viernes, 2 de julio de 2010

O tú o ninguna

Día nublado, mal augurio.

Odio las despedidas. Quizás ella lo sabía y prefirió que nuestra última vez juntos terminara en una caricia, en una puerta que se cierra y nunca más se vuelve a abrir, y no con ojos de coraje, rabietas, gritos y llanto. Ahora nadie me ve, ya puedo chillar. No quiero chillar, mejor me pongo a escribir.

Sólo estuvimos juntos por dos años, desde el 15 de mayo del 2008. Mis planes iban más allá de hoy, mucho más. Ella de 35 y yo de 23, supuse que aún nos quedaba una larga vereda.

Una persona sensata no debe encariñarse con los objetos. Yo me encariñé con ella desde antes de tocarla, de pisarla, de sentirla. Quizás por eso nunca la consideré un objeto. Desde esa primera fotografía que nos tomamos, desde que me apoyé en ella y sonreímos a la cámara, la sentí parte de mí.

La Combi. Nunca le puse nombre, no era necesario. No una combi o mi combi, era La Combi.

Soy muy cursi... alguna vez pensé que La Combi debía ser como mi corazón. Grande, con las puertas bien abiertas para que entraran muchos, todos, cuantos quepan, apretados, en el suelo, en las piernas, de cabeza, donde sea, con tal de ir juntos. ¿A dónde vamos? A donde sea...

A muchos les tocó empujarla, irse caminando porque no quiso prender, por que se le acabó la batería, porque se le rompió la galleta. Muchos se rieron cuando la puerta rodaba por los suelos, cuando el volante se salía a medio camino, cuando intentábamos rebasar y nos echábamos para atrás porque a los 100 Km/hr parecía que iba a explotar, cuando se chamuscó por dentro y casi me mata.

Una tarde lluviosa Bo se puso muy mal. Tenía que llevarlo al hospital, pero a La Combi se le fregó el alternador un par de días antes. Me arriesgué a quedarnos parados en medio de la lluvia; cualquier riesgo era mejor a ver a mi abuelo sufrir y no hacer nada. Nos fue bien, no falló ni tantito. Esa tarde, cuando Bo se puso mejor tras regresar del hospital, fue la última vez que lo vi sonreir. En la parte de atrás se quedó el banquito que fue de su combi.

Conoció a todos los que quiero, y ella también los quiso, los aceptó sin dudarlo, los protegió y mimó. Se fue, en su repleta guantera, la colección de casettes caseros grabados con rock en español más grande que haya existido jamás.

Pero se quedan las noches oscuras. Se queda la carretera zigzagueante que baja al Faro, con los tacubos tocando "No me comprendes". Se quedan las calles del Cerro de las Ranas. Las caguamas destapadas. Las rondas escolares en las madrugadas. Los Circos Calles. Las mañanas del Negrito. Las mudanzas a Ajijic. Las voces emergentes de Mezcala. Los Tlajomulcos con sus aguas hirvientes de Cosalá. La Huerta en camión, porque el viaje irremediablemente era sólo de dos. Los cactus y nopales espinosos. Los Montones de Guajes...

Con ella se llevaron los planes de recorridos, las salidas truncas, las fiestas cebas, las tortas ahogadas para pasar el rato mientras Jacho la reparaba, los choquecitos, rayoncitos, SICARIO's, machucadas y toques.

Al final, todo valió la pena. De eso se tratan las relaciones, ¿no?, de voltear para atrás y poder sonreir.

No se si sea la delincuencia, no sé si una suerte de karma por lo que contaminaba. No sé por qué se la llevaron, no sé quién, no sé si vuelva. Pero sé que no volveré a tener otra.

O tú o ninguna.

miércoles, 23 de junio de 2010

Gira y da vueltas...



Les comparto este viejo y sincero audio, grabado hace tiempo. No pretende ser el mejor del mundo, simplemente somos honestos. Lo hice hace 3 años pero ahora con lo de Nancy y las lluvias, vuelve a tener valor. Para oirlo, click aquí:

sábado, 19 de junio de 2010

El Blog está muy de luto..

Oye Carlos, por qué tuviste que decirle
que la amabas a Mariana Pacheco... (Ciudad de México, 4 de mayo de 1938 - Ciudad de México, 19 de junio de 2010)

viernes, 18 de junio de 2010

Este blog está de luto.

“En el alma, en el espíritu, todos somos parientes: estamos unidos por la lectura” José Saramago (1922-2010)



José Saramago en su visita a la FIL de 2004.

Fundación

El Imperio Galáctico se derrumbaba.

Era un Imperio colosal que se extendía a través de millones de mundos, de un extremo a otro de la inmensa espiral doble que era la Vía Láctea. Su caída también sería colosal, y además prolongada, porque debía abarcar un enorme período de tiempo.

Había estado derrumbándose durante siglos antes de que un hombre se diese realmente cuenta de ello. Aquel hombre era Hari Seldon, el ser que representaba la única chispa de esfuerzo creador que subsistía en la decadencia general. El fue quien desarrolló y llevó a su punto culminante la ciencia de la psicohistoria.

La psicohistoria no trataba del hombre, sino de las masas de hombres. Era la ciencia de las muchedumbres, de miles de millones de personas. Podía prever las reacciones a diferentes estímulos con la misma exactitud que una ciencia menor predecía el rebote de una bola de billar. La reacción de un hombre se podía vaticinar por medio de las matemáticas conocidas, pero la de mil millones era algo distinto.

Hari Seldon presagiaba las tendencias sociales y económicas de la época, y estudiando las curvas previó la continua y acelerada caída de la civilización y el lapso de treinta mil años que debía transcurrir antes de que un nuevo Imperio pudiese emerger de las ruinas.

Era demasiado tarde para detener aquella caída, pero aún había tiempo de cerrar el paso a la llegada de la barbarie...

domingo, 13 de junio de 2010

Un poco de música africana

Entre los tiempos mundialistas, el futbol y el Waka Waka les quiero compartir algo de la poca música de África que conozco.



Este par de músicos son originarios de Mali y ambos son invidentes, su música a mí me parece genial, les dejo una probadita, espero les guste.

martes, 8 de junio de 2010

El periodismo de franquicia no siempre tiene que maquilar lo mismo

Este es el trabajo de uno de los equipos en la clase de comunicación política, donde queda demostrado que el periodismo de franquicia no siempre tiene que decir lo mismo. El caso en especifico es el tema de chalacatepec en dos diarios pertenecientes al grupo multimedios. El primero es Público Milenio y el segundo es Vallarta opina. Aquí tienen algunas de las presentaciones y aquí el link para descargar el archivo.





domingo, 6 de junio de 2010

El Río

Aquí les comparto un cortometraje que hice hace algunos años, para dominguear. Espero que les guste y aguardo ansioso sus comentarios.



sábado, 5 de junio de 2010

Campañas y más campañas.

El rojo is the new black.

Alejandro Velazco.

En las últimos meses hemos visto invadida la ciudad de Guadalajara de rojo, desde las jardineras en el centro hasta los autos oficiales del Ayuntamiento, pasando por un largo etcétera que por cuestiones prácticas no nombraré pero dejo a su recuerdo.

Es obvio que esto no es casual, el uso de los colores por parte de los partidos políticos es un tema que les causa gran atracción a los funcionarios, sus asesores piensan que mientras más vea la ciudadanía ese color que representa a su partido habrá más votos para el mismo, tal es el caso de los "Chalecos azules" comprados por Diego Monraz Villaseñor para la Secretaría de Vialidad de Jalisco o el entrañable chiste que sse daba en las iglesias cuando el sacerdote decía "miren al cielo, ¿de qué color es?, ahora saben por quien votar".

En fin, la última campaña publicitaria del Ayuntamiento tapatío trajo aun más rojo para la ciudad, se trata de espectaculares, anuncios en parabuses y comerciales de televisión, fondo totalmente rojo y la leyenda "Guadalajara es" seguida de una palabra desfragmentada en sílabas cual si los ciudadanos todos fuésemos niños de primaria "HO NES TA", "LIM PIA", "RES PONSA BLE", y algunas más, para finalizar con la frase "nuestro gobierno también" y el logotipo de Ayuntamiento de Guadalajara.

Ahora se encuentra en una segunda etapa en que junto al marco antes descrito sale una imagen que representa por qué Guadalajara es "LIM PIA" con unos niños tirando la basura en un bote, las imágenes varían dependiendo de la palabra, claro.

Indagando un poco se descubre que esta campaña ni siquiera tiene un nombre así que por cuestiones de simplicidad la llamé "Guadalajara es", dado que esa campaña me llamó la atención me dio la inquietud de saber por qué la hicieron de esa manera, qué pretendían, qué marco utilizaron, etc. Así que pedí dicha información por transparencia y aquí está la respuesta

Igualmente solicité el costo total (que fue más de 3 millones de pesos) cuya respuesta se encuentra aquí

Lean ustedes y juzguen por ustedes mismos.

Yo solo lamento haber sido tan tonto como para no haber pedido colorimetría para la campaña (como lo hice con la de "El agua es como de tu familia") y ver su justificación para el uso del rojo, ese mismo rojo de las corbatas de Aristóteles Sandoval.

Favoritismo al Santuario de los Mártires en SITEUR

En algunas estaciones del Tren Ligero de Guadalajara se instalaron urnas para recolectar fondos para la construción del Santuario de los Mártires.

Hace un par de años se desató una fuerte polémica en Jalisco por un donativo de 90 millones de pesos que el Gobernador Emilio González Márquez pretendía entregar al cardenal Juan Sandoval Íñiguez para la construcción de este Santuario. Él defendía que era de interés público el edificio porque generaría mayor turismo religioso en Guadalajara; sus detractores señalaron una violación al estado laico. El problema terminó la devolución de los recursos por parte de la Iglesia Católica, luego de una mentada de madre del mandatario hacia la población, misma que pueden recordar en La importancia de recordar la mentada.


Intímos que el proceso legal que la organización del “Santuario de los Mártires” tuvo que pasar para obtener los espacios físicos en algunas de la instalaciones de las urnas para limosnas fue acompañado de posibles favoritismos del gobierno de Jalisco hacia la Iglesia Católica, debido a este antecedente de la “Macro-limosna”. Como ciudadanos, en nuestro ejercicio de derecho a la información pública, solicitamos lo siguiente al SITEUR:

“Favor de informar el monto recaudado por concepto de publicidad tanto en vagones del tren ligero como en las estaciones; así como el proceso, convocatoria o licitación que se siguió. Incluir basamento jurídico y justificación para permitir la instalación de una urna para recolectar fondos del Santuario de los Mártires en la estación del Tesoro”.

Nos respondieron lo siguiente:

1.Respecto los ingresos por concepto de publicidad, usted puede consultarlos de manera permanente en la página electrónica www.siteur,gob.mx
2.Para el proceso de contratación, el Sistema de Tren Eléctrico Urbano, cuenta con facultades legales para hacerlo, según consta en el Decreto de Creación y en el Reglamento Interno del SITEUR.
3.Respecto a la colecta que se realiza en la estación del Tesoro, el fundamento jurídico es el artículo 8 Constitucional de la Federación, el 7 del Decreto de Creación del Sistema de Tren Eléctrico Urbano y el 5 del Reglamento Interno de SITEUR.

Pueden ver el documento completo aquí.

En el primer punto nos remiten a la página de internet, pero en las cuentas públicas de todo el 2009 y enero de 2010 (los periodos más recientes disponibles) sólo se muestra el total de ingresos recaudados por publicidad, sin un desglose de quién los pagó ni qué trámite se siguió. Por ejemplo, del 01 de enero del 2009 al mes de diciembre del mismo año, se ingresaron de forma efectiva 13 millones 30 mil 323 pesos, por concepto de "Publicidad y Renta". Suponemos que la palabra Renta se refiere a los espacios comerciales que existen en las estaciones del tren. Nosotros requeríamos la cantidad recaudada por el Organismo por la publicidad en vagones (dentro y fuera de ellos) así como en los distintos espacios de las estaciones, pero no sabemos exactamente qué parte del monto total se obtuvo de dicha publicidad y mucho menos conocemos el desglose.

En el segundo punto, se nos aclara que SITEUR cuenta con facultades para comenzar proceso de contratación de espacios para publicidad, pero no nos especifica cuáles fueron esos procesos que se siguieron ni el caso específico de las urnas para recaudar fondos del Santuario de los Mártires. Haciendo una rápida revisión de la "Relación de contratos y convenios celebrados con entidades o particulares, por diferentes conceptos, correspondientes al año 2009", que está disponible en internet, nos damos cuenta de que sólo hay registro de un contratos por publicidad, firmado con Isa Corporativo, empresa dedicada a la publicidad justamente.

En caso de que toda la publicidad que existe en todas las instalaciones y vehículos del SITEUR sean contratados a través de dicha empresa (incluida la publicidad del Santuario de los Mártires), entonces debió ser sencillo para el organismo detectar el contrato y enviarlo en su respuesta, así como el procedimiento que se siguió para otorgarle la aparente exclusividad a la empresa Isa Corporativo. Si existen más contratos de publicidad y no están reflejados en la relación de su página de internet, estarían omitiendo información fundamental para la ciudadanía, lo que sería aun más grave.

En el tercer punto, SITEUR refiere que el basamento legal para permitir la instalación de urnas de colecta está contemplando en la Constitución Federal y, reglamentaciones internas del Sistema de Tren Eléctrico Urbano, SITEUR. Nos parece que los artículos referidos no tienen la más mínima relación con lo que preguntamos. El artículo 8vo Constitucional habla escuetamente sobre el derecho de petición:
Artículo 8°.- Los funcionarios y empleados públicos respetarán el ejercicio del derecho de petición, siempre que ésta se formule por escrito, de manera pacífica y respetuosa; pero en materia política sólo podrán hacer uso de ese derecho los ciudadanos de la República. A toda petición deberá recaer un acuerdo escrito de la autoridad a quien se haya dirigido, la cual tiene obligación de hacerlo conocer en breve término al peticionario.

Podemos suponer que SITEUR recibió una petición en forma por parte del organismo del Santuario de los Mártires, pero la respuesta no es clara como lo ordena la Ley de Transparencia y la Constitución no establece que toda petición realizada a una autoridad deba seguirse al pie de la letra, puesto que un órgano de gobierno sólo puede realizar las facultades que la ley le manda; no más, no menos. Esto nos hace pensar, ¿sería posible para cualquier organización obtener una urna de recolección con el simple hecho de pedirlo?
Respecto al artículo 5 del Reglamento Interno de SITEUR, señala:
La administración y dirección del SITEUR están a cargo del Consejo de Administración y del Director General. Tanto el Presidente del Consejo como el Director General serán designados por el C. Gobernador del Estado.

Nuevamente no se dicen las cosas de forma clara. Suponemos que con esta respuesta se quiere dar a entender que la decisión fue tomada por el Consejo de Administración y el Director General. Pero esa sólo es una interpretación, pues no recibimos ningún contrato firmado por los miembros del Consejo ni pudimos accesar a las sesiones, puesto que no están disponibles en la página de internet, a pesar de ser ésta información fundamental conforme al artículo 13 de la Ley de Transparencia e Información Pública del Estado de Jalisco. Ante información tan ambigua como respuesta, incluso podríamos interpretarla como una evasiva.
Finalmente, el artículo 7 del decreto de creación del SITEUR dice prácticamente lo mismo que el 5 del Reglamento Interno:
La administración y dirección del Organismo, estará a cargo de: El Consejo de Administración y el Director General.
Tanto el Presidente del Consejo de Administración como el Director General, serán designados por el Gobernador del Estado.

Ante respuestas similares, encontramos similar ambigüedad.

En conclusión, SITEUR se niega a dar una respuesta coherente. Seguimos con la teoría de que los espacios fueron cedidos por favoritismo.

Petróleo Café

Crocknicas marcianas
Joselo
Petróleo

Nací en Minatitlán, Veracruz y el olor del chapopote y el azufre que despedía la refinería de petróleo de ese lugar me acompañó toda mi infancia. Mis hermanos y yo nacimos ahí, pues mi padre, regiomontano hecho y derecho, consiguió una chamba en Pemex, en la refinería de Mina.

Supongo que mi madre estaba muy enamorada de él, pues en Minatitlán hace un calor húmedo de los mil demonios, es una ciudad pequeña perdida en la selva, que se inundaba cuando el río Coatzacoalcos desbordaba en tiempo de lluvias. Sólo el amor a mi padre y luego a sus hijos, debió mantenerla en un lugar tan diferente a donde nació, Michoacán.

Desde la colonia petrolera en donde vivíamos se alcanzaba a ver un fuego perenne, que nunca tuve idea de su función, pero que a nosotros nos servía para saber el lugar donde trabajaba nuestro padre sin horario fijo: la refinería General Lázaro Cárdenas.

Yo era muy pequeño, pero tengo la sensación de que mi padre entraba y salía de la casa a horas imprevistas. Traía el uniforme de los trabajadores de Pemex, camisola y pantalones color caqui. En la cabeza, que ya por esa época se estaba quedando sin pelo, traía un casco de metal con el que mi hermano y yo jugábamos cuando nuestro progenitor estaba comiendo.

Mi padre había estudiado ingeniería química y supongo que siendo ingeniero con título profesional no tenía que mancharse las manos como lo hacía. Tengo la teoría de que le gustaba entrarle de lleno a las máquinas manchadas de chapopote, verificar in situ que las cosas marcharan bien.

Yo no sé si mis hermanos sabían que en algunas ocasiones mi padre estaba en peligro. Yo no me daba cuenta. A lo mucho veía preocupada a mi mamá, pero no sabía por qué. Ahora lo sé: las refinerías y las plataformas petroleras son como bombas de tiempo en donde, como dice José Alfredo Jiménez, “la vida no vale nada”.

Ahora que aparece en las noticias un derrame en las costas de Luisiana, EU, me vienen muchos recuerdos.

Qué triste que una tragedia de esa magnitud me lleve de regreso a la infancia. Pero la mente tiene caminos misteriosos.

Recuerdo un día haber estado en la playa de Coatzacoalcos, la ciudad costera más cercana a Minatitlán, y ver cientos de peces muertos en la arena. Mis hermanos y yo nos dedicamos a juntarlos en un montículo, igual que todos los niños que andaban ese día en la playa ¡Qué divertido! ¡jugar con peces muertos! No nos podíamos meter al agua pues el mar con cada ola traía una capa de aceite y petróleo que luego teníamos que quitarnos en casa con estopa y gasolina. ¿por qué ese espectáculo tan macabro? ¿Por qué se habían muerto los peces? Algún barco tiró petróleo, decía mi padre. Imagínense, sólo era un barco y mataba cientos de peces ¿qué no hará esta nueva mancha de petróleo?

El derrame que pronto llegará a la costa de EU afectará a más de 400 especies animales que habitan en las playas. Todos los ecosistemas se verán afectados por este accidente. La forma de resolverlo, quemando el petróleo derramado, es una solución que también acarrea destrucción.

No sé cómo resolverán, o tratarán de disminuir la destrucción que la mancha va a generar, no sólo en las costas de EU, sino de rebote en las playas de México. ¿Cómo no vamos a pensar que el fin del mundo está cerca? Con nubes de ceniza y terremotos por todos lados, la mancha de petróleo suma a la sensación de que algo raro está pasando.

Qué fácil resulta señalar culpables, despotricar de las megaempresas que manejan el petróleo o que en este caso, por un accidente afectan a nuestro planeta y al mutndo entero.

Pero, ¿quién está dispuesto a dejar su coche (que se alimenta de ese petróleo) y empezar a pedalear una bicicleta? Pocos. Una mancha más en la ya funesta historia de lo mal que tratamos a nuestro planeta.


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Para completar la crónica de Joselo (guitarista de Café Tacvba para el que no sepa) les comparto la hermosa Trópico de Cáncer, del disco Re (1994), toda una Ficción Total musical.



Y sí, ya me voy a comprar una bici.

martes, 1 de junio de 2010

¡Écheme otra torta, diputado!


Las licencias de la prensa mexicana.

Las tortas de milanesa son las que se acaban primero. Son deliciosas, me dicen. Jamás he tenido el gusto de probarlas. Nunca me he subido al avión presidencial de la Fuerza Aérea Mexicana, lugar en donde esta rica especialidad culinaria se sirve a los “compañeros” de los medios de comunicación que cubren las giras del presidente en turno.

Luego están las comilonas con “la fuente”, que generalmente paga esta última. Están también los actos de todo tipo y a todos los niveles en los que los reporteros son invitados a desayunar, comer o cenar mientras “cubren” la nota (o recogen el comunicado de prensa para armar su reporte, según sea el caso).

¿Importa?


¿Importa que los representantes de los medios de comunicación aceptemos esos “regalos”? ¿Importa que paguemos nuestro pasaje en el avión presidencial? ¿Importa que nos sentemos comer con políticos de cualquier color y aceptemos que éstos paguen la cuenta? ¿Nos compromete a algo?

Sí, la respuesta es sí.

Con sus honrosas excepciones, la prensa mexicana nos permitimos licencias que transforman –de origen- lo que debería ser la relación entre nosotros y nuestras fuentes. La prensa mexicana estamos también acostumbrados a no hablar de ello, nos incomoda. Nos parece una cuestión “cultural”…el acercamiento con “la fuente”, la grilla, la negociación de presupuestos publicitarios. Nos parece puritano y hasta de mal gusto hablar de estándares internacionales. “Esas son cosas que no funcionarían en México, aquí las cosas son diferentes”, me han dicho.

Cuando un reportero del diario The Washington Post vuela con Barack Obama, el Post paga su pasaje y la comida que el o la reportera consuman en el avión. Si van a una conferencia de prensa en donde hay desayuno –cosa que raramente sucede– no se sientan a comer. No aceptan viajes gratis de nadie ni regalos. Cuando invitan a platicar a una fuente ellos pagan y no pueden gastar más de 40 dólares a la semana. No hay comilonas en El Cardenal mientras se busca la nota o un contrato de publicidad. No hay tortas de milanesa gratis ni viajes todo pagado para cubrir absolutamente nada. Hay, sí, una estructura ética mínima que les permite hacer su trabajo sin comprometer –de origen– su libertad y su pensamiento crítico. ¿Alguien cree, en serio, que eso no es relevante?

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En Nexos online. Ana Francisca Vega, editora de La Loncheria y coordinadora de la Unidad de Inteligencia de El Economista.

lunes, 31 de mayo de 2010

El último hombre muere primero




Juan Villoro
Proceso


Robert Enke se encontraba en un momento clave de su vida deportiva. Los conocedores le daban un puesto en la selección alemana que estará en Sudáfrica 2010. Guardameta por elección de vida, compaginó sus depresiones crónicas con las afrentas semanales de la portería, el cargo más ingrato dentro de un equipo de futbol. Acostumbrado al martirio, negado para el gozo, como lo definió su padre, Enke decidió una tarde caminar hacia las vías de un tren y acabar de una buena vez con las torturas de su mundo



El martes 10 de noviembre de 2009 Robert Enke, portero del Hannover 96 y de la selección alemana de futbol, hizo su última salida al campo. Aunque ese día no había prácticas, le dijo a su esposa que iba a entrenar. Subió a su Mercedes 4x4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich (Reino del Cielo). Cerca de ahí hay un descampado por el que corren las vías del tren.

El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahce, el Tenerife o el Hannover 96. A 300 metros de ahí, es decir, a unas tres canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.

Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los pénaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al futbol. Años después, escribiría: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”.

Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa recibir un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.

El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. A los 32 años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. En su extraña ruleta interior, un fracaso hubiera sido preferible. Odiaba la presión pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del Jena, sólo pensaba en atajar balones.

Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El numero 1 es el último en un equipo. El recurso final. Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito.

En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.

Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva hubiera estado más sereno.

Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. En 2002, después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida. “Ninguna posición en el futbol es tan exigente como la de portero del Barcelona”, diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa por la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.

Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones.

Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahce, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. En 2004, cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96.

La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista Kicker lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.

Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos. En 2006, su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su esposa y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.



El pecado de estar triste



Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Teresa, su mujer, se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo.

Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El futbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un “virus”. No se habla de asuntos personales; sólo los débiles los padecen.

Es posible que Alemania haya inventado la aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor.

En 1991, a siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, exguardameta de la selección alemana, hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Batisson en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit.

Para entonces, jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero dijo: “La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto”.

El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre. En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica El suicidio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. Las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad.

Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurai, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que se llevó a cabo en el estadio del Hannover 96 el sufrimiento embargó a todo el futbol alemán y acaso servirá de estímulo a futuros triunfos. En los Mundiales, transformar el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana. Hace unas semanas, en su último partido en Inglaterra, Michael Ballack, capitán de la selección, quedó fuera de la justa por una lesión. Como Suiza ‘54, cuando Alemania venía de la niebla y la noche de la posguerra, Sudáfrica es una oportunidad para demostrar que ningún otro país convierte con tanta eficacia el dolor en épica.

Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona, suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestidor pero son aliados inquebrantables en el césped. “El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física”, escribió Der Spiegel a propósito de Enke: “Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el futbol, y Enke lo había obtenido”.

Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. “No podía gozar nada”, ha dicho su padre, el terapeuta Enke.

Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet.

Luis Miguel Arconada fue un portero sólido, de la estirpe vasca a la que pertenecen Iríbar y Zubizarreta; sin embargo, todas sus atajadas se esfumaron en 1984 cuando recibió el gol más sencillo del mundo en la final de la Copa Europea de Naciones, permitiendo que Francia doblegara a España.

La responsabilidad del portero es absoluta. Su puesto se define por el error posible.

“Quisiera ser una máquina”, dice Schumacher. “Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te remplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones”.

Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.

Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: “A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio”. Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.

Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra.

La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo “Una vida entre tres palos y tres líneas”, escribe Andoni Zubizarreta: “Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores”. El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. “Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas”, añade Zubizarreta: “El portero no puede ser de carácter inseguro”. Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.

Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, “no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades”. Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.

“Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el futbol”, dijo Enke pocos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.

En Cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, “un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban”. En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el Dios del futbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.

El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En Melancolía I, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.



La última jugada



¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? “Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren”, responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, el número 1 del Hannover 96 pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.

La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. No se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.

Seis días más tarde, el 23 de septiembre de 2006, defendió la portería de su equipo. “Alemania admiró a este Robert Enke”, escribió Der Spiegel: “Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible”.

La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Robert Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con un oficio que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos y es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.

El mundo del futbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo en que el poeta Kleist se mató en cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.

El 10 de noviembre de 2009, el guardameta caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania.

A las seis de la tarde con 17 minutos el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Robert Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.

viernes, 28 de mayo de 2010

infancia es destino



Proceso 1751
Juan Villoro

Poco antes de disputar su primera final, Lionel Messi se quedó encerrado en un baño. El niño que no podía ser detenido por defensa alguno se enfrentó a una cerradura averiada. Faltaba poco para que comenzara el partido y Leo aporreaba la puerta sin que nadie lo escuchara. El trofeo de ese campeonato era el mejor del mundo: una bicicleta.

Otros hubieran cedido a las lágrimas y la resignación, otros más habrían agradecido no tener que demostrar nada en el campo. Leo rompió el cristal de la ventana y saltó hacia fuera. Llegó a la cancha con la seguridad de quien no puede ser detenido. Anotó tres goles en la final. El genio tenía su bicicleta.

El destino de Messi ha ocurrido al menos dos veces. Hijo de Celia y Jorge, nació en Rosario, provincia de Santa Fe, el día de San Juan de 1987, pero antes fue prefigurado en las tertulias del café El Cairo, y más precisamente en la “mesa de los galanes”, presidida por el maravilloso dibujante y escritor Roberto Fontanarrosa. Argentina es una fábrica de talentos futbolísticos que previamente son imaginados por los hinchas más verbalizados y fabuladores del planeta.

Después de enterarse, por Macedonio Fernández, de que vivir es distraerse de la muerte, Fontanarrosa escribió el relato “El cielo de los argentinos”, donde unos amigos comparten un asado y hablan de futbol. De pronto advierten que están muertos. Esto los hace muy felices: si han fallecido y comen carne mientras miran un partido quiere decir que han llegado al paraíso.

Rosario es la ciudad de César Luis Menotti y Marcelo Bielsa, contundentes retóricos del banquillo. En ningún otro sitio hay dos hinchadas que se enfrenten con tan leal encono. No en balde aceptan con orgullo apodos injuriosos: los Canallas de Rosario Central encaran a los Leprosos de Newell’s Old Boys. En una ocasión le comenté a un taxista de Buenos Aires que asistiría al partido Boca-River. “Eso no es nada”, contestó con presunción: “nosotros nos odiamos más”. Obviamente era de Rosario.

Si el espíritu de Pamplona se expresa en los sanfermines y el de Río en el carnaval, el de Rosario se reconoce por un rito único: “La paloma de Poy”. El 19 de diciembre de 1971, Aldo Pedro Poy, delantero de Rosario Central, se lanzó al aire para rematar de cabeza y vencer al guardameta de Newell’s Old Boys. Este momento de gloria se repite cada 19 de diciembre: “Mi problema ya no es tirarme, sino levantarme”, dice con humor el veterano Poy.

En la ciudad del Che Guevara, de Fito Páez y otros inconformes, Lionel Messi comenzó a deslumbrar con el balón a los cinco años. Su habilidad era única pero parecía cumplir un sueño largamente aguardado.

Leo debutó en el equipo del barrio, el Grandoli. Su primer técnico fue Salvador Aparicio. A los sesenta años, Aparicio había visto a toda clase de pibes chutar en su potrero. No esperaba mucho de aquel niño diminuto. Cuando presenció lo que hacía, sólo se le ocurrió un consejo técnico: “¡pateala!”. Messi recorría la cancha entera sin deshacerse de la pelota.

Más que goleador, La Pulga era un enganche, es decir, un vendaval que limpiaba el campo de adversarios para que otro se encargara de la tarea, históricamente vulgar en Argentina, de meter el gol.

Los videos de la época lo registran como una versión bonsái del Messi actual: el mismo don para el desborde y el cambio de ritmo, la misma alegría celebratoria. “Infancia es destino”, escribió el psicoanalista mexicano Santiago Ramírez.

A los ocho años, sus compañeros del colegio lo situaron al centro de la foto oficial del curso. Su carisma se debía a los alardes con el balón, pero también a la picardía de la mirada. No siempre hacía travesuras, pero tenía la gracia de quien las imagina.

Cuando jugaba a las cartas había que estar atento a sus maniobras: en cualquier momento hacía una trampa. Si perdía, desparramaba las barajas y se negaba a seguir jugando.

Su madre lo describe como “consentido”. Nada parece desmentir la hipótesis de que la gente lo ha querido, pero el destino le reservaba algunas pruebas.

En la vida de Messi todo ha sido cuestión de escala. Tenía ocho años cuando sus padres se preocuparon por su baja estatura. Lo llevaron al médico y supieron que le faltaba una hormona que permite el crecimiento. Había remedio, pero costaba mi 500 dólares mensuales, algo incosteable para la familia. Recibieron apoyo de dos compañías de Rosario. Una vez al día Leo se inyectaba en la pierna con una presencia de ánimo insólita en alguien de ocho años. Desde entonces, su destreza sólo sería superada por su voluntad.

Al cabo de dos años el dinero para las inyecciones no pudo seguir fluyendo. Newell’s Old Boys se negó a asumir el gasto y Messi viajó a Buenos Aires para probarse con River Plate. Era el más pequeño de los aspirantes y fue el último en entrar al partido. Sólo quedaban dos minutos de juego, pero Leo se hizo notar. “¿Quién es el padre?”, preguntó el responsable de la prueba. Jorge Messi salió detrás de una alambrada. “Se queda”, dijo el técnico.

La contratación no llegó a ocurrir. El club de la franja roja no quiso negociar el traspaso con Newell’s ni aceptó pagar el tratamiento médico para un crack indiscutible, pero de futuro incierto.

El sueño de Messi hubiera sido permanecer en Rosario, junto a los buques lentos que avanzan por el río Paraná, presenciando las tertulias de El Cairo y celebrando el “Día del Amigo Leproso”. Las ataduras sentimentales le vienen bien al futbolista. No hay nada más estimulante –ni más escaso– que un jugador que puede ser hincha de su equipo.

Juan Román Riquelme es un sedentario extremo del futbol. Se siente cómodo en la vibrante cancha de Boca y pierde la brújula y la mirada si viste una camiseta extraña. También Messi deseaba quedarse con los suyos, pero la suerte lo convirtió en la figura contraria a Riquelme: un nómada extremo.

En 2000 cruzó el océano para probarse con el equipo blaugrana. El Barça es más que un club. ¿Significaba eso que adoptaría a un grande de Rosario que curiosamente era un niño?

Los primeros días en Catalunya fueron complicados. El entrenador Carles Rexach se encontraba en Sidney. Leo y su padre lo aguardaron durante dos semanas en un hotel con vista a la Plaza de España. Memorizaron el paisaje y vieron con envidia el autobús azul que lleva al aeropuerto. No querían seguir ahí. Estaban por empacar cuando supieron que el entrenador regresaría al día siguiente.

Dicen que cuando el desenfadado Rexach entrenó en Japón, nunca se enteró muy bien de cuál de los dos equipos era el suyo. El día de su cita con Messi llegó al campo retrasado y con su habitual aire distraído. No le costó trabajo reconocer al argentino sobre el césped, pues era el más pequeño. “Hay que contratarlo”, dijo de inmediato. No se podía dudar sobre él. “¡Estuvo 15 días en Barcelona, pero sobraron 14!”, agregó Rexach con su gusto por las inolvidables frases extravagantes.

Para tranquilizar a la familia, el técnico firmó el “contrato” más delgado del futbol. El 14 de diciembre de 2000 tomó una servilleta de papel en un bar y escribió un párrafo en el que se comprometía a velar por el niño. El documento tenía el mismo valor legal que una plegaria en Montserrat, pero hoy en día es custodiado por Josep Maria Minguella, gestor de la contratación, como una valiosísima pieza de arte popular. El 1 de marzo de 2001 se firmó un contrato de verdad y la familia Messi se trasladó a Barcelona para apoyar a La Pulga.

Uno de los mayores desafíos de un futbolista es la administración de la soledad. Durante horas sin fin debe matar el tedio en cuartos de hotel. Esto se agrava cuando el jugador es un niño alejado de su entorno. Sin los pasatiempos ni los ravioles familiares, Leo descubrió que vivir en Barcelona era tan aburrido como chupar un clavo.

También sus hermanos se deprimieron. La madre decidió regresar a Argentina con ellos. Leo se quedó con su padre en la ciudad donde entonces envejecía otro extranjero: el gorila blanco Copito de Nieve.

A Messi le sobraban facultades, pero la historia del futbol está llena de talentos que se quedaron en el camino. ¿Valía la pena permanecer en Barcelona, lejos de la familia, sin recompensa certera a la vista?

Una tarde el padre de Messi no pudo más y propuso que volvieran. Otra puerta parecía cerrarse en la carrera del jugador. Pero a los 13 años Leo ya era un especialista en adversidades. El niño que escapó por una ventana para ganar su primer título, le pidió a su padre que se quedaran. En Rosario estaba el mundo pero en Barcelona estaba La Masía, la escuela de futbol donde se formaron Xavi, Iniesta y el propio Guardiola.

Rexach tuvo la generosidad de fichar a un jugador que no sería suyo. Él no duraría suficiente tiempo como entrenador para ver el debut de Messi.

El honor le correspondió a Rijkaard, quien supo llevarlo con buen ritmo y apoyarlo paternalmente durante su primera lesión grave. Después contaría con Guardiola, el técnico que interpreta mejor que nadie el valor de la infancia en el futbol. No en balde fue recogebolas en el Camp Nou. Al comenzar la temporada 2009-2010 advirtió que su plantel estaba algo restringido y comentó: “jugaremos con los niños”, en alusión a Pedro y Jeffren. Con Guardiola en el banquillo, el sitio de Messi estaba asegurado.

La mayoría de edad de Leo coincidió con su maduración futbolística. En 2005 cumplió 18 años, fue nombrado mejor jugador del Mundial Sub-20 y anotó su primer gol con el F. C. Barcelona. En 2007 confirmó su jerarquía en el Santiago Bernabeu: el 10 de marzo fue responsable de un hat-trick ante el equipo merengue.

Los números que Messi ha llevado en la espalda trazan la biografía de un ídolo. Debutó en el Barça con el 30 de los supernumerarios, avanzó al 19 de los novatos que responden y llegó al upgrade definitivo, el 10 que Pelé y Maradona convirtieron en sagrado y, sobre todo, que él llevó de niño en el uniforme rojinegro del Newell’s.

Las lluvias de goles y los seis títulos conseguidos con el Barça en la temporada 2008-2009 le concedieron el Balón de Oro. Al recoger el trofeo sonrió como un niño en una heladería. Esto no mermó su apetito, en la liga 2009-2010 igualó la estrepitosa marca de 47 goles de Ronaldo.

A los 22 años, Lionel Messi es el jugador más apreciado del planeta. En cada partido demuestra que el futbol es un deporte loco que no depende del físico. Su 1.69 de estatura no le impidió rematar de cabeza en la final de la Champions ante el inmenso arquero Van der Saar.

Su sello personal consiste en frenar en seco e iniciar una súbita carrera para sortear adversarios y tirar al ángulo desde fuera del área. Sin embargo, también inventa goles de simbólico artificio: consiguió el sexto título consecutivo del Barça empujando la pelota con el corazón.

El trauma que padeció Ronaldinho es una advertencia para Messi. Ha conseguido todo, salvo brillar con la selección mayor de su país. El Mundial de Sudáfrica representa para él esa asignatura pendiente. Como el futbol detesta las obviedades, la mala campaña de clasificación de Argentina puede ser un buen augurio. Ningún equipo es tan poderoso como el que revierte su dolor en hambre ganadora. Fue la receta de Alemania en Suiza ‘54 y la de Argentina en México ‘86.

Messi atraviesa un estado de gracia que no se veía desde Maradona, a quien ya le calcó el célebre gol de 1986, cuando Diego burló a media selección inglesa. La versión Xerox de Messi ocurrió el 18 de abril de 2007 contra el Getafe. Esta obra maestra produjo otra del periodismo, firmada por Juan Sasturain: “Lionel Messi, autor del Quijote”. Como Pierre Menard, el personaje de Borges, La Pulga hizo de la copia un arte. Escribe Sasturain: “En estos tiempos de futbol mecanizado y jugadas preconcebidas con ejecutores obedientes, no es demasiado raro que se vean goles iguales a otros –hay infinidad de casos en que se repiten calcados circunstancias y desempeños–; lo extraordinario del caso es que, precisamente, lo que se veía mágicamente repetido era lo –por definición– irrepetible, lo excepcional: el mejor gol de la historia. El de Messi no era ni mejor ni peor: era, de un modo inquietante, igual. No hizo otro gol parecido ni lo copió ni lo imitó ni lo tradujo: simple, increíblemente, lo hizo otra vez”.

No sabemos adónde llegará Messi. Sólo sabemos que no hay defensas ni cerraduras que puedan detenerlo.

Cuando un niño quiere una bicicleta es capaz de muchas cosas. Cuando un hombre juega como el niño que quiere una bicicleta, es el mejor futbolista del mundo.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Guadalajara es una sucursal del infierno Crónica a causa de una memoria senil.


Sudar, gritar, pitar, acelerar, escurrir, derretirnos… desde hace tres días esa es la rutina de Guadalajara. Los periódicos dicen que la cosa va mal, pero ella, la señora que lleva de la mano a su hijo ha permitido que el chiquillo tire la basura al suelo. Las noticias reportan una onda de calor que se traga el país, pero la verdadera onda es traer poca ropa para que las carnes se desborden, el termómetro marca arriba de los 35 grados en una ciudad que hace veinte años no sabía que era arriba de los 25 grados Celsius. Recuerdo a la señora y a su chiquillo y concluyo: es el calor o el infierno ha puesto una sucursal en el terreno tapatío. Lo peor de todo es tengo que me alisto para salir a la calle.

Son las 2 de la tarde del sábado, por una distracción no he podido llegar a tiempo a la cita que estaba pactada a las 10 de la mañana. Victima de mis lagunas mentales había olvidado por completo la cita hasta que el mensaje hizo vibrar el celular “que onda tu, a qué hora vienes, no mames no más estoy yo aquí, así jamás vamos a terminar”

Había que hacer un trabajo en equipo para la clase de comunicación política donde hablamos de todo menos de grilla, nos da hueva hablar de huevones. Ese sábado había comenzado con las obligaciones morales atendiendo el negocio familiar y con ganas de escribir la historia del policía que no sabe hablar español correctamente, trae una pistola que no tiene balas, usa una placa que no es placa porque está adherida a su camisa, y cada que llega a la tienda expone su mal salario al pedir algunas cosas fiadas. No usa cartera porque eso es para billetes, no tiene familia porque eso es para gente estable, él sólo es velador de una de las tantas fábricas que están por mi casa.

Ayer viernes habría transcurrido una semana desde que mi cabellera muto a una cosa chistosa de menos de 1 centímetro de largo. Cortarme el pelo a rapa había pasado de ser un sacrificio a una delicia en menos de siete días. Aunque tengo que aclarar que el calor quema más de abajo que de arriba. Con mis shorts y mis caminatas vespertinas de la glorieta de los caballos al macrobus, que seguro son como 2 kilómetros, seguro seré un candidato potencial a desarrollar cáncer de piel. Esa tarde Mural, el periódico cuyas instalaciones son un bunker amurallado, había publicado que 37.1 grados centígrados podrían derretir hasta el mejor humor de cualquiera. Por eso, en mi caminata, los claxons se cansaron de sonar, la carpeta asfáltica era una gran plancha que me cocía las plantas de los pies, el agua de la glorieta de la minerva era el oasis en el desierto, aunque estuviera verde, enlamada y rayando en lo asqueroso.

Pero hoy, sábado, se me ha hecho tarde y con mis huaraches, bermuda y playera tomo el libro pendiente, del que me he aprendido frases completas, como la de que un médico trabaja con pelear contra la muerte y sabe que muchas veces va a perder, aunque su derrota es sobre todo la derrota del otro.
Tomo las llaves, el celular, unas monedas, y con la convicción de quedarme ciego en un camión me subo al macrobus en la estación José Clemente Orozco.
Un horno, de verdad que esto es un horno azul. Aquí las caras brillan, el señor sentado delante de mi escurre, gotea, es un bajante de minerales, agua y calor. Afuera hay 37 grados al sol, aquí adentro nos falta el aire pero nos sobra el agua propia. La señora que está a punto de sentarse a mi lado le sopla a la silla con una bolsa “es que está demasiado caliente, luego se me hacen granos” me dice como si le hubiera preguntado. Hubiera querido no saberlo, pero le sonrió cómplice del bochorno.

Si Juan volviera a vivir, seguramente sería un furioso incapaz de maldecir y mentar madres de tanto coraje que sus mandíbulas no podrían cerrarse. ¿El motivo? Muy simple, desde hace cuatro años mi abuelo Juan ya no está aquí, en su tierra y con los suyos, y en el mismo tiempo el centro histórico de Guadalajara ha cambiado. Muchos piensan que fue para mal, los políticos siempre dicen que es para bien. Juan nunca dijo nada al respecto.

Apesta, esa esquina donde Juan se hizo viejo pesando gente en una báscula en la calzada Independencia y Javier Mina es un infierno transitado por mortales. Al abrirse las puertas del horno azul se sienten las pieles pegajosas, brillosas y humedas. Con los niños noquedos en los brazos de su madre, con las faldas distractoras. El gel de los galanes se ha hecho engrudo y en las manos una botella de agua que dejo de estar fría hace media hora. Tomo el tren ligero, después el pretren, quiero llegar a una casa fresca, debajo de un árbol tirarme y sentir el verde pasto en mi pelona. Los diarios dicen que la cosa va mal… yo no la veo mal, la siento simplemente pecadora, esto es un infierno.