobierno y Televisa? La revista Proceso es una insistente crítica de la gestión de Calderón, como lo ha hecho con las figuras del poder desde su fundación en 1976. De igual forma, continuamente se denuncian las irregularidades en las que está inmersa Televisa, principalemente a través de Jenaro Villamil. Pero la gota que derramó el vaso fuero dos reportajes, al parecer. El de la portada que aparece arriba, titulado El Grande, testigo estelar, donde el delincuente asegura haber conocido al Presidente en 2006 en una fiesta, y cuando lo saludó le dijo: “Cualquier cosa que se le ofrezca, quedo a sus órdenes”, a lo que Calderón contestó: “Igualmente”.

La otra nota comprometedora es el adelanto del libro Los señores del narco, de la periodista de Reporte Índigo Anabel Harnández, donde hace referencia a las negociaciones que habría establecido el gobierno de Felipe Calderón con narcotraficantes como el Chapo Guzmán, a través de un ex general del ejercito (cuyo nombre omite pero que desde hace tiempo se sabe por investigaciones de la autora y otros periodistas que es Mario Alberto Acosta Chaparro) por órdenes del fallecido Secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño.

Y en cuanto al monopolio de Emilio Azcáraga, como dice el comunicado de Proceso: "No es la primera vez que Televisa orquesta campañas contra empresas, personajes políticos e inclusive otros medios de comunicación que afectan sus intereses. Tampoco es la primera vez que Televisa se presta como instrumento del gobierno federal para golpear a medios de información críticos". Sólo cabe recordar el ataque a Reforma y el último audioescándalo, por mencionar los más recientes que documentó la revista.

El narcotraficante dice en el video: "si usted ve los archivos de Proceso va a ver que de perdida cada 15 días salía gracias a Ravelo". Seguí su recomendación. De acuerdo a la hemeroteca, Ricardo Ravelo mencionó por primera vez su nombre el 9 de septiembre del 2007 (edición 1610). Cuatro revistas después, el 7 de noviembre, lo menciona nuevamente y es en este reportaje donde el reportero menciona por primera vez la fiesta donde habrían presentado al narcotraficante con Felipe Calderón. Para el año 2008 fue mencionado sólo en dos reportajes (en la edición 1633 y 1674) y para el 2009 aparece su nombre en ocho reportajes (1 2 3 4 5 6 7 8); el incremento se debe sobretodo a los vínculos que se descubrieron tenía con Mariano Herrán Salvatti, ex "zar" antidrogas con Ernesto Zedillo, y a la muerte de su jefe, Arturo Beltrán Leyva, cuya imagen donde aparece muerto y con los pantalones abajo resultó un escándalo que llegó hasta la prensa internacional. En el presente año, sólo aparece dos veces y son las dos ediciones más recientes, la del 21 de noviembre, donde el reportero habla de la declaración del narcotraficante después de haber sido detenido, en la que reconoce haber conocido a Calderón (en la nota de Televisa lo niega), y la del 28 de noviembre, donde se mencionan los errores del programa de testigos protegidos de la PGR, del que forma parte el narcotraficante Sergio Villarreal con el nombre clave Mateo, de acuerdo al reportero.

Si las declaraciones del delincuente fueran ciertas (y asumiendo que tiene capacidad adivinatoria y por ello sabía que 17 días después de declarar habría de aparecer en portada), Ricardo Ravelo omitió la información de su persona del 27 de diciembre de de 2009 al 21 de noviembre del 2010 a cambio de la suma de 50 millones de dólares. Cabe mencionar que en ese periodo de tiempo, aparecen dos reportajes más sobre el capo realizados por Ricardo Ravelo, pero que no fueron incluidos en la revista impresa, sino sólo en la página de internet de Proceso. Además, sobre "El Grande" no sólo escribió Ricardo Ravelo, sino muchos de sus compañeros; solamente durante el periodo de supuesto silencio, escribieron al respecto ocho distintos reportajes los periodistas Ezequiel Flores Contreras, Jesusa Cervantes, Esteban David Rodríguez, Gloria Leticia Díaz y Arturo Rodríguez, éste último demandado por el senador panista Guillermo Anaya, por uno de los reportajes donde se señala que fue en el bautismo de su hijo donde Felipe Calderón conoció al narcotraficante.







El domingo 5, a la una de la tarde, presentarán Rafael Rodríguez Castañeda y Jorge Carrasco Araizaga el libro Los Generales. La militarización del país en el sexenio de Felipe Calderón, en el marco de la FIL, en la sala B del área internacional. Es una buena oportunidad de escuchar los planteamientos de Proceso ante este último ataque en su contra.

martes, 19 de octubre de 2010

La Guerra de los Insultos

La guerra de los insultos
Javier Sicilia

Para Tomás Calvillo

MÉXICO, D.F., 18 de octubre.- Para las lenguas antiguas –pienso en el sánscrito, en el hebreo o en el griego–, las palabras son sagradas. No sólo nombran las cosas, sino que hacen que las cosas sean, es decir, poseen un dinamismo y una fuerza vital que permite que su contenido se realice. Sólo existe lo que se nombra. La rosa, por ejemplo, sólo aparece en el mundo porque pronunciamos su nombre, porque le damos con él una existencia activa y un contenido. De lo contrario sólo sería algo sin significado, una realidad incognoscible, sumida en la oscura pasividad de su ser.

A pesar de que esa percepción ha desaparecido de nuestros conceptos lingüísticos, las palabras siguen teniendo ese peso. Ellas –lo sabemos aún los poetas y algunos filósofos y psicoanalistas– pueden liberar de la oscuridad y del laberinto interior el sentido, pueden poner fin a la soledad, establecer una unión de amor y cambiar el rumbo de una vida. Pueden también hacer lo contrario: humillar, destruir la vida de alguien y desatar una guerra. Las palabras, cosidas al pensamiento y al ser, se desprenden de la persona que las pronuncia para asumir una existencia independiente.

El libro de los Proverbios lo dice con el delicado sabor de la sentencia: “La vida y la muerte está en poder de la lengua, del uso que de ella haga tal será el fruto”. Con no menos delicadeza, Platón lo repite en otro contexto y otra cultura: “Entiéndelo bien, mi querido Critón, la incorrección en la lengua no es sólo una falta contra la lengua misma, hace también mal a las almas”.

Por desgracia, esta realidad de la lengua que ya no se enseña, ha llegado en México a grados de perversión tales que se ha convertido en una especie de babel a través de la cual no sólo puede decirse cualquier cosa sin responsabilidad alguna, sino que en el espacio público se ha degradado, como si no sucediera nada, al insulto, a la difamación, a la amenaza y a la banalidad.

El uso irresponsable de la lengua en nuestros políticos y en los medios de comunicación, está destruyendo la pequeña franja política que, en medio de la guerra y del Estado fallido en el que nos encontramos, aún nos queda.

Desde que Calderón, y quienes estaban decididos a destruir el ascenso político de López Obrador, tomaron la determinación de difundir por todos los medios a su alcance que era “un peligro para México”, la consecuencia fue, primero, la fracturación de la ciudadanía entre los que aceptaron creerlo y los que, con justicia, negándose a creerlo lo defendieron; después, la guerra contra el crimen organizado, el hundimiento del Estado y la violencia en la que estamos inmersos. Unas simples palabras de desprecio y de odio hicieron posible que el desprecio y el odio se instalaran en el país.

Hoy, cuando Felipe Calderón vuelve a decirlo, está empujando lo que queda de la vida política del país al terreno de una violencia sin retorno. Lo mismo puede decirse que hace López Obrador cuando continúa llamando a Calderón “espurio” y “pelele” o cuando el lenguaje del insulto entre diputados, senadores, comunicadores y prelados recorre el espacio público. Decir hoy que López Obrador es “un peligro” para el país y que sus seguidores son una “feligresía del odio”; gritar que Calderón es un “pelele”, vociferar “que el Estado laico es una jalada” es darle carta de ciudadanía a la violencia y al caos, es permitir que el lenguaje de la criminalidad y de la negación de lo humano se instale para siempre en la mesa de la política y de la vida pública, es aceptar que sólo podemos dirimir nuestra existencia como ciudadanos a través de esa palabra con la que el español de México define su barbarie: los chingadazos, es destruir en la conciencia de la ciudadanía lo poco que queda de dignidad en las figuras que la representan y cuya presencia debe ser la propuesta, el debate y la controversia, es decir, el diálogo y la presencia de la palabra como contenedora de sentido y de bien, de crítica y de verdad. Insultar, lejos de humanizarnos y de rehacer la realidad, la oscurecen, destruye el sentido, “daña –como señalaba Platón– las almas” y, trae, como lo muestra el libro de los Proverbios y la realidad en la que vivimos, frutos de muerte.

Quienes aún amamos este país, quienes aún tenemos un sentido del peso de las palabras, no podemos permitirlo. No se trata de hablar con un lenguaje light ni de utilizar la hipocresía del eufemismo –tan en boga en lo que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto” de las democracias–, sino de negarse al insulto para, dados los problemas que nos rodean, entrar en el debate de contenidos, un debate duro, pero inteligente, crítico y a la vez propositivo. Si aceptamos que nuestros políticos continúen utilizando el lenguaje de la violencia y la descalificación, y nos contaminamos de él no contribuiremos en nada a los contenidos de verdad y de sentido que perdimos y que nos tienen en la irritación. En tiempos de violencia no necesitamos palabras nuevas, sino una relación grave y respetuosa con la lengua, es decir, recordar que las palabras pesan y se concretan en lo real, que del uso que de ellas hacemos tal es el fruto, y que únicamente el corazón dicta los verdaderos sentidos con el respeto y la firmeza que el amor produce, esos sentidos que pueden devolverle al país su voz profunda.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO y hacerle juicio político a Ulises Ruiz.

viernes, 2 de julio de 2010

O tú o ninguna

Día nublado, mal augurio.

Odio las despedidas. Quizás ella lo sabía y prefirió que nuestra última vez juntos terminara en una caricia, en una puerta que se cierra y nunca más se vuelve a abrir, y no con ojos de coraje, rabietas, gritos y llanto. Ahora nadie me ve, ya puedo chillar. No quiero chillar, mejor me pongo a escribir.

Sólo estuvimos juntos por dos años, desde el 15 de mayo del 2008. Mis planes iban más allá de hoy, mucho más. Ella de 35 y yo de 23, supuse que aún nos quedaba una larga vereda.

Una persona sensata no debe encariñarse con los objetos. Yo me encariñé con ella desde antes de tocarla, de pisarla, de sentirla. Quizás por eso nunca la consideré un objeto. Desde esa primera fotografía que nos tomamos, desde que me apoyé en ella y sonreímos a la cámara, la sentí parte de mí.

La Combi. Nunca le puse nombre, no era necesario. No una combi o mi combi, era La Combi.

Soy muy cursi... alguna vez pensé que La Combi debía ser como mi corazón. Grande, con las puertas bien abiertas para que entraran muchos, todos, cuantos quepan, apretados, en el suelo, en las piernas, de cabeza, donde sea, con tal de ir juntos. ¿A dónde vamos? A donde sea...

A muchos les tocó empujarla, irse caminando porque no quiso prender, por que se le acabó la batería, porque se le rompió la galleta. Muchos se rieron cuando la puerta rodaba por los suelos, cuando el volante se salía a medio camino, cuando intentábamos rebasar y nos echábamos para atrás porque a los 100 Km/hr parecía que iba a explotar, cuando se chamuscó por dentro y casi me mata.

Una tarde lluviosa Bo se puso muy mal. Tenía que llevarlo al hospital, pero a La Combi se le fregó el alternador un par de días antes. Me arriesgué a quedarnos parados en medio de la lluvia; cualquier riesgo era mejor a ver a mi abuelo sufrir y no hacer nada. Nos fue bien, no falló ni tantito. Esa tarde, cuando Bo se puso mejor tras regresar del hospital, fue la última vez que lo vi sonreir. En la parte de atrás se quedó el banquito que fue de su combi.

Conoció a todos los que quiero, y ella también los quiso, los aceptó sin dudarlo, los protegió y mimó. Se fue, en su repleta guantera, la colección de casettes caseros grabados con rock en español más grande que haya existido jamás.

Pero se quedan las noches oscuras. Se queda la carretera zigzagueante que baja al Faro, con los tacubos tocando "No me comprendes". Se quedan las calles del Cerro de las Ranas. Las caguamas destapadas. Las rondas escolares en las madrugadas. Los Circos Calles. Las mañanas del Negrito. Las mudanzas a Ajijic. Las voces emergentes de Mezcala. Los Tlajomulcos con sus aguas hirvientes de Cosalá. La Huerta en camión, porque el viaje irremediablemente era sólo de dos. Los cactus y nopales espinosos. Los Montones de Guajes...

Con ella se llevaron los planes de recorridos, las salidas truncas, las fiestas cebas, las tortas ahogadas para pasar el rato mientras Jacho la reparaba, los choquecitos, rayoncitos, SICARIO's, machucadas y toques.

Al final, todo valió la pena. De eso se tratan las relaciones, ¿no?, de voltear para atrás y poder sonreir.

No se si sea la delincuencia, no sé si una suerte de karma por lo que contaminaba. No sé por qué se la llevaron, no sé quién, no sé si vuelva. Pero sé que no volveré a tener otra.

O tú o ninguna.

sábado, 3 de abril de 2010

"Si me atrapan o me matan... nada cambia" Entrevista con el mayo Zambada

"Si me atrapan o me matan... nada cambia"
Julio Scherer García

Una expresión de Julio Scherer García ha quedado grabada con hierro candente, entre muchas otras, en quienes colaboramos con él. “Si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos…”. En el mayor de los sigilos, bajo la exigencia de reserva absoluta que él respetó y respeta, el fundador de Proceso fue convocado a encontrarse con Ismael El Mayo Zambada. “Tenía interés en conocerlo”, le dijo el capo del cártel de Sinaloa, colega y compadre de El Chapo Guzmán. En el encuentro, que terminó en puntos suspensivos, El Mayo Zambada dejó un reto: “Me pueden agarrar en cualquier momento… o nunca”.

Un día de febrero recibí en Proceso un mensaje que ofrecía datos claros acerca de su veracidad. Anunciaba que Ismael Zambada deseaba conversar conmigo.

La nota daba cuenta del sitio, la hora y el día en que una persona me conduciría al refugio del capo. No agregaba una palabra.

A partir de ese día ya no me soltó el desasosiego. Sin embargo, en momento alguno pensé en un atentado contra mi persona. Me sé vulnerable y así he vivido. No tengo chofer, rechazo la protección y generalmente viajo solo, la suerte siempre de mi lado.

La persistente inquietud tenía que ver con el trabajo periodístico. Inevitablemente debería contar las circunstancias y pormenores del viaje, pero no podría dejar indicios que llevaran a los persecutores del capo hasta su guarida. Recrearía tanto como me fuera posible la atmósfera del suceso y su verdad esencial, pero evitaría los datos que pudieran convertirme en un delator.

Me hizo bien recordar a Octavio Paz, a quien alguna vez le oí decir, enfático como era:

“Hasta el último latido del corazón, una vida puede rodar para siempre.”





Una mañana de sol absoluto, mi acompañante y yo abordamos un taxi del que no tuve ni la menor idea del sitio al que nos conduciría. Tras un recorrido breve, subimos a un segundo automóvil, luego a un tercero y finalmente a un cuarto. Caminamos en seguida un rato largo hasta detenernos ante una fachada color claro. Una señora nos abrió la puerta y no tuve manera de mirarla. Tan pronto corrió el cerrojo, desapareció.

La casa era de dos pisos, sólida. Por ahí había cinco cuadros, pájaros deformes en un cielo azuloso. En contraste, las paredes de las tres recámaras mostraban un frío abandono. En la sala habían sido acomodados sillones y sofás para unas diez personas y la mesa del comedor preveía seis comensales.

Me asomé a la cocina y abrí el refrigerador, refulgente y vacío. La curiosidad me llevó a buscar algún teléfono y sólo advertí aparatos fijos para la comunicación interna. La recámara que me fue asignada tenía al centro una cama estrecha y un buró de tres cajones polvosos. El colchón, sin sábana que lo cubriera, exhibía la pobreza de un cobertor viejo. Probé el agua de la regadera, fría, y en el lavamanos vi cuatro botellas de Bonafont y un jabón usado.

Hambrientos, el mensajero y yo salimos a la calle para comer, beber lo que fuera y estirar las piernas. Caminamos sin rumbo hasta una fonda grata, la música a un razonable volumen. Hablamos sin conversar, las frases cortadas sin alusión alguna a Zambada, al narco, la inseguridad, el ejército que patrullaba las zonas periféricas de la ciudad.

Volvimos a la casa desolada ya noche. Nos levantaríamos a las siete de la mañana. A las ocho del día siguiente desayunamos en un restaurante como hay muchos. Yo evitaba cualquier expresión que pudiera interpretarse como un signo de impaciencia o inquietud, incluso la mirada insistente a los ojos, una forma de la interrogación profunda. El tiempo se estiraba, indolente, y comíamos con lentitud.

Las horas siguientes transcurrieron entre las cuatro paredes ya conocidas. Yo llevaba conmigo un libro y me sumergí en la lectura, a medias. Mi acompañante parecía haber nacido para el aislamiento. Como si nada existiera a su alrededor, llegué a pensar que él mismo pudiera haber desaparecido sin darse cuenta, sin advertirlo. Me duele escribir que no tenía más vida que la servidumbre, la existencia sin otro horizonte que el minuto que viene.

“Ya nos avisarán –me dijo sorpresivamente–. La llamada vendrá por el celular.”

Pasó un tiempo informe, sin manecillas. ‘Paciencia’, me decía.

Salimos al fin a la oscuridad de la noche. En unas horas se cruzarían el ocaso y el amanecer sin luz ni sombra, quieto el mundo.

lll



Viajamos en una camioneta, seguidos de otra. La segunda desapareció de pronto y ocupó su lugar una tercera. Nos seguía, constante, a cien metros de distancia. Yo sentía la soledad y el silencio en un paisaje de planicies y montañas.

Por veredas y caminos sinuosos ascendimos una cuesta y de un instante a otro el universo entero dio un vuelco. Sobre una superficie de tierra apisonada y bajo un techo de troncos y bejucos, habíamos llegado al refugio del capo, cotizada su cabeza en millones de dólares, famoso como el Chapo y poderoso como el colombiano Escobar, en sus días de auge, zar de la droga.

Ismael Zambada me recibió con la mano dispuesta al saludo y unas palabras de bienvenida:

–Tenía mucho interés en conocerlo.

–Muchas gracias –respondí con naturalidad.

Me encontraba en una construcción rústica de dos recámaras y dos baños, según pude comprobar en los minutos que me pude apartar del capo para lavarme. Al exterior había una mesa de madera tosca para seis comensales, y bajo un árbol que parecía un bosque, tres sillas mecedoras con una pequeña mesa al centro. Me quedó claro que el cobertizo había sido levantado con el propósito de que el capo y su gente pudieran abandonarlo al primer signo de alarma. Percibí un pequeño grupo de hombres juramentados.

A corta distancia del narco, los guardaespaldas iban y venían, a veces los ojos en el jefe y a ratos en el panorama inmenso que se extendía a su alrededor. Todos cargaban su pistola y algunos, además, armas largas. Dueño de mí mismo, pero nervioso, vi en el suelo un arma negra que brillaba intensamente bajo un sol vertical. Me dije, deliberadamente forzada la imagen: podría tratarse de un animal sanguinario que dormita.

–Lo esperaba para que almorzáramos juntos–, me dijo Zambada y señaló la silla que ocuparía, ambos de frente.

Observé de reojo a su emisario, las mandíbulas apretadas. Me pedía que no fuera a decir que ya habíamos desayunado.

Al instante fuimos servidos con vasos de jugo de naranja y vasos de leche, carne, frijoles, tostadas, quesos que se desmoronaban entre los dedos o derretían en el paladar, café azucarado.

–Traigo conmigo una grabadora electrónica con juego para muchas horas–, aventuré con el propósito de ir creando un ambiente para la entrevista.

–Platiquemos primero.

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Le pregunté al capo por Vicente, Vicentillo.

–Es mi primogénito, el primero de cinco. Le digo “Mijo”. También es mi compadre.

Zambada siguió en la reseña personal:

–Tengo a mi esposa, cinco mujeres, quince nietos y un bisnieto. Ellas, las seis, están aquí, en los ranchos, hijas del monte, como yo. El monte es mi casa, mi familia, mi protección, mi tierra, el agua que bebo. La tierra siempre es buena, el cielo no.

–No le entiendo.

–A veces el cielo niega la lluvia.

Hubo un silencio que aproveché de la única manera que me fue posible:

–¿Y Vicente?

–Por ahora no quiero hablar de él. No sé si está en Chicago o Nueva York. Sé que estuvo en Matamoros.

–He de preguntarle, soy lo que soy. A propósito de su hijo, ¿vive usted su extradición con remordimientos que lo destrocen en su amor de padre?

–Hoy no voy a hablar de “Mijo”. Lo lloro.

–¿Grabamos?

Silencio.

–Tengo muchas preguntas–, insistí ya debilitado.

–Otro día. Tiene mi palabra.

Lo observaba. Sobrepasa el 1.80 de estatura y posee un cuerpo como una fortaleza, más allá de una barriga apenas pronunciada. Viste una playera y sus pantalones de mezclilla azul mantienen la línea recta de la ropa bien planchada. Se cubre con una gorra y el bigote recortado es de los que sugieren una sutil y permanente ironía.

–He leído sus libros y usted no miente–, me dice.

Detengo la mirada en el capo, los labios cerrados.

–Todos mienten, hasta Proceso. Su revista es la primera, informa más que todos, pero también miente.

–Señáleme un caso.

–Reseñó un matrimonio que no existió.

–¿El del Chapo Guzmán?

–Dio hasta pormenores de la boda.

–Sandra Ávila cuenta de una fiesta a la que ella concurrió y en la que estuvo presente el Chapo.

–Supe de la fiesta, pero fue una excepción en la vida del Chapo. Si él se exhibiera o yo lo hiciera, ya nos habrían agarrado.

–¿Algunas veces ha sentido cerca al ejército?

–Cuatro veces. El Chapo más.

–¿Qué tan cerca?

–Arriba, sobre mi cabeza. Huí por el monte, del que conozco los ramajes, los arroyos, las piedras, todo. A mí me agarran si me estoy quieto o me descuido, como al Chapo. Para que hoy pudiéramos reunirnos, vine de lejos. Y en cuanto terminemos, me voy.

–¿Teme que lo agarren?

–Tengo pánico de que me encierren.

–Si lo agarraran, ¿terminaría con su vida?

–No sé si tuviera los arrestos para matarme. Quiero pensar que sí, que me mataría.

Advierto que el capo cuida las palabras. Empleó el término arrestos, no el vocablo clásico que naturalmente habría esperado.

Zambada lleva el monte en el cuerpo, pero posee su propio encierro. Sus hijos, sus familias, sus nietos, los amigos de los hijos y los nietos, a todos les gustan las fiestas. Se reúnen con frecuencia en discos, en lugares públicos y el capo no puede acompañarlos. Me dice que para él no son los cumpleaños, las celebraciones en los santos, pasteles para los niños, la alegría de los quince años, la música, el baile.

–¿Hay en usted espacio para la tranquilidad?

–Cargo miedo.

–¿Todo el tiempo?

–Todo.

–¿Lo atraparán, finalmente?

–En cualquier momento o nunca.

Zambada tiene sesenta años y se inició en el narco a los dieciséis. Han transcurrido cuarenta y cuatro años que le dan una gran ventaja sobre sus persecutores de hoy. Sabe esconderse, sabe huir y se tiene por muy querido entre los hombres y las mujeres donde medio vive y medio muere a salto de mata.

–Hasta hoy no ha aparecido por ahí un traidor–, expresa de pronto para sí. Lo imagino insondable.

–¿Cómo se inició en el narco?

Su respuesta me hace sonreír.

–Nomás.

–¿Nomás?

Vuelvo a preguntar:

–¿Nomás?

Vuelve a responder:

–Nomás.

Por ahí no sigue el diálogo y me atengo a mis propias ideas: el narcotráfico como un imán irresistible y despiadado que persigue el dinero, el poder, los yates, los aviones, las mujeres propias y ajenas con las residencias y los edificios, las joyas como cuentas de colores para jugar, el impulso brutal que lleve a la cúspide. En la capacidad del narcotráfico existe, ya sin horizonte y aterradora, la capacidad para triturar.

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Zambada no objeta la persecución que el gobierno emprende para capturarlo. Está en su derecho y es su deber. Sin embargo, rechaza las acciones bárbaras del Ejército.

Los soldados, dice, rompen puertas y ventanas, penetran en la intimidad de las casas, siembran y esparcen el terror. En la guerra desatada encuentran inmediata respuesta a sus acometidas. El resultado es el número de víctimas que crece incesante. Los capos están en la mira, aunque ya no son las figuras únicas de otros tiempos.

–¿Qué son entonces? –pregunto.

Responde Zambada con un ejemplo fantasioso:

–Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió.

–¿Nada, caído el capo?

–El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.

A juicio de Zambada, el gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en días problemas generados por años. Infiltrado el gobierno desde abajo, el tiempo hizo su “trabajo” en el corazón del sistema y la corrupción se arraigó en el país. Al presidente, además, lo engañan sus colaboradores. Son embusteros y le informan de avances, que no se dan, en esta guerra perdida.

–¿Por qué perdida?

–El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.

–Y usted, ¿qué hace ahora?

–Yo me dedico a la agricultura y a la ganadería, pero si puedo hacer un negocio en los Estados Unidos, lo hago.

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Yo pretendía indagar acerca de la fortuna del capo y opté por valerme de la revista Forbes para introducir el tema en la conversación.

Lo vi a los ojos, disimulado un ánimo ansioso:

–¿Sabía usted que Forbes incluye al Chapo entre los grandes millonarios del mundo?

–Son tonterías.

Tenía en los labios la pregunta que seguiría, ahora superflua, pero ya no pude contenerla.

–¿Podría usted figurar en la lista de la revista?

–Ya le dije. Son tonterías.

–Es conocida su amistad con el Chapo Guzmán y no podría llamar la atención que usted lo esperara fuera de la cárcel de Puente Grande el día de la evasión. ¿Podría contarme de qué manera vivió esa historia?

–El Chapo Guzmán y yo somos amigos, compadres y nos hablamos por teléfono con frecuencia. Pero esa historia no existió. Es una mentira más que me cuelgan. Como la invención de que yo planeaba un atentado contra el presidente de la República. No se me ocurriría.

–Zulema Hernández, mujer del Chapo, me habló de la corrupción que imperaba en Puente Grande y de qué manera esa corrupción facilitó la fuga de su amante. ¿Tiene usted noticia acerca de los acontecimientos de ese día y cómo se fueron desarrollando?

–Yo sé que no hubo sangre, un solo muerto. Lo demás, lo desconozco.

Inesperada su pregunta, Zambada me sorprende:

–¿Usted se interesa por el Chapo?

–Sí, claro.

–¿Querría verlo?

–Yo lo vine a ver a usted.

–¿Le gustaría…?

–Por supuesto.

–Voy a llamarlo y a lo mejor lo ve.

La conversación llega a su fin. Zambada, de pie, camina bajo la plenitud del sol y nuevamente me sorprende:

–¿Nos tomamos una foto?

Sentí un calor interno, absolutamente explicable. La foto probaba la veracidad del encuentro con el capo.

Zambada llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió un sombrero. Se lo puso, blanco, finísimo.

–¿Cómo ve?

–El sombrero es tan llamativo que le resta personalidad.

–¿Entonces con la gorra?

–Me parece.

El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó. l